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CRÍTICA / Sueños de la bohemia en Bilbao


Bilbao. Palacio Euskalduna. 20-X-2018. Puccini, La Bohème. Ainhoa Arteta, Teodor Ilincai, Artur Rucinski, Jessica Nuccio, David Menéndez, Krzysztof Baczyk, Fernando Latorre. Coro de Ópera de Bilbao. Coro infantil de la Sociedad Coral. Sinfónica de Euskadi. Director musical: Pedro Halffter. Director de escena: Mario Pontiggia. 

Asier Vallejo Ugarte

La Bohème, una de las tres o cuatro óperas más representadas en el mundo, lo es también dentro de las temporadas de la ABAO, donde siempre es bien recibida por ser exponente del más puro estilo realista y romántico de Puccini, al que se suma una manera única de ambientar la escenas, tan sutil y refinada que llevó a Debussy a confesar no haber conocido "a nadie que haya descrito el París de esa época tan bien como Puccini". De ahí la importancia de contar con una puesta en escena que recoja fielmente el clima parisino que la caracteriza, que haga sentir el frío en el que viven sus protagonistas mientras la música se encarga de reflejar el calor que fluye por sus venas. Tan pronto como subió el telón del Euskalduna quedó patente que la intención de Mario Pontiggia era dibujar escénicamente la descripción que Mürger había hecho de la verdadera bohemia en sus Scènes de la vie de bohème, una forma de vida entregada al arte y limitada por el abismo de la miseria. 

Si el aire se helaba en la buhardilla de los cuatro bohemios y el bullicioso Barrio latino de París estuvo dotado de exuberancia y un ritmo trepidante, el cuadro más atractivo de Pontiggia, el más atmosférico y pictórico, fue el tercero, merced a esa manera tan delicada de describir la caída de la nieve al fondo de la barrera D'enfer mientras la acción quedaba en primer plano. La novedad vino en el cuadro final, nuevamente en la buhardilla: había pasado el tiempo y Pontiggia sugirió que los cuatro bohemios vestían y peinaban como pequeños burgueses, aunque en esencia seguían siendo los mismos, ahora invadidos por el sentimiento de la nostalgia, tal como nos recordaba la orquesta con sus numerosas reminiscencias del primer cuadro, aún más intensas después de la entrada de Mimì ya muy enferma y helada de emoción.

Para resaltar esa nostalgia fue determinante también la dirección musical de Halffter, pues en La Bohème no basta con sacar un buen sonido de la orquesta para colorear y dar sentido a las melodías (lo que no suele echarse en falta en el madrileño) sino que ésta debe ser narradora omnisciente de los acontecimientos, realzando la acción exterior así como los vaivenes de la vida interior de los personajes. Su descripción musical del ambiente invernal en el tercer cuadro fue igualmente admirable, propiciando el mejor acto de Ainhoa Arteta desde el punto de vista musical y escénico: además de ser el más adecuado para su voz, cada vez con más cuerpo y drama dentro, creó el ambiente exacto para desplegar sus dotes como actriz. 

Si con esa voz tan corpulenta es inevitable que la fragilidad que caracteriza al personaje de Mimì quede un poco al fondo, el conocimiento, la seguridad y la emoción con que canta el papel hicieron que acabase destacando muy por encima de sus compañeros de reparto, especialmente de un Teodor Ilincai muy poco fantasioso en las poéticas melodías de Rodolfo, concentrada su actuación en el despliegue de una voz en buena forma y con soltura en la zona alta. Por lo demás, Artur Rucinski y Jessica Nuccio crearon personajes reales, verosímiles e intensos, lo mismo que Krzysztof Baczyk como Colline en esa sobria y profunda Vecchia zimarra que apareció como símbolo del desplome de los sueños burgueses de aquellos bohemios golpeados por la miseria.