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CRÍTICA / Sones húngaros en tierras lusas


Barrancos. 02-VI-2018. Festival Terras Sem Sombra. Ludovice Ensemble (Joana Amorim, flautas y traversos; Pedro Lopes e Castro, oboes, flautas y duduk; Luca Giardini y Reyes Gallardo, violines; Sofía Diniz, viola da gamba). Director y clave: Fernando Miguel Jaloto. Obras de Fux, Marais, Telemann y Haydn.

 

Andrés Moreno Mengíbar

El peculiar festival alentejano Terras Sem Sombra, que aúna en fines de semanas alternos —y cada vez en una localidad diferente del Bajo Alentejo—, la defensa del patrimonio, la música y la biodiversidad, estaba este año dedicada a Hungría como país invitado. En esta ocasión, fue uno de los grupos de música antigua más interesantes del panorama luso, el Ludovice Ensemble, que dirige el magnífico clavecinista Fernando Miguel Jaloto, quien montó ex professo un imaginativo y original programa, combinando músicas compuestas en tierras húngaras en el siglo XVII con peculiares armonías y giros rítmicos de aquellas músicas por compositores occidentales como Fux, Marais, Telemann o Haydn.

En esa primera parte, fruto de una ardua indagación en manuscritos húngaros, polacos y valacos, el grupo se caracterizó por una enorme flexibilidad a la vez que sutilidad en materia de ritmos. Con cambios abruptos perfectamente concertados y ajustados y con continuos juegos de acentuaciones medidos con minuciosidad y resueltos con un considerable nivel de empaste. Los juegos de colores tímbricos vinieron de parte de un Pedro Lopes que tañía diversas flautas de pico, oboe y el peculiar duduk curvo de raigambre turca que otorgaba al sonido global ese característico matiz tímbrico que asociamos con la música oriental.

El conjunto mostró igualmente saberse plegar a un fraseo más galante en las piezas de Fux de inspiración turca y, sobre todo, en las piezas de Marais (Marche Persane, Marche Tartare y La Tartarine), en la que Sofía Diniz mostró un sonido lleno de sutilidad y un fraseo sumamente detallado en materia de acentos. Jaloto, por su parte, demostró su fama al teclado con L’Egyptienne de Rameau. Al ritmo incansable y contagioso impreso al Rondo all’Ongarese del trío Haydn, le sucedieron, como final de la velada, los inventivos juegos de ritmos y armonías con los que Telemann ilustró su visión de músicas exóticas para el patrón europeo, en una auténtica exhibición de juegos rítmicos y de contagiosa alegría en el fraseo y de energía en la articulación.