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CRÍTICA / Sobre todo, Eberle


Madrid. Auditorio Nacional. 22-I-2019. Ibermúsica. XLIX Ciclo Orquestas y Solistas del Mundo. Philharmonisches Staatsorchester Hamburg. Director: Kent Nagano. Veronika Eberle, violín. Obras de Rueda y Brahms.

Rafael Ortega Basagoiti

No hace ni un año que nos visitaba la histórica Gewandhaus de Leipzig, en este mismo ciclo, con su nuevo titular, Andris Nelsons, para ofrecernos, entre otras cosas, una sensacional Cuarta de Brahms. Apenas unos meses después, la Filarmónica Estatal de Hamburgo, con su titular, Kent Nagano, al frente, nos trae un programa centrado en este mismo compositor, con esa misma sinfonía precedida por el Concierto para violín y orquesta del propio Brahms y el estreno mundial de Stairscapes, obra encargada por la Fundación Ibermúsica a Jesús Rueda como compositor en residencia. Explica el propio Rueda en las notas al programa que la indicación de Nagano para la ocasión fue la de elaborar una obra breve (entre 5 y 6 minutos) para la misma plantilla que la sinfonía de Brahms y que pudiera establecer alguna conexión con el concierto mediante el empleo, de algún modo, del lenguaje propio del compositor de Hamburgo. Y en efecto, ha tomado Rueda el tema ascendente original de la Passacaglia para construir un interesante y sugestivo 'casi ostinato', un bucle ascendente de curso obsesivo y final evasivo, más imaginado que real, que responde acertadamente a ese título que en inglés parece una fusión de “escalera” y “escapada”, todo ello bien captado por Nagano y sus huestes.

Como es bien sabido, el Concierto para violín y orquesta de Brahms, instalado con toda razón entre las mejores obras concertantes del repertorio, fue en su día denostado por Sarasate, que se refería a él como el “concierto contra el violín”, por aquello de que es un concierto en el que la escritura vertical prima a menudo (como tantas veces en Brahms) sobre la estrictamente melódica. Y para colmo, las melodías que hay son a menudo anticipadas por la orquesta por delante del solista (a la cabeza el bellísimo canto del oboe solista al comienzo del segundo tiempo), lo que seguramente era una puñalada contra el ego de más de un solista.

Veronika Eberle consiguió, con su intervención solista en esta obra, el punto más alto de la velada. Extrajo un excelente partido al magnífico instrumento que tenía en las manos (el Stradivarius “Dragonetti”, en préstamo de la Nippon Music Foundation), con un sonido redondo, hermoso, de ancha dinámica y volumen no excepcional pero sí considerable, ataques enérgicos pero sin asperezas en los abundantísimos acordes y afinación muy cuidada. Más aún, Eberle evidenció una sensibilidad exquisita y construyó una versión matizada con mimo, pero también decidida y vital, con una magnifica cadencia(la de Joachim) y un cantable extraordinario cuando se requirió (como en el segundo tiempo). La suya fue la contribución estelar del concierto, y así lo reconoció el público, para quien ofreció una preciosa traducción del segundo tiempo de la Sonata para violín solo de Prokofiev.

La monumental Cuarta de Brahms, ese fresco que empieza en la melancolía y termina en el apogeo de la mencionada Passacaglia, requiere un maestro que, más allá de la solidez constructiva, sepa transmitir esa transición, ese crecimiento constante del que hablaba Bernstein y que menciona muy oportunamente Juan Ángel Vela del Campo en sus excelentes notas. El ya veterano americano de origen nipón Kent Nagano es maestro de reconocido oficio, ideas y gestos claros. Creo que se encuentra, sin embargo, más a gusto en el repertorio más moderno que en el gran sinfonismo romántico. Y por su parte, la Filarmónica Estatal de Hamburgo, formación notable en todo caso, no está en la misma liga que la Gewandhaus que ofreció esta misma obra hace unos meses. Tiene una cuerda aguda de bonito sonido, pero a la grave le falta a menudo cuerpo (contrabajos especialmente). La madera es quizá lo mejor, con mención especial para el excelente solista de flauta en el último tiempo de la sinfonía. No convenció igual el oboe, algo chillón y no muy sutil en el matiz del bellísimo canto inicial del segundo tiempo del concierto para violín, que en cambio fue desgranado de manera bellísima por Eberle. El metal, generalmente preciso en cuanto a ejecución, adoleció de evidente limitación para ajustar los matices por debajo del mezzoforte. Ello tuvo dos consecuencias: cierto desequilibrio en los planos cuando otras familias de la orquesta si se ajustaban al matiz prescrito, y la pérdida del apropiado color expresivo prescrito. Por otra parte, la formación hamburguesa tampoco destaca por un empaste sobresaliente (así en algunos unísonos del primer tiempo donde el ritmo quedó algo desdibujado; también ciertos momentos del tercer tiempo).

El resultado global fue una Cuarta plausiblemente construida y correctamente ejecutada, pero desde luego lejos del sobresaliente nivel que ofrecieron Nelsons y la histórica formación de Leipzig. Al final, por supuesto, la Cuarta es una obra excepcional e incluso cuando es servida de forma solo correcta encuentra la cálida recepción del público. Lo fue en esta ocasión, y Nagano ofreció de propina la quinta Danza húngara, dicha con brío e impecable ejecución, aunque el rubato resultara algo cuadriculado. Lo mejor de la noche, sin la menor duda, Eberle.