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CRÍTICA / Siface, el primer divo de la ópera


Toledo. San Pedro Mártir. 27-V-2017. Festival de Música El Greco en Toledo. Filippo Mineccia, contratenor. Nereydas. Director: Javier Ulises Illán. Arias de Stradella, Pallavicino, Scarlatti, Cavalli, Agostini, Lonati, Bassani, Giannettini, Pasquini y Purcell.

Eduardo Torrico

Siface no fue un cantante más. Seguramente fue el primer divo de la historia de la ópera. Y no solo por lo que hacía sobre los escenarios (los de Italia, pero también los de Londres, de donde, como buen divo que era, se fue sin respetar contratos alegando que el proverbial mal tiempo inglés le afectaba a la voz... Tan sonada fue su intempestiva partida de las islas, que hasta Henry Purcell le dedicó una preciosa despedida musical al clave: Sefauchi's Farawell), sino por sus sonados amoríos, que al final fueron la causa de su truculenta muerte.

Siface se enamoró perdidamente de Elena Marsili, viuda del conde Gaspari-Forni y hermana del marqués boloñés Giorgio Marsili, quien se opuso radicalmente a esa relación por considerar que los castrati eran un engendro de la naturaleza. La solución que se le ocurrió fue encerrar a su hermana en un convento. Pero ella y Siface se las apañaron para seguirse viendo. Ante ello, Marsili contrato a cuatro sicarios para que acabaran con la vida de Siface: asaltaron su carruaje cuando se dirigía a Bolonia, le pegaron tres disparos de arcabuz, le destrozaron la cabeza con la culata y, finalmente, lo descuartizaron, cubriendo su cuerpo con las joyas y dinero que llevaba consigo, al objeto de que quedara constancia de que el crimen no había tenido el móvil del robo.

En el juicio no se pudo (o no se quiso) demostrar la implicación de Marsilli, pero el mismo papa Inocencio XII tomó cartas en el asunto y desterró al marqués de Bolonia y de los Estados Pontificios. Se ofreció, además, una cuantiosa recompensa para quien diera con el paradero de los autores materiales del asesinato. La carta de Inocencio XII circuló por toda la Europa católica y en los archivos de la ciudad de Toledo se conserva la que allí fue enviada. La carta en sí ya habría sido motivo suficiente para el estreno del programa ofrecido, en el claustro (al aire libre) de la toledana iglesia de San Pedro Mártir por el grupo Nereydas —que dirige Javier Ulises Illán— y por el contratenor Filippo Mineccia.

Bajó el título "Siface: l'amor castrato", Mineccia e Illán construyen una ópera imaginaria —que narra la vida y obra del capón—, con arias de óperas y oratorios de Alessandro Stradella (compositor que tuvo una muerte muy parecida y por los mismos motivos que la de Siface, apuñalado por un esbirro de un marido despechado), Carlo Pallavicino, Francesco Cavalli, Alessandro Scarlatti, Simone Agostini, Carlo Ambrogio Lonati (otro que tal baila: salió huyendo de Italia tras el asesinato de su amigo Stradella, acaso porque él también tenía mucho que temer... Se refugió durante dos años en Madrid, entrando al servicio de la Capilla Real), Giovanni Battista Bassani, Antonio Giannettini, Bernardo Pasquini y el antes mencionado Henry Purcell (el anthem My song shall be alway y, por supuesto, el Sefauchi's Farawell).

Música toda ella extraordinaria, con un Mineccia tocado por la gracia divina (ya era hora de que a este excelente cantante se le empiecen a reconocer en todas partes sus enormes méritos) y con una acompañamiento orquestal pletórico, gracias en buena medida a la certerísima dirección de Illán y a la impagable labor del concertino, Johannes Pramsohler, uno de los más brillantes violinistas barrocos de la actualidad (acaba de ser nombrado profesor titular en el Monzarteum de Salzburgo). Cuerdas tersas y límpidas, y bajo continuo de muchos quilates (Manuel Minguillón, tiorba y guitarra; Ester Domingo, violonchelo; Ismael Campanero, contrabajo y Daniel Oyarzabal, clave). Y todo ello, a pesar de que tener que estar durante la segunda parte del concierto sujetando partituras y atriles en un desesperado intento de que no se las llevara volando el viento (eso, por no mencionar el peligro de los gráciles vencejos excretando a cada momento sobre los sufridos asistentes al concierto).