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CRÍTICA / Sergey Khachatryan en Granada: Pura excelencia


Granada. Palacio de Carlos V. 01-VII-2018. LXVII Festival Internacional de Música y Danza de Granada. Sergey Khachatryan, violín. Orquesta Sinfónica del Teatro Mariinsky de San Petersburgo. Director: Valery Gergiev. Obras de Prokofiev y Shostakovich.

José Antonio Cantón 

De inolvidable se puede calificar el segundo concierto de la Orquesta Sinfónica del Teatro Mariinsky en el Festival dado el grado de excelencia de su actuación en la que se interpretó un programa de enorme atractivo, tanto en el aspecto técnico como en el aspecto musical, realizado por unos protagonistas ideales que garantizaban una traducción de gran autenticidad estilística.

Tales expectativas se confirmaron de inmediato con los primeros compases del Allegro que abre la Sinfonía "Clásica" de Prokofiev, obra de la que Valery Gergiev hizo una recreación en la que, desde la escolástica instrumental de la Primera Escuela de Viena con la que quiso el autor expresar su primigenio pensamiento sinfónico, apuntó de alguna manera esa especie de modernismo expresivo evolucionado de variable motilidad musical (cambios de ritmo, súbitas paradas, violentas aceleraciones, etc.) que caracteriza la obra de madurez de este compositor. Este planteamiento daba cierta rareza al ralentizado discurso que hizo del primer movimiento, esclareciendo las superposiciones armónicas que contiene, estructura que favorece se juegue en tal sentido. En el Larghetto quiso enfatizar de manera reverencial esa mágica alianza entre el fagot y la cuerda que le dan a este tiempo un paradójico carácter de lenta y rebrincada danza. La memoria del oyente empezaba a sentirse satisfecha. El alegre aire transmitido en la breve gavota generó complacencia en el auditorio, que se sintió seguidamente sorprendido por la velocidad y brío que imprimió al Finale, todo un ejemplo de acelerado contrapunto con el que pudo Gergiev mostrar el virtuosismo y poderío técnico de su formación.

Estas dos cualidades iban también a ser sobradamente admiradas individualmente en el violinista armenio Sergey Khachatryan que se presentaba en Granada con el soberbio Primer Concierto para violín y orquesta en La menor op. 77 de Dmitri Shostakovich. Acompañado por su Guarnerius, construido en 1740 por Bartolomeo Giuseppe "Del Gesú" y que lleva por nombre "Ysaÿe", ya que fue el instrumento más querido y apreciado por aquel genial violinista belga, y referente absoluto entre los que llegaron a tocarlo en algún momento de su carrera como Isaac Stern y Pinchas Zukerman, se dispuso a demostrar por qué es acreedor a disponer de tal joya de tan excelso lutier cremonés. 

Desarrolló su capacidad de canto en el moderado Nocturne inicial apuntando precisión técnica en su mano izquierda y en el arco, así como de afinación en los pasajes de doble cuerda. Alcanzó una sobrecogedora tensión en el diabólico Scherzo para deslumbrar con su poder de articulación y fraseo en el denso contrapunto del Passacaglia, brillando en su diálogo con los cornos. Abrumó con su poder mental en la cadenza, que produjo absoluto grado de admiración en el público, para terminar con Burlesque, demostrando esa seguridad de sentirse auctoritas en su instrumento, competencia que no ha parado de crecer desde que con sólo quince años ganara el prestigioso Concurso Internacional de Violín Jean Sibelius en el año 2000, galardón que fue refrendado por la obtención también del primer premio del Concurso Reina Elisabeth de Bruselas cinco años después.   

La satisfacción que sentía el maestro Gergiev fue tan inmensa como manifiesta, contento por haber podido compartir una interpretación que será siempre recordada como de las más imponentes de la historia del Festival, que provocaba la primera ovación de la presente edición. Con una concentración previa en la que todo su ser se convirtió en pura añoranza, Khachatryan ofreció como bis una preciosa melodía de su Armenia natal con subyugante dulzura y extraña tristeza.

El concierto continuó con la revolucionaria Sinfonía nº 12 en Re menor op. 112, "El año 1917" de Dmitri Shostakovich. Tanto orquesta como director entraron en un estado de trance ante los evocadores episodios de su contenido y la concentrada energía musical de sus episodios, como se pudo percibir en el que hace referencia al motín de la tripulación del Crucero "Aurora", buque de la armada imperial rusa que con un disparo de cañón dio la señal para el inicio del asalto al Palacio de Invierno del zar en San Petersburgo el 25 de octubre 1917, suceso que sirvió de inicio para el levantamiento bolchevique. El fragor de este movimiento quedó compensado por la exultante alegría del final, El amanecer de la humanidad. Valery Gergiev y sus músicos hicieron toda una exhibición de poderío expresivo, que parecía trascender ese sentimiento de conciencia social patria que después de una centuria sigue corriendo por la venas del pueblo ruso con independencia de idearios y posicionamientos políticos.

Para despedirse del público granadino, el maestro moscovita proyectó su inspiración lírica en una avasalladora interpretación de la obertura de La forza del destino de Giuseppe Verdi que, por unos momentos, llevó a que el oyente imaginara la experiencia que ha de significar asistir a una ópera en el histórico y precioso Teatro Mariinsky de San Petersburgo.

(Foto: José Albornoz)