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CRÍTICA / Segundas partes a veces son mejores (Inbal en Madrid)


Madrid. Auditorio Nacional. 22-XI-2018. Trío Ludwig. Orquesta Sinfónica del Suroeste de Alemania. Director: Eliahu Inbal. Obras de Beethoven y Bruckner. 

Miguel Ángel González Barrio

Arrancó la temporada de La Filarmónica con un concierto de la Orquesta Sinfónica de la Radio del Suroeste de Alemania (SWR), embarcada en una gira española que les ha llevado por Zaragoza, Barcelona, Alicante y Madrid, a las órdenes del veterano (n. 1936) director israelí Eliahu Inbal. La SWR es resultado de la fusión, en 2016, de las orquestas de la Radio de Baden-Baden y de Stuttgart. Desde septiembre de este año, su director titular, el primero de la formación, es el greco-ruso Teodor Currentzis, que nos visitará la semana próxima con su orquesta MusicAeterna. Había expectación por ver a Inbal, presencia frecuente en Madrid hace años, que últimamente se prodiga poco en España.

En la primera parte, con la participación del Trío Ludwig, interpretaron el Triple concierto de Beethoven, obra infrecuente en las salas de conciertos, extraña en el catálogo beethoveniano, coetánea de la Heroica, pero en las antípodas estilísticas de ésta. La nutrida orquesta (14-12-10-8-6 en la cuerda, maderas a dos) sonó excesiva, con un sonido apelmazado, falto de transparencia, que dejó escaso espacio para los solistas, a los que se notó incómodos. El Trío Ludwig, formado por los hermanos Abel y Arnau Tomàs, miembros del Cuarteto Casals, y la pianista coreana Hyo-Sun Lim, hizo lo que pudo enfrentándose a tan denso marco sonoro. Abel exhibió su bello sonido, de pequeño volumen, y ese fraseo elegante y muelle tan adecuado para el clasicismo (en el Cuarteto Casals se alterna en el primer violín con Vera Martínez Mehner, de sonido más incisivo y aristado). Se mostró muy seguro en los pasajes rápidos, y le faltó garra en los más enérgicos. En el solo de chelo del segundo movimiento (Largo), Arnau aplicó demasiado vibrato y algún que otro glissando de gusto antiguo. El sonido de su chelo fue inopinadamente metálico y abierto. La sencilla parte de piano tuvo una solvente defensora en Hyo-Sun Lim, de limpia articulación y juicioso uso del pedal. El brillante Rondo alla polacca pecó de rigidez, de falta de espontaneidad. Dio la impresión de que, a estas alturas, el Trío Ludwig había tirado la toalla. Inbal despachó la faena sin miramientos. Ya en el Triple concierto la SWR evidenció sus carencias en maderas, muy flojas: primera flauta musical pero de escaso volumen, oboes y clarinetes ásperos, fagotes inaudibles.

La segunda parte fue otra cosa. Inbal sacó sus credenciales de experto bruckneriano y dirigió una espléndida Cuarta (la habitual edición Nowak de la revisión de 1878/80), de trazo vigoroso. No arrancó bien, con una trompa temblona en la llamada inicial (fabuloso el trémolo de la cuerda, pianissimo misterioso, corpóreo) y unas primeras frases de la cuerda extrañas, con escaso legato. Todo se arregló en el primer tutti en ff. A partir de aquí, Inbal comandó con firmeza, con ese feo gesto suyo, tan característico, moviendo ambos brazos en círculo, cual molinos, y poses teatrales para dar las entradas al poderoso metal de la SWR. En el Andante quasi Allegretto, en el que brillaron las violas, extraordinarias, Inbal no cayó en letárgicas lentitudes, y lo llevó a un tempo animado, derrochando sabiduría constructiva, pulso narrativo y conocimiento del sonido bruckneriano y de la agógica. Una vez más, las maderas mostraron sus carencias. Después de los dos primeros movimientos, el Scherzo sonó a trámite. Hubo algún desajuste, faltó espacialidad en las llamadas de las trompas en el da Capo del Scherzo, y el balance estuvo descompensado en los últimos compases (sólo se oyó a las trompetas). Inbal canturreó durante todo el Trío. El Finale, vertiginoso, de col agria y cerveza, fue magnífico, con sabia dosificación de tensiones y preparación de los clímax. La Coda, transparente, luminosa, una agónica progresión hacia la luz, me recordó a Celibidache al doble de velocidad (y respetando los tresillos de los violines). Oímos una vez más (y más rápido) el célebre ostinato de la cuerda que Celi convirtió en su firma, ostinato que debe estar marcado a fuego en el material genético de la parte Stuttgart de la SWR (y de la Filarmónica de Munich: después de Celibidache la orquesta lo siguió haciendo con otros directores). No en vano el genial rumano fue titular de la SWR de Stuttgart de 1972 a 1977, en la que dejó una impronta profunda. Una Cuarta de Bruckner vibrante, enérgica, a la antigua, sin delicuescencias ni excesiva finura tímbrica, con mucho oficio y sabiduría, que sepultó en el olvido a un Triple ramplón.