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CRÍTICA / Saber dar en la tecla


Madrid. Fundación Juan March. 29-IX-2018. Ignacio Prego, clave. Obras de Bach, Froberger y Purcell · 13-X-2018. Richard Egarr, clave. Bach, Partitas nº 1, 4 y 6 · 20-X-2018. Jean Rondeau, clave. Obras de Froberger y Bach.

Eduardo Torrico

Madrid se ha convertido por unos días en la capital mundial del teclado histórico. En menos de un mes (del 26 de septiembre al 20 de octubre) y gracias a la Fundación Juan March, han pasado por la capital de España cinco de más los insignes representantes de esta especialidad: Andreas Staier, Kristian Bezuidenhout, Ignacio Prego, Richard Egarr y Jean Rondeau.

Los dos primeros, para ofrecer sendos recitales fortepianistas; los tres últimos, para intervenir en un ciclo clavecinístico titulado "Partitas bachianas" en el cual también ha participado la violinista Midori Seiler (cuya actuación, un tanto robótica, ofreció como principal atractivo la posibilidad de escuchar un Guarnerius construido en 1680, de sonoridad deslumbrante). A fin de que nada le faltara a tan fastuoso despliegue, la Fundación Juan March ha tenido a bien colocar en el escenario una pantalla gigante, con cámara fija sobre el teclado, para que el público asistente pudiera ver al detalle los movimientos de las manos de los artistas.

Sobresaliente Prego, bien a secas Egarr y fuera de categoría Rondeau. Ese sería el resumen de su paso por la March para interpretar, junto a otras obras (bachianas o no), las Seis partitas del Kantor. Compuestas entre 1725 y 1731 bajo el título de Clavier-Übung I, se trata de la tercera y última de las series de suites para clave de Bach, junto a las Suites inglesas y las Suites francesas. Prego interpretó las nº 3 y 5; Egarr, las nº 1, 4 y 6 (el clavecinista inglés no tuvo necesidad de incluir ninguna obra en su recital) y Rondeau, la nº 2.

Prego volvió a evidenciar que es un consumador conocedor de la música de Bach. Su lectura de la Partita nº 3, con la que comenzó su intervención, estuvo preñada de lirismo. Vinieron a continuación Johann Jakob Froberger (con la Toccata nº 2 FbWV 102 y con la Partita nº 2 FbWV 602) y Henry Purcell (con la Suite nº 1 Z 660), que hicieron de bisagra entre la primera obra bachiana y la segunda, la Partita nº 5, soberbiamente dibujada por el clavecinista madrileño. Para compensar tanto —y tan denso— contrapunto, Prego obsequió al auditorio, como bis, con un chispeante ground purcelliano.

Egarr derrochó fantasía en su lectura de las tres partitas que le cayeron en suerte, pero no tuvo su día. Se le notó incómodo con el instrumento y de sus dedos salieron demasiadas notas falsas. Improvisó a modo de preludio al inicio de las Suites nº 4 y 6, pero no compensó con ello (ni con su alarde de imaginación) los fallos técnicos. Es un intérprete descomunal, pero está claro que en Madrid no lo pudo demostrar.

Rondeau es de otra galaxia. Es difícil encontrar a un clavecinista como él. En lo técnico y en lo artístico. Y es difícil encontrarlo porque, seguramente, no lo ha habido en tiempos modernos. Yo, al menos, no he escuchado a nadie como él en toda mi vida. En su primera aparición en Madrid (no se prodiga mucho por España; antes de pisar la March, solo había tocado dos veces en Barcelona), corroboró todas las extraordinarias impresiones que de él había. La expectación por escucharlo aquí era desbordante, al punto de que los organizadores tuvieron que colocar sillas supletorias en el escenario para ubicar a parte del público.

Alguna nota falló. Sí... una o, tal vez, dos. Y eso que no había tocado nunca en directo la Partita nº 2 ni el arreglo de Stéphane Delplace de la Partita para flauta sola BWV 1013. La Partita en Mi menor FbWV 607 de Froberger con la que abrió el recital fue deslumbrante y la Ciaccona de la Partita nº 2 para violín solo BWV 1004 (transcripción suya de la transcripción que hiciera Johannes Brahms para piano) con el que lo cerro fue una locura. Como remate, una lectura gloriosa de las Barricadas misteriosas couperinianas. En fin, algo inenarrable, que confirma a este joven parisino (27 años) en lo más alto del universo clavecinístico.

A modo de colofón, solo queda descubrirse ante Miguel Ángel Marín, director de música de la Fundación Juan March, por haber sido capaz de arracimar a tantas eminencias en tan corto espacio.