Ud. está aquíInicio / CRÍTICA / Sólido Bronfman

CRÍTICA / Sólido Bronfman


Madrid. Auditorio Nacional. Sala Sinfónica. 24-X-2018. Ibermúsica. XLIX Ciclo Orquestas y Solistas del Mundo. Yefim Bronfman, piano. Obras de Schumann, Debussy y Schubert

Rafael Ortega Basagoiti

Segunda visita del uzbeco nacionalizado norteamericano Yefim Bronfman (Tashkent, 1958) en apenas cinco meses, primera en forma de recital. Si en la anterior le vimos junto a Andris Nelsons y la Gewandhaus de Leipzig un Emperador beethoveniano que no terminó de levantar el vuelo, aunque posteriormente ofreció un memorable Prokofiev como propina, ayer nos presentaba un interesante y no fácil recital con los compositores arriba mencionados. Alumno en el Instituto Curtis de Filadelfia de luminarias pianísticas como Serkin, Firkusny y Fleisher, el uzbeco es un pianista sólido, de proverbial respeto a la letra, poco dado a extravagancias o personalismos extremos, sobrio incluso en su presencia escénica y gestualidad, y que parece encontrarse más a gusto en el repertorio del siglo XX, particularmente Bartók, Prokofiev y Shostakovich. Se le asocia menos a músicas del clasicismo, romanticismo e impresionismo, como las escuchadas ayer. Y ello es quizá más una cuestión de sintonía que de otra cosa, porque Bronfman cuida el sonido y es puntilloso y detallista en el matiz, como tuvimos ayer muchas ocasiones de comprobar.

Hace unos meses, con ocasión del recital de Ranki para el Ciclo de Grandes Intérpretes, ya apunté mi creencia de que "entre las muchas páginas complejas en la obra para piano de Schumann, la Humoreske se sitúa bien arriba en la lista de las que son especialmente difíciles de desentrañar. Tal vez por ello es una partitura mucho menos frecuente en los programas que el Carnaval, la Fantasía op. 17 o los Estudios Sinfónicos, por no hablar de las muy populares Escenas de niños o Escenas del bosque. La Humoreske tiene una estructura poco clara, pero es de una singular riqueza en el contraste, tan abrupto como continuo, de atmósferas, desde la trepidación a la íntima y lírica reflexión, una suerte de fantasía en permanente variación del clima y el estado de ánimo. Partitura, en fin, que exige lo mejor del intérprete para dar fluidez y consistencia al cambiante discurso, y del público, porque tampoco para el oyente es fácil de aprehender el discurso de torrencial y un punto desorientador ritmo de cambios".

Procede la autocita porque Bronfman abría su recital con esta obra, y fue en ella donde se alcanzó lo mejor de la velada. Desde el lírico canto inicial se apreció un fraseo elegante, matizado con mimo y dibujado con claridad. Las transiciones estuvieron admirablemente planteadas, los variados climas muy bien conseguidos y conectados con fluidez, con momentos realmente extraordinarios de efusión lírica (einfach und zart) e intimidad (Innig). Bien conseguidos, nunca forzados los contrastes, ancha la dinámica sin que la belleza de sonido se resintiera. Exquisito el pp en los compases que preceden a la coda final, para completar una versión estupenda de esta nada sencilla partitura. Bronfman posee un sonido redondo y cuidado, nunca hiriente y, como apreciamos en Schumann, muy capaz de los más delicados colores y matices. La materia es pues, a priori, muy adecuada para construir un Debussy adecuadamente sugerente.

Sin embargo, la Suite Bergamasque ofrecida sólo consiguió ese clima a ráfagas. El Preludio, expuesto con claridad y finura, pareció por momentos algo acelerado y sobre todo un tanto cuadrado, lineal en el dibujo rítmico, sin demasiada cercanía a la indicación Moderato – tempo rubato. El Menuet podría haberse beneficiado de algo más de sabor danzable y desparpajo. Mejor el conocidísimo Claro de luna, donde pese al exquisito matiz se echó por momentos en falta ese clima etéreo, misterioso, que otros artistas (recuerdo a Zimerman) han conseguido con tanto acierto. Quizá lo más conseguido fue el Passepied final, donde brilló lo sugerente del sonido y una convincente atmósfera de elegante luminosidad. Cerraba el programa la Sonata D. 958 de Schubert, que fue planteada con exquisita corrección y escrupuloso respeto a la letra (con excepción de la, para mí, incomprensible omisión de la repetición prescrita en la primera mitad del primer movimiento) antes que con especial logro en el clima de hondo dramatismo que caracteriza a las obras del último año de la vida del joven Schubert.

Hubo más de ese dolor en un Adagio cuidadosamente planteado, aunque el abierto desgarro que se plantea en la sección central quedó algo contenido. Elegante antes que especialmente conseguido en cuanto al sabor vienés, el Menuetto, cuyo Trio hubiera agradecido algo más de sabor lírico en el canto. Vibrante movimiento final, quizá el más conseguido de la obra, donde sólo cabe apuntar que, en algún pasaje, el pedal más corto hubiera permitido más claridad en el mensaje, por lo demás articulado de forma excelente. Éxito grande y muy comprensible para un recital globalmente notable, que el uzbeco agradeció con una Sonata K. 11 de Scarlatti decididamente pianística y de aliento romántico (que, si se acepta ese planteamiento alejado del estilo original, le quedó muy bien, exquisitamente matizada) y un Estudio op. 10 nº 12 de Chopin con el temperamento adecuado pero en el que de nuevo el endemoniado dibujo de la mano izquierda quedó algo borroso por un pedal que tiende a la largueza.

Balance general muy positivo en todo caso para un artista que, incluso en los repertorios que le son menos afines, raramente decepciona. En el capítulo de atentados cabe reseñar un nuevo y feroz ataque de móviles incontebibles (además de la sempiterna tendencia a la tisis galopante entre movimientos). Perdí la cuenta de los que sonaron. Pero vamos, está claro que todas las advertencias son inútiles. Hasta que no se aplique una buena descarga a los autores seguiremos sufriendo, artistas y espectadores, esta plaga irrespetuosa.