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CRÍTICA / Recuperar la tradición


Madrid. Iglesia de las Mercedarias de Góngora. 27-I-2018. Ciclos El Canto de Polifemo. Guillermo Turina, violonchelo. Manuel Minguillón, cuerda pulsada. La música en torno a los hermanos Duport

José Luis Temes

Uno mi voz por recuperar la tradición de los conciertos en el interior de los templos. Nunca se perdió del todo, es cierto, pero a mi juicio esa tradición se ha devaluado recientemente con tres contaminantes: uno, reducirlo a conciertos festivos, de menor rango, muy de andar por casa; dos, considerar los organizadores ese espacio como una alternativa de poco (o ningún) coste a una sala convencional, o sea, considerarlo un sucedáneo de una sala civil; y tres, que público e intérpretes se comporten en estas sesiones como si el templo fuera un café-concierto, donde se habla a voces, se platica en tertulias, se conversa por móvil y se toman selfies con los actuantes.

El templo como espacio espiritual invita a una especial actitud, tanto a creyentes como a no creyentes (en el supuesto, poco probable, de que la ciudadanía de hoy día pueda ser dividida toscamente en estos dos segmentos opuestos, sin infinidad de matices). Desde los arquitectos que lo diseñaron hasta los últimos artesanos que panearon de oro los retablos, y desde la devoción del orante hasta la sonrisa de la monja que nos saluda… contienen el germen de la espiritualidad de siglos. 

Todavía asistí en mi niñez a conciertos en iglesias en los que a nadie se nos hubiera ocurrido aplaudir, no sólo en el curso del programa, sino al final de la sesión; asistiendo en completo silencio a la retirada de los intérpretes, tras lo cual los espectadores abandonábamos la sala. Sin duda es una costumbre obsoleta, aunque sólo sea porque las tres virtudes que encierra un sano aplauso tras una manifestación de arte son tres excelencias de cualquier ética, religiosa o laica: gratitud por la belleza transmitida, admiración hacia los semejantes que nos han dado a conocer esa belleza y sonrisa cómplice por el tiempo compartido por actores y espectadores. 

El canto de Polifemo, y su cabeza visible, el poeta Paco Quirce, se unieron a la corriente de recuperar esta tradición, a partir de un repertorio y unos intérpretes que nos dejan admirados. No se ciñen las propuestas a la música religiosa como tal, sino a cualquier música que tenga un componente espiritual, sea pretérita contemporánea. Este abanico de programas, la duración razonable de los conciertos, el precio moderado de la entrada y el bellísimo espacio barroco de la iglesia de las Mercedarias Descalzas (o de "las Góngoras", como fueron conocidas coloquialmente) conforman un ciclo anual en Madrid tan concentrado como delicioso. Una cita imprescindible a la que hay que acudir algún sábado que otro, no lo duden.

¿La cita más reciente? El pasado 27 de enero, protagonizada por Guillermo Turina al violonchelo barroco y Manuel Minguillón, cuerdas pulsadas. El primero lidera desde hace unos años la reivindicación de los hasta ahora poco conocidos hermanos Duport, dos violonchelistas contemporáneos de Haydn, Boccherini, Mozart o Beethoven, que tanto en su desempeño como intérpretes como en su faceta de compositores llevaron su instrumento a una autonomía como antes era impensable.

Su influencia en la escritura y el pensamiento de la música para la cuerda grave —antes limitada a mero soporte armónico— generó una nueva exigencia de virtuosismo para este instrumento, que Guillermo Turina solventó no sólo con sabiduría sino con musicalidad de principio a fin, demostrando que la preparación técnica ("de dedos", por decirlo coloquialmente) no es más que el punto de partida para el gran discurso musical. Las frases tienen siempre dirección, ningún ornamento es mero capricho galante. Minguillón le sirvió un marco impecable, sólo excepcionalmente protagonista, pero impulsando y "aterrizando" cada una de las frases del violoncello. Puestos a encontrar una carencia, desde el puesto de oyente en un templo de estas dimensiones, lo sería el desequilibrio decibélico entre ambos solistas; pero mucho temo que esto no tenga remedio posible.

Sesión hermosísima, viaje espiritual. (Ruego personalísimo: limitar al mínimo las presentaciones y las lecciones didácticas; creo que no es el lugar y que traicionan la liturgia del concierto —aunque sea una liturgia laica, si se quiere—). Entusiasmo de todos: intérpretes y disfrutantes de tan hermosa música y tan bien tocada. (Otro ruego: ¿se podría abrir el claustro durante unos minutos para redondear la espiritualidad de la visita?). A la salida, la posible compra de los dulces que las hermanas, enfundadas en sus tocas de tiempos contemporáneos al repertorio escuchado, nos ofrecen con sonrisa del Paraíso unos dulces que al día siguiente, en el desayuno dominical, aún nos recordarán ante marido o padres o hijos, la belleza de la convocatoria de la tarde anterior. La pervivencia de un sábado galdosiano que nunca deberíamos perder. ¿Alguien da más?

(Foto: Pablo F. Juárez)