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CRÍTICA / Recital de recitación de Anna Caterina Antonacci


Madrid. Teatro de la Zarzuela. 9-VII-2018. XXIV Ciclo de Lied. Anna Caterina Antonacci, soprano. Donald Sulzen, piano. Obras de Debussy, Respighi, Nadja Boulanger, Britten, Poulenc y Albéniz.

Blas Matamoro

Un programa riesgoso por lo inhabitual de la mayoría de sus números, la variedad de lenguajes musicales en juego y el importante concurso de textos literarios en francés, italiano e inglés, fue el propuesto por Antonacci. En efecto, en estas partituras figuran libretistas de talla como Verlaine, Éluard, Auden, Samain y Maeterlinck. El recitado de sus poemas requiere propiedad lingüística, claridad de dicción, estructuración del verso y una expresividad cuantiosamente variada como para definir situaciones, escenas y climas.

Estas cualidades mostró Antonacci una vez más. Aunque no ha sido especialmente una liederista, su registro vocal intermedio de soprano Falcón se presta al género y lo demás lo aporta su eximio arte de la recitación. Dice con meridiana claridad y cincela cada verso de modo que se constituya en la base de su canto. Hasta es posible leer en sus expresiones faciales lo que está ocurriendo en cada estrofa. Así consiguió Antonacci sacar brillo a páginas de valor sólo conjetural como las canciones de Boulanger o los ciclos de Britten (En la isla), Poulenc (El trabajo del pintor) y Respighi (Deidades silvanas). 

Con este bagaje interpretativo logró asimismo compensar algunas limitaciones de su actualidad vocal. El registro agudo es a menudo chirriante y de difícil definición y el grave, demasiado pectoral. Pero la intención verbal se impuso a determinada rigidez de emisión y la velada tuvo altura, que culminó en la propina, una antológica "Habanera" de Carmen. Sulzen vindicó lo que en tiempos se llamaba maestro acompañante: magistral de lecturas, equilibrado, justo de tiempos, compañero fiel de ruta, como le exige Theodor Adorno a los correpetidores.