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CRÍTICA / Prometedor, pero por pulir


Madrid. Auditorio Nacional. Sala Sinfónica. XLVIII Ciclo Grandes Orquestas y Solistas del Mundo. Orquesta de Cadaqués. Coro Amici Musicae. Beatrice Rana, piano. Cristina Poulitsi, soprano. Katarina Bradic, mezzo. Steve Davislim, tenor. Tommi Hakala, bajo. Director: Gianandrea Noseda. Obras de Mozart.

Rafael Ortega Basagoiti

La jovencísima italiana Beatrice Rana (veinticuatro añitos) se presentaba en Ibermúsica con la reputación de varios premios, entre los que destaca el segundo en el famoso Concurso Van Cliburn, toda una carta de presentación. Rana desplegó elegancia, buen cantable y cuidado sonido, además de una cristalina articulación, en el primer tiempo del Concierto K. 271 de Mozart, dibujado con vitalidad y con una bien construida, quizá un poco acelerada, cadencia. Lo mejor estuvo en un segundo tiempo hermosísimo, admirablemente cantado y exquisitamente matizado. Una verdadera maravilla que marcó lo que probablemente fue el punto más alto del concierto.

Por desgracia, el Presto final fue ofrecido a una velocidad desquiciada. Cierto, "presto" significa muy rápido. Pero hay un límite a la rapidez, que incluso los dedos más ágiles y capaces (y los de Rana lo son) no pueden superar sin traspasar una barrera que, en la música, y más aún en el barroco y el clasicismo, constituye un pecado imperdonable: que no se entienda el discurso. Y esa frontera fue traspasada por Rana con creces. Una lástima, porque una velocidad algo más equilibrada hubiera redondeado una interpretación mozartiana de primera.

Así las cosas, el balance general quedó mermado por este exceso de aceleración. El éxito obtenido derivó en propina, y la propina fue Bach, que se supone es su gran especialidad. No he escuchado sus Goldberg, aunque lo haré desde luego, pero la experiencia no pudo ser más decepcionante, por cuanto el pecado del Presto mozartiano se prolongó en una Giga de la Primera partita que, a un tempo enloquecido, resultó incomprensible y por ende, casi irreconocible. En la segunda parte aguardaba el Requiem, en la edición de Süssmayr.

Por fortuna, Noseda se dejó de chorradas de enmendar la plana al discípulo de Mozart y se decantó, creo que con acierto, por la partitura tradicional. Construyó el maestro italiano una interpretación convincente, con buen pulso dramático, al punto que al final (algo insólito en el público de este ciclo) logró contener los aplausos hasta que hizo gesto explícito de final. Tempi vivos pero sin excesos, matices y fraseos en general bien dibujados (con la salvedad de algún ataque un punto demasiado seco en ciertos pasajes de la introducción), el gesto claro y el criterio tan sólido como lógico, permitiendo que esta hermosa música, de tan intensa carga emotiva, hablara por si sola.

Estupenda respuesta de la Orquesta de Cadaqués, esta sí veterana en el ciclo, formación sólida, ágil y maleable, y notable la del Coro Amici Musicae, medio centenar de voces no sobradas de volumen pero que se plegaron con solvencia a las demandas de Noseda. Cuarteto solista sin relumbrón y también sin borrón. Homogéneo y cumplidor, contribuyó a un resultado notable, recibido con calor por el público que llenaba la sala. Con todo, lo que quedará en la memoria, creo, es el admirable segundo tiempo del Concierto K. 271. Al final, Mozart es tan grande que uno sale con el espíritu en alza sí o sí. Ojalá Rana modere alguno de sus tempi, porque sin duda tiene capacidad y materia para un brillante futuro.