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CRÍTICA / Profunda reflexión mitológica


Madrid. Auditorio Nacional. 15-VI-2018. Henze, Die Bassariden. Franco Pomponi, Sean Panikkar, Mihoko Fujimura, Mark S. Doss, Nikolai Schukoff, Sara Fulgoni, Marisol Montalvo, Daniel Belcher. Orquesta y Coro Nacionales. Director: Kent Nagano. 

Arturo Reverter

Die Bassariden (Las bacantes) (Salzburgo, 1966) de Hans Werner Henze (1926-2012), sobre libreto inglés de Auden y Kallman, una composición que se pudo ver representada en el Teatro Real durante el mandato de Juan Cambreleng, en junio de 1999, ha accedido ahora al podio de la Orquesta y Coros Nacionales. No hay duda de que, como se ha señalado más de una vez, la obra, es un poco hija de la Sinfonía nº 5 del propio Henze, nacida en 1962. Se dispone en un solo acto dividido en cuatro "movimientos" y en ella percibimos todavía ciertas influencias mahlerianas; antes que las procedentes de la ópera italiana, que anidaban en anteriores obras escénicas. 

En el primer tramo, en forma sonata, se enfrentan los temas contrastados de los dos personajes principales, Pentheus y Dionysos. En segundo lugar se plantea un Scherzo, en el que siempre se ha querido ver la presencia de una sarabanda de Bach. El centro emocional lo ocupa un Adagio, en el que aparece una cita de la Sinfonía nº 5 de Mahler. Contiene un intermedio dionisíaco y un gozoso coro. La ópera se cierra con una passacaglia y una marcha fúnebre. Todo ello nos da información de las características del lenguaje de Henze, en cierto modo es un continuador de Berg. En su producción se reconocen formas, trazos, propuestas, se hacen guiños a la tradición, pero a través de un lenguaje moderno, serial o atonal, un lenguaje de síntesis, lapidario. 

En el podio se situó Kent Nagano, de enjuta y fina figura, de aparente fragilidad, artista de criterios objetivos, de planteamientos tímbricos diferenciados y de línea fraseológica concisa y transparente. Tuvo a su disposición mimbres de indudable solidez. En primer lugar, los conjuntos de la ONE, que dieron excelente respuesta. La orquesta, pronta en la reacción, precisa en los ataques, ora briosa y encendida, ora discreta y delicada, brilló a buena altura y resolvió, bajo la firme guía, pasajes en verdad endiablados, de una complejidad inusual, aunque no todo quedara perfectamente encajado, dado lo furibundo y contrapuntístico de ciertos pasajes. En todo caso, un aplauso para los chelos, firmes y entonados toda la tarde. Orgánico levemente reducido en las cuerdas, con seis contrabajos, y muy crecida percusión.

Tuvimos un más que aceptable equipo solista. La palma para la mezzo japonesa Fijimura, de grave algo débil, pero de emisión firme, volumen suficiente y adecuado colorido (Ágave). El tenor lirico-ligero Panikkar, de ancho aliento y timbre no especialmente bello, pero de agudo fácil e impulso reconocible, fue Dionysos. El también tenor Schukoff, bien conocido en Madrid, es voz de mejor calidad, de mayores hechuras, y anduvo fino en la parte de Tiresias, con zona alta bastante segura en esta ocasión. Esforzado y vigoroso, con timbre baritonal un tanto opaco, Pomponi como Pentheus. Potente, oscuro, algo rudo, ligeramente engolado, Doss en el papel de Cadmus. 

Los tres solistas restantes cumplieron decorosamente en los cometidos de Autónoe, Beroe y Capitán. Y el Coro se exhibió en una de sus mejores actuaciones de la temporada, que hubo de apechugar con una escritura esquinada, poblada de fastuosas disonancias y de susurros, de escaladas inclementes, supo plegarse a las variadas dinámicas y extraer impensadas delicadezas, como, por poner un único ejemplo, la conseguidas, alentado por la batuta, en esa especia de número nocturnal del tercer movimiento Now night opens wide, rico en refinadas armonías y sutilezas. Magníficas y esclarecedoras notas al programa de Mario Muñoz Carrasco.