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CRÍTICA / Pianismo de concentrada Expresión


Málaga. Auditorio Museo Picasso. 18-XII-2018. XII Ciclo de Conciertos de Cámara. Javier Perianes, piano. Obras de Chopin, Debussy y Falla.

José Antonio Cantón

Encuadrado en las actividades culturales del Museo Picasso Málaga y en colaboración con la Orquesta Filarmónica de dicha ciudad, se ha presentado el admirado pianista onubense Javier Perianes con un programa muy atractivo por la específica significación estilística de las obras, todas ellas de singular belleza. Dado el modo y manera natural de expresarse este intérprete, quiso iniciar su actuación con dos de los nocturnos de más alto grado de ensimismamiento de Federico Chopin, como son los contenidos en su Op. 48, verdaderos ejemplos del pensamiento musical de este autor.

Perianes tradujo el primero, en la tonalidad de Do menor, siguiendo ese sesgo de queja continuada que anima su discurso hasta ese momento apasionado y ardiente (Doppio movimento) en el que la música llega a un desesperado estallido, que al serenarse no deja de mantenerse en ese estado de exasperante desasosiego que transmitió el intérprete con acentuado prendimiento. En el escrito bajo la armadura de Fa sostenido menor, el pianista contrastó, a modo de canto recitado, el clima melancólico del inicio con ese episodio central (Molto più lento) que siempre sorprende en su intención de provocar una nueva emoción en el oyente.

Tan características páginas del compositor polaco sirvieron de introducción  a su Tercera sonata, Op. 58 en Si menor, todo un dechado de enérgica y alegre vitalidad. Desde tal entendimiento, Perianes puso su poderosa técnica al servicio de la variada expresividad que exige el intricado primer movimiento, en el que se suceden distintos estados de ánimo realzados por sus difíciles transiciones hasta su conclusión, pasaje que fue tocado con singular encanto. En el rapidísimo inicio del Scherzo activó la percepción del espectador predisponiéndole a la anhelante serenidad que desprende su segunda parte, posiblemente el momento más lucido de la interpretación de esta obra. Llegó conmover sin drama, justificando la aceleración final que tiene el desenlace de este tiempo.

Cantó el tercero con apasionado recogimiento, como queriendo entrar en un paradójico sentimiento de profana oración que tuvo su confirmación en el tratamiento de las curiosas modulaciones que propone el compositor antes de  la hermosa coda final. Perianes hizo suyo al autor, transmitiendo el esfuerzo que significa siempre tal pretensión por dotado que se sea. Su mejor mecanismo quedó de manifiesto en el Presto final, cualidad que puso al servicio de la épica que desprende su destino conclusivo, que requiere una exhibición técnica de enorme respuesta.

La segunda parte del recital estuvo dedicada a dos figuras indiscutibles de la creación musical como son Claude Debussy, verdadero revolucionario de la estética de los sonidos organizados, y Manuel de Falla, el compositor más relevante y de mayor proyección histórica de los habidos en nuestro país desde los genios polifónicos del Siglo de Oro español. Empezó con una selección de seis del Primer Libro de Preludios del compositor francés, cuya totalidad forma parte de la admirable última grabación de Javier Perianes en su sello discográfico Harmonia Mundi, y de la que al día siguiente hacía su presentación en la Sala Gayarre del Teatro Real de Madrid.

Sin la asombrosa prestancia conseguida en dicho registro, del que hay que resaltar el magnífico trabajo del ingeniero de sonido alemán Sebastian Nattkemper realizado el pasado mes de julio en los Estudios Teldex de Berlin, Perianes tocó el lento y grave Danzarinas de Delfos con contrastada solemnidad. Describió el animado El viento en la llanura con significada ligereza antes y después de sus siempre conturbadores acordes centrales. Sintió y transmitió la delicadeza que desprende La muchacha de los cabellos de lino desde una pulsación muy cuidada. En el siguiente, La serenata interrumpida, evocó el tañido de la guitarra, integrándose plenamente en el espíritu hispano que respira la obra. Con La catedral sumergida, Perianes llegó al momento cumbre de su actuación. Difícilmente se le puede sacar más partido al instrumento de que dispuso. Finalizó expresando en el teclado las sonoridades burlonas que propone Debussy en Minstrels, preludio que cerraba este pequeño homenaje que quiso hacer este singular pianista al creador más relevante del impresionismo musical en el año del centenario de su muerte.

La personalísima música de Falla contenida en la versión pianística de El amor brujo llevó a Perianes a demostrar su natural identificación con nuestro referencial compositor, alcanzando su máximo exponente en la fulgurante Danza ritual del fuego antes de su intervención final, el Nocturno op. 54-4 de Edvard Grieg perteneciente a su amplia colección de Piezas líricas que, con un sonido de suma poética le sirvió para agradecer el cerrado aplauso de un público entregado a su arte pianístico de concentrada expresión.

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