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CRÍTICA / Patricia Petibon: Versatilidad vocal


Gradana. Palacio de Carlos V. 28-VI-2018. LXVII Festival Internacional de Música y Danza de Granada. Patricia Petibon, soprano. Susan Manoff, piano. Obras de Bacri, Bernstein, Collet, Debussy, Falla, Fauré, Gershwin, Granados, Gustavino, Lara, Mignone, Obradors, Poulenc, Rodrigo, Satie, Turina y Villa-Lobos.

José Antonio Cantón

El recital de canto de la soprano francesa Patricia Petibon ha sido sin duda uno de los referentes indiscutibles de la presente edición del Festival granadino, dada la categoría de gran diva que ha mantenido a lo largo de las dos últimas décadas, desde su debut en París el año 1996 con una ópera de Rameau, Hipólito y Aricia, que la catapultó al estrellato lírico. Ha estado acompañada por la pianista norteamericana Susan Manoff, con la que comparte en alto grado sensaciones, emociones y sentimientos como ya quedó constatado en ese interesante documento fonográfico que significó su CD "La Belle Excentrique". Un título que, haciendo una muy aproximada analogía, está sacado de ese irónico y a la vez serio ballet de Erik Satie titulado El hermoso excéntrico, una parodia de las ideas y expresiones del music hall en el que la canción popular, la comedia, el baile y el mimo se mezclan en este género que, pese a un declive manifiesto a partir de los años sesenta del pasado siglo, se sigue apreciando en el mundo anglosajón.

Es ahí donde hay que encontrar la razón del contenido y montaje del espectáculo que ha presentado en el escenario del Palacio de Carlos V, que tantas y variadas reacciones ha causado en el público que, en su gran mayoría esperaba asistir a un recital al uso, en el que la protagonista se iba a limitar a cantar canónicamente un repertorio, en este caso, mayoritariamente francés. 

Parecía que iba a ser así con la obra que iniciaba el programa, Beau Soir de Debussy en la que quedó patente el dominio de coloratura que se percibe en su voz así como su refinada expresividad, realzada por la autenticidad impresionista al piano de Susan Manoff. Su delicadeza de emisión se confirmó con una canción amatoria del compositor francés Nicolas Bacri, All through Eternity, seguida de la melancólica A la mar del mismo autor, con las que refrendaba aún más su regulado portamento carente del más mínimo vibrato.

Después de hacer con marcado estilo evocativo la Canción del grumete de Joaquín Rodrigo, cantó una impresionante versión de Les Berceaux de Gabriel Fauré en una línea vocal de emocionante música callada, expresada con la extrema sutileza que pide el arrullo amoroso. Se producía así el primer momento sobrecogedor del recital, que le llevó a tomarse un pequeño descanso que aprovechó Susan Manoff para interpretar con suma elegancia una obra para piano solo de Henri Collet titulada Danse espagnole, que sirvió para confirmar ese sorprendente sentido elíptico creativo con el que este autor se inspiró y se aproximó siempre a los sones hispanos.

Patricia Petibon reanudó su actuación con El vito de Fernando Obradors con escaso casticismo, particularidad que hizo olvidar a continuación con dos extraordinarias versiones de la Asturiana de Manuel de Falla y Cantares de Joaquín Turina, donde dejó de manifiesto una dicción impecable, demostrando cómo la pronunciación ha de implementar siempre la belleza que ha de irradiar el buen canto en el que, como diría el legendario barítono Dietrich Fischer-Dieskau, han de hablar los sonidos y han de sonar las palabras. Se producía seguidamente la aparición de la música del genial Erik Satie con dos obras para piano solo que enmarcaban la canción La statue de bronze del mismo autor, que esta cantante montargois cantó con esa ostensible banalidad que pide la "seria" música de cabaret, estado de ánimo que dulcificó, de algún modo, en dos canciones de Francis Poulenc antes de que la pianista Susan Manoff tocara Le tango de Satie, con exquisito acento modernista, para terminar la soprano haciendo un alarde de su particular forma de entender la música brasileña con las canciones Nesta Rua y Dona Janaína de Heitor-Villa-Lobos y Fransico Mignone, respectivamente, en las que hizo que lengua portuguesa adquiriera protagonismo acentuando su particular sensualismo fonético.

Cierto desenfado apuntado ya en algunos momentos de la primera parte del recital cundió con mayor énfasis en la segunda, propiciando destacado contraste con dos pasajes sublimes de ópera. Estos fueron la famosa aria de Mélisande Mes longs cheveux descendent, perteneciente al tercer acto de Pelléas et Melisande de Claude Debussy, y la desesperada aria de Salud de la segunda escena del primer cuadro del acto segundo de La vida breve de Manuel de Falla. Ambas las interpretó con ese dominio técnico-vocal y esa capacidad dramática que sólo poseen las grandes cantantes de ópera. Fue con la música de las cuatro recetas de La Bonne Cuisine que Leonard Bernstein estrenara en Nueva York en 1948 en las que ambas intérpretes, ataviadas de mandil y gorro de cocineras, alargaron con paródica agresividad esta obra en la que, sólo puede entenderse, pretendían romper con la seriedad lírico-dramática anterior, demostrando una capacidad de coloratura bufa que lleva a que el oyente sospeche falta de seriedad con tan exagerada broma, que quedó controlada y hasta olvidada con, desde una transición fascinante, una soberbia interpretación del Segundo Preludio para piano de George Gershwin por Susan Manoff. Fueron tres minutos mágicos de la mejor música de ese genial compositor nacido en Brooklyn.

Una intrascendente y cargada de artificio interpretación de Granada de Agustín Lara daba punto final a este recital en el que ha quedado clara la enorme versatilidad vocal de esta soprano que, no obstante, ha de recuperar y perfilar la línea del carácter tímbrico de su voz cuando aborda los registros más exigidos en dinámica y de mayor riesgo en proyección de canto, aspectos técnicos que la llevarían a rayar de nuevo en esa perfección en afinación, impostación y colocación vocales que hace una década fueron objeto de admiración de directores de la talla de William Christie, Nicolaus Harnoncourt, John Eliot Gardiner o Marc Minkowski, todos ellos verdaderos gurús y originalísimos pensadores de la interpretación como final y esencial requisito de la naturaleza del fenómeno musical.

(Foto: José Albornoz)