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CRÍTICA / Pasado, presente y futuro


Vilabertrán. Canónica de Santa María. 22-VIII-2018. Bernarda Fink, mezzosoprano. Roger Vignoles, piano. Obras de Haydn, Schubert, Wolf, Dvorák, Rodrigo y Ginastera. 

23-VIII-2018. Lise Davidsen, soprano. James, Baillieu, piano. Obras de Grieg, Brahms, Strauss, Wagner y Sibelius. 

Arturo Reverter

La Schubertiada de Vilabertrán (12 de julio-2 de septiembre) ha tomado un extraordinario impulso en los últimos años y en este además amplia su radio de acción y se extiende a cuatro localidades vecinas: Figueras, Saint-André de Sorède, Sant Quirze de Colea y Castellón de Ampurias. E incluso viaja fuera de la comunidad y se llega hasta un destino tan alejado como el pueblecito alavés de Valdegovía, cuyo alcalde, Juan Carlos Ramírez-Escudero Isusi, ferviente melómano, ha conseguido que, a lo largo de cuatro semanas de julio, se hayan celebrado allí, en colaboración con la Schubertiada, cuatro conciertos a cargo de la soprano Katharina Konradi, el Cuarteto Casals, el violonchelista Asier Polo y el pianista Iván Martín.

Hemos podido asistir a dos de las sesiones de la Dominical de Vilabertrán protagonizadas por dos cantantes bien diferentes. La primera, la mezzo argentina Bernarda Fink [en la foto], es una artista que anda por la sesentena y que parece ya un poco en retirada. Su voz, muy lírica y clara, no ha sido nunca de gran tonelaje, pero goza todavía de cierto brillo en notas centrales y es airosa y bien contorneada en las agudas, con ciertas estrecheces en algún momento. Su franja grave, nunca muy lustrosa, queda ahora apagada y exenta de relieve tímbrico, lo que se notó con frecuencia en el deficiente balance sonoro con un piano que manejó el siempre eficaz pero pocas veces exquisito Roger Vignoles, acompañante en tantas batallas y al lado de tantos cantantes.

En la cantata Arianna a Nasso de Haydn se mostró cauta, fraseó bien, con sentido, pero anduvo escasa de dimensión dramática para ilusrar las penas y dolores de la protagonista. En ciertos instantes afloró su innata musicalidad y dijo con expresión, con pianos de buena factura. El Presto final quedó algo deslucido por carencia de vigor y de nervio, a lo que contribuyó el escaso brío del colaborador. Schubert, con cuatro lieder, expuestos con colores más bien planos y una dicción algo desvaída, no elevó el tono. La voz quedaba un tanto perdida en la reverberante acústica del templo. Notamos la falta de cuerpo en Auf der Riesenkoppe, que fue rematada, eso sí, con elegante dulzura. No apreciamos tampoco los necesarios claroscuros en los cuatro lieder de Wolf, aunque en el último, In dem Schatten meiner Locken, se mostró pícara e intencionada en la estrofa postrera, donde aportó en mayor medida un refinamiento y un garbo que siempre han sido connaturales en ella. 

Todo mejoró en la segunda parte, donde la artista pareció encontrarse más a gusto. Primero con cuatro canciones populares de Dvorák, tres de ellas en eslovaco, idioma que conoce bien gracias a su ascendencia familiar. Aquí aparecieron la gracia, la calidez, el estilo, la vitalidad y la donosura. Que reconocimos asimismo en otras cuatro piezas de Rodrigo. En la tan conocida y exquisita Pastorcito Santo apareció la gran artista, que supo recrear igualmente, con el tono compungido exigido, Adela. En las Cinco canciones populares argentinas de Ginastera encontramos a Fink de nuevo en su salsa, con incluso fáciles escaladas al sol 4. La voz pareció sonar más libre, menos constreñida, más redonda, con medias voces canónicas. Magnífica, por ejemplo, la interpretación de Arrorró. El bis pedido fue también de Ginastera, la tan conocida Canción del árbol del olvido, dicha con magnífica expresividad.

Muy distinto, como cabía suponer, fue el recital de la joven —y gigantesca— noruega Lise Davidson, cantante con un futuro espléndido; y con un presente ya importante. Promete grandes cosas. En primer lugar por la calidad y cantidad del instrumento. Diríamos que es una soprano spinto con muchos posibles de ascender a la categoría de una dramática de aquí a unos años. Al nivel de lo que se considera un hochdramatischer según los alemanes. Está en el camino de convertirse en una intérprete de los papeles más espinosos y caudalosos de la literatura wagneriana y straussiana. Pero en el camino. No ha de correr y ha de administrar su ya relevante instrumento y su ya muy aceptable arte de canto en cometidos más propios de una lírico-spinto.

El timbre es soberbio, dotado de un muy rico metal, refulgente en el agudo, amplio y bien asentado en el centro, penumbroso y natural en el grave, que es denso y sólido; y perfectamente soldado con el resto de la tesitura. El sonido es igual, la emisión fácil y homogénea, sin fisuras, y la extensión, indiscutible, por arriba y por abajo. El si natural agudo que cierra Cäcilie de Strauss fue soberano, iridiscente, pletórico. Como todo su concierto. Ese chorro vocal inundaba las bóvedas del templo y nos saturaba los oídos. He ahí el peligro, sobre todo a la hora de cantar lied: dominar, calibrar, matizar el caudal. Davidsen es y será evidentemente sobre todo una cantante de ópera, género en el que también, cómo no, hay que reducir y regular el sonido, según los casos. Y Strauss es un compositor que lo pide.

En todo caso hay que aplaudir los intentos de la soprano por establecer en algún momento el tono íntimo requerido. Consiguió apianar y hacer respetuosas medias voces, por ejemplo, en la también straussiana y exquisita donde las haya Morgen, que casi cantó en un hilo. Y matizó igualmente, con mucho mérito los cinco Wesendoncklieder de Wagner, inaugurados con una fastuosa línea grave en el primer verso de Der Engel. Abusó quizá en algún momento de atacar las notas con sonidos fijos para darles enseguida abundante vibración, un manierismo no siempre saludable. Percibimos ciertas inconexiones en la línea en su recreación de Stehe still!. Pero nos levantó del asiento el brillo fúlgido de las últimas palabras. Anotamos algunos bien logrados pianos, unos graves impecables y una rotunda densidad en el cierre de Im Treibhaus. Fraseó bien, a medio gas, Schmerzen y cantó todo lo suavemente que pudo Träume. Una interpretación más que plausible, pues, la de este ciclo amoroso wagneriano.

Supo establecer colores y acentos, con llamada a un diáfano estilo popular, revestido a veces en exceso de la retórica operística, en las cuatro canciones de Grieg, a las que por su nacionalidad es tan afín. El apoyo, el squillo, el volumen estuvieron en primer plano, a veces en perjuicio del lirismo, pero supo cerrar bellamente, en rutilante media voz la tan conocida En svane. De Grieg fueron también los dos bises ofrecidos al término del concierto, las asimismo populares Vären y Ved rondane, con las que tuvo que responder a los bravos del enfervorizado público que casi llenaba la Dominical. Y que aplaudió igualmente las muy bellas seis piezas de Sibelius que remataban la reunión. Otorgó singular dramatismo a Svarta Rosor, con la voz proyectada como un tiro hacia lo alto.

Nos gustó el joven pianista sudafricano, instalado en Londres, James Baillieu: discreto, servicial, musical, elástico y atento en todo instante a los más mínimos quiebros de la voz. Supo respirar con ella e hizo gala de una digitación muy pulcra. Un colaborador que ha de ir a más. Nos gustó asimismo la breve y concisa conferencia que impartió, minutos antes del concierto, Toni Colomer sobre la liederística de Sibelius. Aportó datos, analizó la estética y describió con facilidad y propiedad las canciones de este músico insertas en el programa.