Ud. está aquíInicio / CRÍTICA / Panorama finés-suizo en el Auditorio

CRÍTICA / Panorama finés-suizo en el Auditorio


Madrid. Auditorio Nacional. 19-XII-2018. Retrato II: Saariaho, Suiza en el siglo XXI. Plural Ensemble. Director: Jürg Henneberger.

Arturo Reverter

Muy atractiva sesión, que aunaba dos mundos musicales contemporáneos, a priori poco próximos entre sí: los correspondientes a la compositora finlandesa Kaija Saariaho y a tres creadores actuales de Suiza: Jaqcues Wildberger (1922-2006), Martin Jaggi (1987) y Lukas Langlotz (1971). Ni estética, ni estilísticamente, en efecto, tienen demasiado que ver entre sí estos tres creadores con la autora nacida en Finlandia en 1952, aunque todos ellos sean hijos de este tiempo por otra parte tan amplio.

Las dos partituras de Saariaho nos han mostrado de nuevo las características de su música, muy rica de timbres, agradable de colores y texturas, flexible de ritmos, fantasiosa y atmosférica, envolvente y, al tiempo, alada. Aspectos comprobados no hace mucho tras  la escucha en el Real de su ópera en dos partes Only the Sound remains. Serenatas, de 2008, para piano, violonchelo y percusión, se compone de cinco breves piezas, que presentan un expresivo contraste en su alternancia de climas. Las frases agudas del instrumento de cuerda en la primera, Agitato, aparecen asentadas en la segunda, Delicato, con los trinos del piano y las notas del vibráfono, seguidas por el suave canto del violonchelo en Dolce, las frases ondulantes, los glisandi y el suave balanceo de Lánguido y, como cierre, los acordes graves del piano y la nota sobreaguda del instrumento de arco en Misterioso.

Cinco son también los movimientos de Je, sens un deuxiéme coeur de 2003, que es una suerte de abstracción de música de la segunda ópera de la compositora, Adriana Mater. Nos captan las superficies planas, las resonancias de Je dévoile ma peau; los ostinati rítmicos de Ouvre-moi, vite; el estudio de color y las irisaciones pictóricas de Dans le rêve, elle l’attendait; los temblores dramáticos y rompedores (“introduce el tema de la violencia en un contexto energético”, como define en sus notas Tomás Maco), el aire un tanto bartokiano de Il faut que j’entre, y, por último, la aparente tranquilidad, las notas largas y separadas de Je sens un deuxième coeur qui bat tout près du mien, que se extingue lentamente. Como es habitual, la estupenda y cuidada cocina, delicada, sutil, pictórica al pastel de Saariaho.

Muy distintas entre sí las demás composiciones; y muy diferentes a las arriba comentadas. De Widberger escuchamos un Cuarteto para clarinete, flauta, violín y violonchelo de 1952, en el que se puede apreciar la influencia del serialismo que se desarrolla sobre un lecho estrictamente dodecafónico, establece Marco. Se construye sobre un tema y sus variaciones. El aire es muy weberiano. De pasajes puntillistas, acuarelísticos, trabajados a partir de un tema de tres notas, pasamos a otros más animados llenos de detalles sugerentes, con intervenciones a solo del clarinete y con secciones tranquilas y quasi cantabiles. Nos sorprende un súbito solo de chelo en la sexta variación. Una coda tempestuosa cierra el capítulo postrero animado por ligeros pizzicati.

Los más jóvenes, y vivos, Jaggi y Langlotz ofrecen paisajes diferentes. El primero emplea en Spam (2006) una tímbrica acre, a veces virulenta, sombría, favorecida por secos golpes de bombo (con baqueta pequeña). Se dejan oír de continuo dos notas en glisandi y se remata con una suerte de descoyuntada danza. Langlotz construye en su sexteto Ohne Titel II. Hommage un discurso muy poblado en el que el virtuoso piano tiene la parte protagonista. Estimulantes sus diálogos con la marimba. Marco destaca que la obra viene constituida por una introducción y nada menos que veintiséis partes organizadas en torno al ciclo de quintas, lo que da a la composición una importante solidez. El compositor establece infinidad de efectos e inteligentes transiciones, con eventuales efectos de raíz impresionista y con pasajes de extrema dificultad, muchos de ellos en tesitura muy aguda y momentos de quietud auténticamente lunar, como aquel de etéreas sonoridades sostenidas por notas pedal. Tras instantes de gran trepidación, se nos conduce a un nervioso presto y, finalmente, a un cierre de lo más delicado.

Pudimos escuchar las cinco composiciones en interpretaciones sin duda modélicas y puntuales de los miembros del Plural Ensemble, con el delicado trazo y la impecable y habitual afinación de la violinista Ema Alexeeva a la cabeza y el sostén puntual del sobrio y eficiente pianista Duncan. Llevó las riendas el director helvético Jürg Henneberger [en la foto], que ocupaba en esta ocasión el puesto de Fabián Panisello. Mostró dominio, conocimiento, un gesto claro, no exento de elegancia, con batuta casi siempre. Algo rígido de expresión quizá y no especialmente fantasioso. Pero todo pareció funcionar bien engrasado y entonado. Para satisfacción de un público fiel a estos conciertos de la serie del BBVA que llenaba la sala de cámara del Auditorio madrileño. Algo no tan habitual en una sesión de músicas de los siglos XX y XXI.