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CRÍTICA / Pablo Barragán triunfa en Jerez


Jerez. Teatro Villamarta. 19-X-2018. Pablo Barragán, clarinete. Orquesta de Cámara Eslovaca. Director y violín solista: Ewald Danel. Obras de Bartók, Janacek, Suchon, Weber y Zeljenka.

José Antonio Cantón

El Teatro Villamarta ha iniciado su ciclo de música clásica de la presente temporada con la presencia en su escenario de una de las más interesantes formaciones centroeuropeas en su clase: la Orquesta de Cámara Eslovaca, liderada por el violinista checo Ewald Danel, que cogió su dirección en el año 2001, después de la muerte del prestigioso violinista Bohdan Warchal, su fundador en 1960. El programa tenía dos grandes atractivos, por un lado la presencia de uno de los jóvenes músicos españoles del momento, el clarinetista Pablo Barragán, intérprete de enorme proyección en su instrumento, y por otro poder escuchar obras de dos relevantes músicos eslovacos del siglo XX, Eugene Suchon e Ilja Zeljenka.

Fue la Serenata para orquesta de cuerda op. 5 del primero la que abrió la velada generando curiosas sensaciones dadas las heterogéneas fuentes de su estética, que hace referencia a un tardo-romanticismo, esbozos derivados de la música popular y unas sutiles conexiones con estructuras armónicas y melódicas de los movimientos creativos del primer tercio del siglo XX. Tales influencias se percibieron desde la muy académica interpretación y dirección de Danel, en su papel de conductor con su violín, dejando una sensación de fidelidad estilística en cada uno de los cinco movimientos de esta obra.

Para cerrar la primera parte del concierto se tuvo a bien interpretar la obra más interesante posiblemente del repertorio camerístico de Carl Maria von Weber como es su Quinteto para clarinete y cuerdas en Si bemol mayor op. 34 en su versión para orquesta de cuerdas, lo que da a la composición un mayor cuerpo sonoro con la consiguiente mayor prestancia para el oyente. Pablo Barragán entró con enérgico protagonismo en el primer tema, dejando constancia de su enorme virtuosismo en el que destaca su amplio espectro dinámico fruto de una precisa técnica de soplado, dominio de emboque y la nobleza y proyección del sonido, sustanciales mandamientos para alcanzar la excelencia en este singular instrumento de viento-madera, uno de los preferidos de Mozart. Si a todo esto añadimos su limpieza de articulación y su personalidad en ornamentación, nos encontramos ante un intérprete que ha logrado su individuación musical en un altísimo grado.

Su capacidad lírica surgía acentuada en el Adagio ma non troppo haciendo gala de máxima expresividad de fraseo y gran capacidad de efecto portamento en los pasajes cromáticos, escalados y arpegiados, que daban la sensación de una agilidad cuasi-vocal que iban más allá de los efectos sonoros esperados producto del mecanismo de las llaves del clarinete. Entre esto cabe resaltar la asombrosa afinación en sus fiati, imposibles de imaginar antes de escucharlos.

Su capacidad rítmica realzaba el papel de líder en el Menuetto antes de la serenidad que aportó la orquesta en su correspondiente trío, con unas violas verdaderamente muy empastadas. En el Rondo final la vivaz ligereza de Barragán alcanzó los límites del asombro hasta llegar a una prestidigitación formal sólo posible en los grandes dominadores de un instrumento. Es el caso de este clarinetista que lleva parejo un soberbio sentido musical y un extraordinario gusto expresivo. La ovación de un público entregado a su arte le llevó a ofrecer una adaptación del gran clarinetista Béla Kovács de la emocionante canción hebrea Shalom Alekhem, que supuso un espléndido broche final a una actuación verdaderamente inolvidable.

La segunda parte se inició con la preciosa composición titulada Música eslovaca del bratislavo Ilja Zeljenka, basada en el folclore de su país, que cautivó por la autenticidad estilística de la interpretación que proyectó Ewald Danel a sus músicos, cargando de delicadeza sonora el recinto del teatro. El concierto mantuvo los referentes populares con dos autores que bebieron también de la música ancestral de sus respectivos pueblos como fueron el checo Leos Janacek, y el húngaro Béla Bartók. Del primero se interpretó la Suite para orquesta de cuerdas, destacando la profundidad expresiva con la que esta orquesta interpretó el Adagio, quinto de sus seis movimientos. Del segundo sus breves y personalísimas Danzas populares rumanas en las que director y orquesta determinaron el grado de entendimiento mutuo y convicción de sentido musical. Como propina interpretaron un movimiento en pizzicato perteneciente al Tríptico para la Iglesia de Santa María del compositor polaco Romuald Twardowski, obra que dedicó a esta orquesta en 1972, incrementándose con su precisa afinación y ajustada cadencia rítmica la admiración del público.