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CRÍTICA / OCNE: Procelosas y dramáticas jornadas


Madrid. Auditorio Nacional. 14 y 21-XII-2018. Ricarda Merbeth, soprano. Ian Bostridge, tenor. Matthias Goerne, barítono.James Ehnes, violín. Orquesta y Coro Nacionales. Directores: Juanjo Mena y José Ramón Encinar. Obras de Schubert y Britten.

Arturo Reverter

Juanjo Mena suele programar con inteligencia. Lo ha demostrado una vez más al diseñar estos dos conciertos, en los que se daban la mano un compositor romántico, de planteamientos tan originales y rompedores como Schubert, y un contemporáneo de inteligente y fructífero eclecticismo, resumidor de tantas corrientes, como Britten. Aunque quepa reprochar la inusual extensión de las dos convocatorIas. Pero el resultado de ambas fue más que digno, con momentos de muy buena y lograda música.

Hablemos de lo que fue quizá lo más conseguido en términos generales: las dos composiciones del músico inglés. Con el War Requiem ya se ha enfrentado más de una vez el director vitoriano. Sabe introducirse en su espíritu, a menudo tan dolorido, y conoce la manera de desentrañar sus nada fáciles estructuras, otorgando la necesaria claridad a sus coros, a sus fugati, expresar y traducir las emociones que alberga este sentido alegato antibélico, edificado sobre el habitual oficio de difuntos, que se ve entreverado con textos del poeta Wilfred Owen, muerto como soldado en las postrimerías de la Primera Guerra Mundial. Sin duda, como afirma en sus clarificadoras notas Luis Suñén, “una de las grandes partituras de la música del siglo XX, una de las muestras más emocionantes de cómo la música puede, con sus herramientas formales, analizar la realidad, explicarla y conducirnos, como la poesía, a la emoción a través de la belleza”.

Desde el Requiem aeternam, cuya repetida figura de dos notas fue adecuadamente destacada y modulada, la batuta fue orientando y haciendo entrar en materia al amplio orgánico, bien que, tras la impecable entrada del coro de niños, el coro mixto no acabara de dibujar con nitidez sus palabras, aunque en el Kyrie eleison, después de la primera intervención del tenor, se lograra un ejemplar pianísimo. La marcheta del Dies irae tuvo la acentuación adecuada y las frases mors stupebit et natura y siguientes fueran reproducidas con la deseada delicadeza. Estupendamente marcados los salvajes contratiempos en la posterior repetición de esos pasajes iracundos, solventado con fortuna el Recordare. Buen desarrollo de los compases fugados del Sed signífer. Admirable la forma de resolver los suaves trazo iniciales del Libera me, con aplicada aportación del grupo de violonchelos.

Los conjuntos de la ONE se comportaron muy bien, con entrega, afinación, buena letra y mejor espíritu. El Coro, que dirige con general fortuna Cañamero, tuvo una de sus mejores prestaciones de la temporada, atento y flexible, musical y sonoro, plegado casi siempre a las indicaciones de la sensible guía de Mena, ayudado, al frente de la orquesta de cámara que colabora con tenor y barítono en el desgranamiento de los trágicos textos de Owen, por un dispuesto, firme y expresivo José Ramón Encinar, de tal manera que el amplio conjunto funcionó bien engrasado. Muy bien la Escolanía del Real Monasterio de El Escorial dirigida por José María Abad Bolufer.

Quedan los solistas. Ricarda Merbeth exhibió sus voz grande, generosa, relativamente timbrada, de soprano lírica plena, con ribetes de spinto, que se escuchó casi siempre por encima de los demás en los números de conjunto, como el In paradisum, aunque por lo general su sonoridad fuera en exceso desabrida y destemplada en la zona aguda y no anduviera sobrada de esa efusión lírica que pide a veces la partitura. Engolado, como casi siempre, el oscuro, tonante, ampuloso Matthias Goerne, que expresó con sinceridad y no consiguió casi nunca una pronunciación ajustada y fiel de la lengua inglesa. Muy bien Ian Bostridge, de una expresividad a veces lacerante, matizado de mil luces, capaz de pianos elegantes y de alteradas y sinceras exclamaciones. Pese a que la voz, de lírico-ligero, no vale gran cosa, es estridente en los fortes agudos y de emisión nasalizada en muchos instantes.

Muy aceptable también la Orquesta y el director en el acompañamiento del espléndido Concierto para violín del músico británico, una especia de inspirada síntesis entre Prokofiev y Berg. Actuó, con aplomo, afinación, pulcritud y bello sonido, manejando magníficamente su Stradivarius, el canadiense James Ehnes, que mostró bravura en las dobles cuerdas y pasajes más difíciles del Moderato con motto, donde admiramos también su soliloquio con el timbal, realizó hermosos glisandi y armónicos poderosos en el Vivace y una especial expresividad en la Passacaglia postrera, en la que la batuta consiguió muy bellos y rarefactos momentos.

Queda Schubert. Nos gustó la Inacabada, tocada por cierto con trompas naturales, iniciada, como se debe, con un bien calculado pianísimo y con un excelente y bien trabajado crescendo hasta la aparición del tema principal, bien cantado por los violonchelos. Se supo trabajar las intensidades y administrar los colores hasta lograr un clima tenebroso revelador de la tragedia que anida en el fondo de esos pentagramas. Desarrollo muy concentrado y fraseo elocuente. Todo ello transformado en ese diáfano lirismo que aparece enturbiado pasajeramente en el Andante con moto con los amenazadores acordes que contrapuntean el canto ingenuo de los violines, en instante que quizá la batuta no acertó a clarificar por completo.

Bien expuesta, con ligereza, espíritu entre rossiniano y vienés, la Sinfonía nº 6, la “Pequeña”. Levedad de trazo y buena letra, cantada con gusto, con nerviosos pero precisos ataques en el Scherzo y arco suelto en el Allegro final; con orquesta reducida, que aumentó un poco (seis contrabajos, veintiséis violines) en la “Grande”, la nº 9 ( para ser más exactos, pues la Incompleta debería se la 7ª), ofrecida a partir de tempi muy rápidos y exenta por lo general de esa dimensión imponente, de ese dramatismo que anida en tantos de sus pentagramas. No se logro por completó la fusión paulatina entre el Andante inicial y el Allegro ma non troppo (aquí vivace) subsiguiente, donde tampoco acertamos a ver la conjunción ideal. La coda tuvo escaso peso. En el bien expuesto Andante con moto no se obtuvo la dramática atmósfera que se precisa cuando se alcanza, tras proceloso crescendo, el clímax, determinado por un pavoroso silencio. Bien acentuado, vigoroso y, también, veloz, Scherzo, coronado por un buen y vienés trío. En el Allegro vivace se plantearon con inteligencia las preguntas-respuestas. Mena impuso un ritmo nervioso y martilleante, obsesivo; como debe ser en una oba wue se basa en buena parte en ese aspecto. No quedó por completo bien diseñada la coda, que nos pareció algo atropellada. En todo caso, una versión muy personal, acreditativa de un director que siempre tiene cosas que decir; aunque no se puedan compartir al cien por cien. Lo normal.