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CRÍTICA / OCNE en estado de gracia


Madrid. Auditorio Nacional. 18-I-2019. Leila Josefowicz, violín. Director: Christoph Eschenbach. Obras de Salonen y Bruckner.

Miguel Ángel González Barrio

Los conciertos de Christoph Eschenbach al frente de la OCNE, de la que es principal director invitado, suelen combinar un programa interesante, la presencia de prestigiosos solistas y una fenomenal respuesta de la orquesta, que, quizá por la dificultad de seguir el errático gesto del veterano director alemán, afina al máximo su concentración y su capacidad de escucharse.

Así ha sido una vez más en el último concierto, cuya primera parte estuvo dedicada a una obra contemporánea, el espléndido Concierto para violín del director-compositor Esa-Pekka Salonen, músico con una larga trayectoria directorial que hay que situar en la tradición de los Strauss, Mahler, Bernstein o Boulez. Encargo de la Filarmónica de Los Ángeles, la Sinfónica de Chicago y el New York City Ballet (que estrenó una versión coreografiada de la pieza), fue compuesto en 2008-2009 y estrenado en 2009 en Los Ángeles por Salonen y la violinista canadiense Leila Josefowicz [en la foto], dedicataria de la pieza, que es quien la ha interpretado en estos conciertos de la OCNE. El concierto —según su autor—, que comienza y termina in media res,  es a un tiempo un retrato de Josefowicz y una mirada nostálgica desde los 50 años a su propia trayectoria como músico (Salonen acaba de cumplir 60). Desde el evocador movimiento inicial, Mirage, una suerte de "obsesiva y febril toccata” —como lo define Juan Manuel Viana en las excelentes notas al programa de mano— en la que el violín solo descansa unos pocos compases, la portentosa violinista canadiense se mostró enérgica, segura, dominadora. La torrencial cascada de notas, con las delicadas sonoridades del acompañamiento de celesta, glockenspiel, arpa y vibráfono, desemboca sin pausa en el segundo momento, Pulse I, en el que el ostinato del timbal que representa el latido de un corazón recuerda no poco a la straussiana Muerte y transfiguración. El rápido tercer movimiento, Pulse II, en el que predominan los ritmos frenéticos, la percusión, recrea una atmósfera urbana “muy californiana” (Salonen dixit), con lejanos guiños a Bernstein y un homenaje a los bateristas del rock y a la cultura popular. La parte solista lleva al violinista hasta el límite, incluso físicamente, cosa que no parece intimidar a Josefowicz, que disfrutó lo suyo, sonriendo constantemente y bailando durante los pasajes puramente orquestales. En el núcleo emocional del concierto, Adieu, con un final bellísimo que se detiene súbitamente, asistimos a hermosos diálogos del violín solista y el corno inglés. Josefowicz tocó este concierto llamado a convertirse en un clásico contemporáneo con la convicción y entrega con la que se tocan (o se deben tocar) las grandes obras del repertorio. Eschenbach demostró haber estudiado a fondo la partitura y conocerla a la perfección. En febrero ambos presentarán la obra con la Sinfónica de Houston. Hubo una propina, un fragmento de Lachen verlent, pieza de gran virtuosismo también de Salonen.

En la segunda parte Eschenbach y la ONE interpretaron la Segunda de Bruckner (versión de 1877, con clarinete y violas en vez de solo de trompa al final del Andante), obra escasamente programada, mucho menos que Tercera, Cuarta o las tres últimas. Eschenbach, excelente bruckneriano (tengo en gran estima su Cuarta o su Sexta en disco) exhibió sus cualidades de constructor, de organizador, y de buen conocedor del lenguaje bruckneriano, montando los clímax por acumulación, con codas expeditivas y contundentes. En el Moderato inicial Eschenbach se mostró muy fino y meticuloso con las dinámicas, variadas, con sutiles gradaciones. Los violines sonaron empastados, con un sonido denso y tornasolado. En el Andante, con bellísimas citas del Benedictus de la Misa en Fa menor, destacaron el fraseo exquisito y el sonido noble de los violonchelos y el fabuloso trabajo de las maderas (estupenda intervención de José Soterres, primer flauta). El corsé rítmico se aflojó en algunos momentos del Scherzo, aunque en el reprise todo estuvo en su sitio, firmemente atado. En el Trio (soberbias violas) se materializaron una gracia aérea (trémolos limpísimos) y un sonido eminentemente brucknerianos. El Finale fue despachado con brillantez por una OCNE en estado de gracia que funcionó como un macro-conjunto de cámara. Hasta el inevitable teléfono móvil pasó casi desapercibido, tan absortos que estábamos en la música. Un gran concierto, posiblemente el mejor de lo que llevamos e temporada.

(Foto: Chris Lee)