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CRÍTICA / Obras de esclarecido color en Córdoba


Córdoba. Gran Teatro de Córdoba. 11-X-2018. Orquesta de Córdoba. Director: Carlos Domínguez-Nieto. Obras de Bartók, Mozart, Poulenc y Toldrá.

José Antonio Cantón

El primer concierto de abono de la presente temporada de la Orquesta de Córdoba (OC) ha estado dedicado a obras de gran significación en el repertorio de cada uno de los compositores programados para esta ocasión por el nuevo director titular de esta formación, Carlos Domínguez-Nieto. Éste ha querido trabajar las distintas secciones de la OC con el propósito de mostrar la calidad de sus profesores desde la perspectiva de la música de cámara, género que requiere precisión técnica, grandes dotes de conjunción y un depurado sentido concertante.

Estas cualidades empezaron a surgir con determinación con las indicaciones del director en la Suite française de Francis Poulenc, obra que requiere un alto grado de expresividad en cada uno de los doce instrumentistas que intervienen en su interpretación. La primera sensación que se pudo percibir era de una orquesta transformada por la transparencia que desprendía el colorido de su sonoridad, aspecto esencial para transmitir al oyente el muy perfilado carácter neoclásico de la naturaleza estética de esta obra, que determina la función de cada instrumento desde un protagonismo cuasi-solístico. Esa intención la indujo el maestro Domínguez-Nieto con gran eficacia, predisponiendo al auditorio a una gran velada de música que fue creciendo en interés conforme se iba desarrollando.

Dos piezas de gran atractivo para el oyente se sucedieron en el programa; Vistas al mar de Eduardo Toldrá y las conocidas Danzas populares rumanas de Béla Bartók. De la primera hay que resaltar la extraordinaria cohesión de la totalidad de la sección de cuerda de la OC, como si de un cuarteto extendido se tratara, y el sentido que se alcanzó en el segundo movimiento, Lento, que hacía recordar al oyente en su expresividad sonora la alterada hondura anímica a la que llegan obras de la trascendencia estética como Noche transfigurada de Arnold Schoenberg, o Metamorfósis de Richard Strauss, en su indagador discurso. Esta sensación no la había experimentado nunca con la OC, lo que demuestra el alto grado de intercambio emocional habido entre los intérpretes. Tal tensión fue compensada con la alegría que supieron exponer en el último movimiento, un Molto vivace que anticipaba de alguna manera los efectos que iban a producir los cambios dinámicos y variados ritmos de las pequeñas piezas de Bartók, que sirvieron para constatar el entusiasmo con el que la orquesta se planteó su ejecución.

Si hasta ese momento el concierto discurría por unos derroteros admirables, todavía quedaba la obra más singular del programa como era la Gran partita K 361 de Mozart, obra de difícil montaje por su elevada dificultad técnica y alto nivel estético. Domínguez-Nieto ha sabido desentrañar su estructura de encaje con una lectura muy fiel al espíritu que contienen los siete movimientos de esta obra paradigmática, que supera cualquier marco de referencia estructural.

Desde su primer compás el director tuvo claro los grandes vectores estilísticos que han de darse en su recreación; dar una sensación concertante colectiva, dejando que cada instrumento cante para sí con los demás, sin poder distinguir cuál de ellos guía en cada momento y cuáles acompañan; supo pedir realce en su particular tímbrica, seduciendo con el color del sonido, que parecía flotar en el ambiente con un imaginario efecto óptico, y sobremanera, hay que resaltar la claridad con la que supo transmitir la representación formal del pensamiento que encierra esta magistral obra, un verdadero encaje de sonoridades, timbres, dinámicas y aires que obligan a un prodigio de virtuosismo y al más elevado grado de musicalidad. Esto lo consiguió el director demostrando una gran seguridad técnica y la inestimable ayuda de los vientos de su orquesta, que alcanzaron una interpretación verdaderamente distinguida.

Con esta nueva titularidad, la OC está llamada a la consecución de destacados propósitos artísticos que, de ser así la situarán en uno de los mejores momentos de su historia, objetivo que requiere profesionalidad, entrega, entusiasmo, trabajo y convicción, difíciles empeños aunque enormemente gratificantes si se materializan en un concierto como el aquí comentado. Estoy seguro que Carlos Domínguez-Nieto sabe de su importancia, y estimulará tales exigencias desde su sólida formación y contrastada experiencia.

(Foto: Francisco Casado)