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CRÍTICA / Noventa años de olvido


Madrid. Teatro de la Zarzuela. 16-II-2018. R. Chapí, La Tempestad. Ketevan Kemoklidze, Carlos Álvarez, José Bros, Mariola Cantarero, Alejandro López, Carlos Cosías, Juan Echanove. Coro del Teatro de la Zarzuela. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Dirección musical: Guillermo García Calvo.

Manuel García Franco

Antes de su estreno en el Teatro de la Zarzuela, el 11 de marzo de 1882, La Tempestad llevaba dos años incubándose, en el transcurso de los cuales Arderíus había aconsejado a Ruperto Chapí que la inflara hasta convertirla en ópera. Chapí, muy acertadamente, no hizo caso y la dejó en zarzuela, pero con una clara intencionalidad operística, de ahí que la definiera "melodrama fantástico" en tres actos, en verso y prosa. Alrededor de su estreno, hace 136 años, se originó un curioso pleito literario de cierta resonancia en aquel tiempo, debido al libreto de Miguel Ramos Carrión, basado en el drama Le Juif polonais (1869) de Émile Erckmann y Alexandre Chatrian, escritores de teatro franceses, en el que muchos vieron como un plagio o al menos así quiso demostrarse. Lo cierto, es que el justo éxito obtenido por el maestro Chapí, quitó importancia al asunto y por gracia de su partitura,  continuó su carrera triunfal.

Chapí trazó una partitura de fuerte sabor dramático, de tintes sombríos, alternando con páginas de extraordinaria elegancia, no liberadas aún de sus primeras influencias entre las que sobresalen las tomadas a la música francesa. Hay rasgos meyerbianos y otros voluptuosos de Gounod, pero también hay claras referencias al Wagner de Der fliegende Holländer. Esto no quiere decir que la música de La Tempestad no tenga una personalidad perfectamente acusada. Una de las grandes virtudes de Chapí, precisamente, era el poder de asimilación que en los climas musicales encontraba y transformaba de forma personalísima. Pero es interesante hacer constar que la influencia italiana que tanto sedujo a su maestro Arrieta, en él se vió más disipada para dar paso a otros perfiles del arte lírico dramático. Esta partitura un poco desigual de estilo, tiene bellísimos momentos demostrativos de un músico sumamente interesante, cualidad que no hizo más que afianzarse y perfeccionarse en sus obras posteriores, como así se vislumbra en una obra estrenada cinco años después, La bruja, ya en todo superior.

El Teatro de la Zarzuela en su objetivo de recuperar páginas de nuestra lírica que en su día pasaron por su escenario y que quedaron silenciadas durante décadas, nos ha devuelto esta obra que pasó a ser un clásico y se mantuvo en cartelera durante decenios; su última aparición fue en 1927, noventa años de olvido. Ahora nos la ha traído en versión de concierto, pero interpretada por robustas voces de nuestra lírica, como así lo exige su escritura, lástima que no haya sido escenificada y esperamos que más adelante pueda serlo, aunque la magnífica forma en la que ha sido presentada compensa la falta. 

La adaptación del texto hablado por el dramaturgo Alberto Conejero es de gran acierto, goza de grandes momentos poéticos, brillantemente narrado por un gran actor como Juan Echanove que va revelando el hilo argumental. Su recitado final fue magistral. Demostró su calidad el Coro del Teatro de la Zarzuela en sus principales números: la plegaria con que comienza la obra, la alborada del segundo acto y el coro de mujeres ante la prisión de Beltrán. Se vivieron grandes momentos interpretativos, gracias a su buen reparto vocal, de grandes exigencias, y a la equilibrada dirección del maestro Guillermo García Calvo que supo hacer una lectura matizada de la obra desde los aires más populares a los momentos más densos y dramáticos hasta llegar a una cúspide expresiva como el final del segundo acto sabiamente resuelto.

Escuchamos la poderosa voz baritonal de Carlos Álvarez, bien timbrada que desde el primer instante destacó en su monólogo, romanza tenebrosa del primer acto: La lluvia ha cesado, en el papel del viejo Simón, así como en la balada fantástica del ¡Din, don! del segundo. El personaje de Beltrán, en un principio acordado con Celso Albelo, lo abordó el tenor José Bros con gran coraje, buen fraseo, incómodo en momentos por la elevada tesitura. La soprano granadina Mariola Cantarero, como Ángela, mostró su registro agudo sin dificultad, algo falta de brillo, es verdad, pero hermosa y sensible fue su actuación en la romanza del tercer acto Con él mi esperanza va. Descubrimos la bonita voz, bien regulada, de la georgiana  Ketevan Kemoklidze, con buen encaje en los dúos y tercetos dando vida al joven Roberto. Deleitó, en el papel de el pescador Mateo, el tenor barcelonés Carlos Cosías que lució su vis cómica. Por último, el papel de juez correspondió al bajo mexicano Alejandro López, sus breves intervenciones las efectuó con solvencia.

El público recibió la obra con entusiasmo y supo premiar con grandes aplausos a un elenco y dirección que ha hecho un excelente trabajo. Y señala el camino que hay que mantener.

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