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CRÍTICA / Notable "Mesías" holandés en el Auditorio Nacional


Madrid. Auditorio Nacional. 12-XII-2018. Ruby Hughes, soprano. Luciana Mancini, mezzosoprano. Andrew Tortise, tenor. James Newby, barítono. Orquesta del siglo XVIII. Capella Amsterdam.Director: Daniel Reuss. Obras de Haendel

Rafael Ortega Basagoiti

Se recogía ayer en la web de Scherzo la noticia de que este Mesías que ahora comentaré abría un maratón que comprende la interpretación del oratorio handeliano nada menos que media docena de veces en apenas diez días, siendo el penúltimo (viernes 21) en sí mismo un tour de force, en el que la obra se escuchará en versión vespertina y nocturna (22:30), bien que con intérpretes diferentes, claro está. El de ayer, concierto extraordinario en el ciclo de Ibermúsica, era una nueva incursión tras la protagonizada por William Christie y sus huestes hace un par de años, comentada por quien esto firma y sobre la que los lectores habituales recordarán el incidente con el contumaz criminal del teléfono y la dura, irritada y más que comprensible reprimenda de Christie al autor del atentado por haber aniquilado (sus palabras) "uno de los más bellos momentos de la historia de la música" (el móvil irrumpió con crudeza en el pasaje más íntimo de He was despised).

Los protagonistas en esta ocasión eran holandeses: La Orquesta del Siglo XVIII que fundara y dirigiera tantos años ese músico excepcional que era el llorado Frans Brüggen y el coro Capella Amsterdam, dirigido desde 1990 por quien protagonizó ayer el concierto, el también holandés Daniel Reuss. Bienvenida siempre la ocasión de reencontrarse con esta partitura genial, porque uno no se cansa de admirar el talento melódico y dramático del músico de Halle, incluso cuando se vuelve perezoso y decide escribir solo a dos voces (violines al unísono y bajo, con las violas tacet) y no deja de preguntarse cómo es posible volcar tantísima belleza musical en apenas un mes. La edición utilizada de la partitura en el concierto de ayer (de la media docena que hay) fue, hasta donde pude apreciar, bastante acorde con la Bärenreiter de 1965, y con menos cortes que los efectuados por Christie hace un par de años.

Se ofreció la versión abreviada del aria de soprano How beautiful are the feet, y se omitieron los nº 35 y el 35a (arioso de tenor Their sound is gone out y coro del mismo texto). El corte que supo peor, y que debería haberse evitado, fue el de la sección central (For this corruptible must put on) del gran aria de barítono The trumpet shall sound, que además obviamente llevó consigo la omisión del da capo prescrito. Aun entendiendo que la duración del concierto sin cortes excede el habitual patrón, ¿no sería mejor adelantar algo la hora del concierto y respetar el contenido íntegro? En cuanto al resultado artístico, Daniel Reuss es sin duda experto maestro coral, y las veinticuatro voces que componían la Capella Amsterdam mostraron en todo momento maleabilidad y flexibilidad envidiables, siguiendo sus órdenes (no siempre salidas de una gestualidad clara, aunque sí constantemente austera) con prontitud. Reuss cuidó siempre que el tempo no pusiera en peligro la articulación en los pasajes más comprometidos, como His yoke is easy, And he shall purify o For unto us a child is born.

Prefirió una evidente contención de tempo (quizá pagando un pequeño precio en cuanto a menos efusión de júbilo y exaltación, no obstante bien patentes en general) antes que poner en riesgo la claridad (algo que, dicho sea de paso, Christie no siempre consiguió en su momento). En obra donde el papel del coro es tan importante, no es especialmente negativo que el maestro tenga esa inclinación coral. Dicho esto, es cierto que esa chispa de exaltación (el contundente coro Surely, el grandioso He is the King of glory) la hemos apreciado de manera más clara en manos de algún maestro británico (Gardiner, Christophers), y que contrastes como los conseguidos en Since by man came death, un punto corta de ominoso misterio, hubieran podido ser más acusados. Pero tuvo brillo, grandeza y júbilo, sin excesos efectistas, en momentos decisivos como el famoso Aleluya o los dos grandiosos coros finales.

Y su dirección orquestal fue siempre correcta, equilibrada y razonable en cuanto a tempi, fraseo y matices, quizá con la excepción del exceso de stacatto en If God be for us. En conjunto, labor más que notable la del maestro, y prestación estupenda de la pequeña orquesta holandesa (6/5/4/3/1 en la cuerda, más parejas de oboes y fagots, y continuo, dos trompetas y timbales). En cuanto a los solistas, Hughes presentó una voz bonita, razonablemente ágil (despachó con solvencia el complicado Rejoice greatly, salvo algún apurillo en uno de los primeros pasajes de semicorcheas) y con gusto exquisito. Sobresalientes If God be for us y I know that my redeemer liveth. Mancini es más una mezzo que una contralto, de timbre algo nasal y volumen pequeño, como quedó en evidencia en O thou that tellest.

Fue de menos a más y consiguió una sentida y muy bella traducción de su mejor aria, He was despised. Tortise tiene una bonita voz de tenor y canta con impecable dicción y gusto, articulando con claridad (Every valley), aunque también en él se agradecería más volumen. El barítono Newby lo tiene considerable en el registro medio-agudo, menos en el grave, y gestionó con gran solvencia las agilidades temibles del siempre complicado Why do the nations. Lástima que sólo le escuchamos parte de ese aria monumental con trompeta antes mencionado, en que, por cierto, brilló el magnífico trompetista, no especificado en el programa pero que por la plantilla deduzco que era David Staff. En conjunto, una más que notable interpretación de esta música genial, estupendo concierto navideño de Ibermúsica.