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CRÍTICA / No es un espejismo


Madrid. Espacio Ronda. 29-V-2017. L'Apothéose. Obras de Haendel y Telemann.

Eduardo Torrico

Los integrantes de L'Apothéose montaron este concierto, que suponía su debut en Madrid, su ciudad, hace un par de meses, sin imaginar la concatenación de acontecimientos —todos ellos, positivos— de los que iban a ser protagonistas en las semanas siguientes. El joven grupo (nació a finales de 2015) acaparó tres de los cuatro premios (entre ellos, el Primero) a mediados de mayo en la Händel Competition de Gotinga y conquistó, justo un mes después, el Segundo premio en la Internacional Early Music Competition del Valle del Loira (cuyo jurado estaba presidido por William Christie). Semejantes credenciales eran un buen augurio para su presentación madrileña, por mucho que siempre pueda haber escépticos (entre los que me cuento) que recelen de todo tipo de galardones que dependan de la opinión subjetiva de los miembros de un jurado (en música, en literatura, en cine, en teatro, en deportes y hasta en gastronomía).

Bastaron los primeros compases de la haendeliana Sonata en trío op. 2 nº 1 para comprobar que estas han sido unas de esas raras ocasiones en las que los jurados suelen acertar y que los premios cosechados por L'Apothéose no han sido fruto de la casualidad. Haendel y Telemann, por muy populares que nos puedan parecer, no son músicos fáciles de tocar. Hay que tener unos fundamentos técnicos muy robustos para no despeñarse en el recorrido por estas sonatas en trío, algunos de cuyos pasajes (el Largo de la antes mencionada op. 2 nº 1 o el Modéré, último movimiento del Cuarteto de París nº 6 de Telemann) forman parte indiscutible de lo más inspirado de la música barroca. ¡Y no digamos ya nada de la bellísima Passacaille que Haendel utilizó en numerosas ocasiones —Radamisto, por ejemplo— a lo largo de su vida y que L'Apothéose ofreció a modo de apoteósica propina!

A su entusiasmo juvenil, que siempre es un plus esencial, y a la ya mencionada solidez técnica, los cuatro miembros de L'Apothéose (la flautista Laura Quesada, el violinista Víctor Martínez, la violonchelista Carla Sanfélix y el clavecinista Asís Márquez) unen muchas virtudes que no son, pese a que lo parezca, demasiados habituales: energía arrolladora (pero sin molestas estridencias), exquisita finura (pero sin absurdos amaneramientos), desbordante imaginación (pero sin extravagancias) y, por supuesto, compenetración a prueba de bombas. Respecto a los dos instrumentos melódicos, hay que destacar la cristalina emisión de Quesada (sin esos ruidos superfluos al respirar tan frecuentes en muchos flautistas), así como el excelente fraseo de Martínez.

Apunten el nombre del grupo y pierdan su pista: estamos, sin duda, ante una felicísima irrupción dentro del, por fortuna, ubérrimo panorama que en la actualidad presenta la música antigua española.