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CRÍTICA / Nacida para Puccini


Madrid. Teatro Real. 3 y 4-VII-2017. Puccini, Madama Butterfly. Ermonela Jaho-Hui He, Enkelejda Shkosa-Gemma Coma-Alabert, Andrea Caré-Vincenzo Costanzo, Angel Ódena-Luis Cansino. Director musical: Marco Armiliato. Director de escena: Mario Gas.    

 Fernando Fraga

Aunque el repertorio de Ernonela Jaho es bien generoso (Haendel, Mozart, Spontini, Bellini, Rossini, Donizetti, Verdi, Leoncavallo, Massenet, Bizet, Offenbach, Poulenc…), tras su extraordinaria —en el sentido más exacto del término— Suor Angelica del Covent Garden 2011, parece que es con Puccini donde se expande mejor el talento fuera de lo común de esta cantante albanesa. Lo demostró de nuevo en esta reposición de la Madama Butterfly de Mario Gas, siempre con los magníficos complementos de Ezio Frigerio (escenografía) y Franca Squarciapino (vestuario), en un montaje muy trabajado, con un punto de partida original pero no del todo oportuno. Porque Gas ha añadido una dramaturgia cinematográfica (se supone que la ópera se canta durante una filmación) a una obra que de dramaturgia ya tenía bastante en sí sin este añadido innecesario.

No escasean buenas Cio-Cio-San en la actualidad, esas que consiguen la imprescindible vinculación entre cantar bien y actuar mejor (Racette u Opolais, por ejemplo), sin cuyo requisito la heroína pucciniana que domina por completo la obra podría convertir en insoportable o tediosa la representación. Tan especial requisito fue conseguido por Jaho, dominando vocalmente la parte (aunque la voz presente algunos colores no siempre atractivos) y dando a su Cio-Cio San, entre enérgica y frágil, una presencia escénica de total convicción, con su auténtico significado canoro, dramático y escénico. Un profundo dominio del personaje que trasmitió de principio a fin ante un público complemente rendido a su caracterización. 

Aunque Armiliato no la facilitara del todo el cometido, muy atento a la partitura orquestal pero abusando de volúmenes y algo distanciado del escenario, hasta el punto, como ejemplo de ello, que en el coro a bocca chiusa (muy bien interpretado) fueron más audibles los instrumentistas que las voces, por lo que llegó a sonar más bien como un coro a bocca muta (aunque este desequilibrio pudo estar motivado por la esquinada colocación escénica del conjunto coral). Cosa extraña tratándose de un experimentado director de foso. Rozando la insignificancia el Pinkerton de Caré, bonita voz algo estrangulada en los agudos.

Ódena vociferó un bastante tosco Sharpless en el acto I, para acercarse un poco más al personaje y a los deseos puccinianos en los actos sucesivos. Excelente la Suzuki de Shkosa. No fue una sorpresa que el Goro de Francisco Vas resultara convenientemente expuesto. El resto del equipo funcionó sin problemas: Marifé Nogales (Kate); el Bonzo de Fernando Radó (que se turnaba con Scott Wilde) y el Yamadori de Tomeu Babiloni. Como no se evitaron los compases que suelen cortarse en el acto I, algunos de los familiares de Butterfly, que aquí aparecen así como las partes de los funcionarios matrimoniales, fueron cubiertas favorablemente por miembros del coro titular del teatro.

En el segundo equipo, Hui He basó toda su entrega a partir de una voz central ancha, rica y poderosa (al contrario que la Jaho, no dio el agudo alterativo del Ancora un passo or via), proclive a cantar más que a interpretar, por lo que resultaron muy interesantes los momentos de mayor desarrollo melódico que las simples y escuetas frases con las que cuenta la japonesa. Siempre una Cio-Cio-San descrita a través de un temperamento más lírico que dramático. En consecuencia convenció mejor, entre extremos, en Un bel di vedremo que en Che tua madre. Fue, en suma, una notable y generosa Cio-Cio-San.

Coma-Alabert sacó un buen provecho a la parte de Suzuki, tanto en el plano vocal como en el interpretativo. Cansino creció a Sharples en el acto II, atinando a darle su precisa personalidad, con un momento particularmente bien expresado: el de la lectura de la carta.

En esta Butterfly no hubo suerte con los tenores (Jorge de León, presente en algunas funciones, estaría seguramente a la altura de las exigencias), porque Costanzo no logró "colocar" la voz en el acto I con el penoso resultado de que todas sus ascensiones a un agudo hueco y destimbrado fueron tormentosas para el oyente y seguramente también para él.  En el dúo se lo "comió" literalmente la soprano, dando la sensación de que He lo hacía a sabiendas. Curiosamente, compensando un poco, su fraseo fue variado y con advertible atención al detalle. En el acto III estuvo un poco mejor porque probablemente ya había colocado o calentado la voz. Eso sí, fue un guapo Pinkerton y de muy buena figura. En esta función, Armiliato siguió abusando de volumen pero, por otro lado, resultó más evidente el buen trabajo realizado con una orquesta siempre a la altura de las demandas puccinianas.