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CRÍTICA / MURCIA / Clarinetista excelso, por José Antonio Cantón


Murcia. Auditorio Víctor Villegas. 16-II-2019. Orquesta Sinfónica de la Región de Murcia (ÖSRM). José Franch-Ballester, clarinete. Directora: Virginia Martínez. Obras de  Bernstein, Corigliano y Gershwin.

José Antonio Cantón

Con el Concierto para clarinete del norteamericano John Corigliano se iniciaba el sexto concierto de abono de la presente temporada de la ÖSRM, obra que propiciaba poder contar con el clarinetista valenciano José Franch-Ballester, uno de los grandes virtuosos en este instrumento de la última generación que ha dado España. Dada su fama, concitó a gran cantidad de estudiantes de clarinete, deseosos de escucharle en una de las obras más singulares escritas en este formato concertante, en la que se exploran todas las posibilidades técnicas y expresivas de este instrumento que ha pasado a la historia como uno de los favoritos de Mozart. Desde el solo con el que se abre el primer movimiento titulado "Cadencias", se pudo percibir la extrema agilidad expresiva de este músico creando una vibración que parecía surgir del centro de ecualización acústica del auditorio, llenando con su sonido todo su ámbito. Se empezó a focalizar al solista cuando surgieron los distintos instrumentos de la orquesta, especialmente la madera y los asordinados vientos. La sensación que se producía en el oyente era de una cósmica etereidad musical de mágico efecto y absoluta fascinación. Las tres partes que integran este tiempo fueron sentidas y pensadas con elocuente claridad tanto por el solista como por Virginia Martínez, que supo embridar a la orquesta hasta en el más mínimo detalle.

Una poética tristeza parecía surgir del canto del clarinete en la "Elegía", segundo movimiento, que el autor dedicó a la memoria de su padre fallecido dos años antes de su composición. Franch-Ballester hizo toda una exhibición de técnica de soplado y embocadura, logrando unos matices realmente sobrecogedores de equilibrio dinámico que, en algunos momentos, llegaban a desnaturalizar el timbre del instrumento en pos de alcanzar una mayor carga dramática, sobrepasando la imaginación del oyente en cuanto a las posibilidades expresivas del instrumento. La orquesta se mostraba espléndida en esos pasajes en los que Corigliano parece aludir a la lírica sinfónica de Shostakovich, acentuada por la intervención del concertino que dialogaba con el solista produciéndose sugestivas mixturas tímbricas. La directora, con sereno y a la vez preciso pulso, cuidó mucho este precioso momento convirtiendo la sección de cuerda en una especie de acojinado espacio sonoro, emitido con enorme musicalidad, que sustentaba al solista.

El efecto de contrastado eco fue muy cuidado por Virginia Martínez en la Toccata Antifonal, página magistralmente escrita como ejemplo de contracanto, con el que la ÖSRM pudo dar la dimensión del estado de gracia por el que está pasando. Franch-Ballester, con su desbordante y a la vez controlado excelso virtuosismo servía de guía y estímulo para lograr una interpretación realmente soberbia, de esas que se recordarán como singulares en la historia de esta orquesta, cuya percusión y metales rayaron la perfección. A su conclusión, el estallido del público fue inmenso con una ovación atronante. Para relajar tensiones Franch-Ballester se hizo acompañar por un reducido número de músicos de la orquesta en una versión para instrumentos de madera de una famosa cumbia titulada Navidad Negra, escrita por el compositor colombiano José Benito Barros que metió el ritmo en el cuerpo de los espectadores, llevándolos a un relajado contento. Con ella, este clarinetista ofreció una muestra de su asombroso dominio de la improvisación, que recordaba las excelencias del mítico Benny Goodman.

Para completar la noche americana, fue la música de Bernstein, Divertimento, y de Gershwin, Un americano en París, la elegida por Virginia Martínez. Con estas obras el color orquestal estaba servido. Así, en cada uno de los ocho pasajes de la primera dirigió con variada determinación, buscando siempre el sentido danzante de cada uno de ellos y su particular ritmo. Desplegó toda la dinámica imaginable en la fanfarria inicial, dirigió con graciosa sensualidad el vals para hacer seguidamente que la madera brillara en la mazurca. Supo indicar la gracia que contienen la samba que le sucede y el episodio titulado Turkey trot, acentuando en éste su cadencioso trote que hizo que el oyente se identificara vitalmente con sus síncopas. De las tres últimas páginas destacó cómo la directora condujo la titulada Blues, marcando sus cambios métricos con esa naturalidad de aparente improvisación que pide su suave y diluido ritmo y construyó con exultante expresividad la marcha y final que Bernstein compuso para conmemorar el centenario de su  querida y admirada Boston Symphony Orchestra, dedicataria de este esencial divertimento en cuanto variado ejemplo de la propia voz de este genial y vitalista músico integral.

Cierta magia escénica se apareció y mantuvo a lo largo de la interpretación de Un americano en Paris, que Virginia Martínez condujo con cierta displicencia formal que hacía imaginar el, para un americano, ajeno bullicio parisiense. La orquesta echó el resto, de manera significativa la amplia batería de instrumentos de percusión brillando sobremanera, catapultando las transformaciones temáticas que se suceden en este particular poema sinfónico. El público gozó con esta interpretación, dado su intenso y cerrado aplauso, confirmándose una vez más el crecimiento artístico de esta formación que está llamada y obligada a que se le conozca mucho más fuera de su región.