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CRÍTICA / Mucho entusiasmo y algo de ópera


León. Auditorio Ciudad de León. 9- XI-2018. Díaz-Jérez, La casa imaginaria. Belén Roig, María Rodríguez, Albert Montserrat, Aurelio Puente, Gonzalo de Paz, Antonio Ramos. Orquesta de Cámara CSKG. Director musical: Borja Quintas. Dirección de escena: Ramón Criado.

José Miguel González Hernando

Se anunció La casa imaginaria como el estreno mundial de una ópera, en el Auditorio de León, ciudad de escasa tradición operística, por no decir que nula. En rigor, no se trata de una ópera sino más bien de una ópera de cámara en un solo acto. Sobre el escenario, cuatro cantantes con mucho peso del texto declamado y un niño actor, todos ellos amplificados, y una parca escenografía basada en varios elementos exentos y estáticos y un ciclorama; en el foso, la Orquesta de Cámara del Centro Superior Katarina Gurska. En ellos recae la responsabilidad de trasladar al espectador la compleja composición musical de Díaz-Jerez y una dramaturgia que trata muchos y diversos asuntos.

Se parte del libro homónimo de Pilar Mateos (Valladolid, 1942) que publicó el Fondo de Cultura Económica en 1994, en su colección infantil "A la orilla del viento". La autora se dio a conocer como novelista de literatura infantil y juvenil en 1982 por Jeruso quiere ser gente (Premio El Barco de Vapor), titulo con el que comparte la fascinación por el arte y su capacidad de cambiar el mundo, las personas marginales, la mirada inocente y transformadora de los niños y un gusto por los saltos temporales dentro de la narración. Cuando Mateos afronta el libreto de La casa imaginaria retoca sustancialmente el original para adaptarlo a la dramaturgia: los personajes se recortan, se mudan sus relaciones personales, el argumento se modifica y nuevos intereses aparecen, por lo que se podría decir que es una libre adaptación de su propia obra, destinada asimismo a un público adulto, y no familiar, como podría presuponerse de su origen literario. 

"La casa imaginaria" es un recurso que la autora emplea como representación de la libertad personal y de la libertad creativa, valores por lo que luchan los personajes de la ópera, incluso más allá de la propia muerte, como le ocurre a Valentina. Este planteamiento genera problemas tanto al lector del relato original como al espectador de la función que acude por primera vez a ese hogar o estado ideales. Son tantos los temas que se quieren contar que atropelladamente se concatenan uno tras otro, sin una causalidad ni efectiva finalidad. No se entienden, a lo largo de la trama, los diversos conflictos de los personajes (Bruno, el pintor que aspira a captar la luz y el momento; su compañera sumisa, Claudia, que no deja de alentarle), sus contradicciones existenciales (ser artista o ceder frente al dinero), la crítica al sistema capitalista (el banquero o empresario que primero desprecia la pintura porque no la entiende y más tarde cambiaría su vida por la del artista), la amistad que transciende la muerte (encarnada en el personaje de Valentina), los sueños que se cumplen (en este caso por azar y que llevan a Bruno, el pintor, a lograr el primer premio de una bienal y posteriormente les permitirá tener un ansiado hijo). En fin, demasiados temas, argumentales y de trasfondo, que desconciertan al espectador.

Mucho más atractiva resultó la música, tanto compositiva como interpretativamente. Gustavo Díaz-Jerez (Tenerife, 1970), cuyos méritos como pianista son indudables, está labrándose una reputada carrera como compositor en donde la computación, la tímbrica y la tradición son sus mejores bazas. Define su estilo como espectralismo algorítmico, por lo que ya adivinamos referencias a Haas o Saariaho, y en donde las reglas matemáticas impuestas desde del teclado (de un ordenador en este caso) crean la estructura musical.

Afortunadamente el hombre, o el intérprete, no está abocado a ser dominado por la máquina sino al revés: la computación respeta al hombre (sus tiempos, su respiración, sus propias posibilidades), resultando una música rica de matices, tensiones y expresividad. Para Díaz-Jerez, La casa imaginaria, ha sido su primera ópera, si bien antes ya había compuesto para voz y pequeños conjuntos instrumentales. Los cantantes no tuvieron un papel fácil al carecer de una mínima dirección escénica. Albert Montserrat dotó de cierta credibilidad a su personaje pero en general resultaban todos en ellos forzados y poco naturales, tanto en sus partes cantadas como en las declamadas, que había, y muchas. Excelente la labor desarrollada por Borja Quintas en la dirección musical, que supo alentar a los aproximadamente cuarenta alumnos de la magnífica Orquesta de Cámara Katarina Gurska, cuya excelencia musical fue puesta a prueba y que salieron más que airosos del estreno.

Debe citarse a tres creadores que han trabajado en la escenografía y vestuario de esta producción, si bien parece que cada uno ha librado su particular batalla sin lograr un resultado unitario y enriquecedor: Basilio San Juan, autor de las pinturas que reflejan el mundo de los protagonistas y que son proyectadas sobre el ciclorama del fondo; Javier de Benito, escultor y responsable del árbol de forja de la primera mitad de la obra; y Eulalia Mateos, diseñadora cuyo vestuario sí que consigue trasladar a los personajes del mundo real al imaginario. Cada de ellos es un gran profesional dentro de su campo, pero ello no es suficiente para dotar a la función de una verdadera escenografía, lo cual, unido a una muy limitada dirección de los cantantes, hace de la escena un espacio insulso, inconexo y frío.

Surge la iniciativa por el impulso de Ramón Criado Mateos, tenor y responsable de Arteypeople, quien asume la dirección artística y ejecutiva del proyecto. Para ello, ha sumado los esfuerzos del Ayuntamiento de León, la empresa Transleyca y la Fundación Eutherpe, a cuyo frente se sitúa la incombustible Margarita Morais, factótum de buena parte de la vida musical de capital leonesa.

La obra duró noventa minutos, incluyendo un innecesario parón de casi diez minutos en el que se echó el telón para realizar el cambio de escenario.

Tras la función del estreno, hubo un momento de auto-homenaje, con presentadora incluida, en el que salieron todos los implicados y que culminó con la ovación a Margarita Morais, quien había sido reconocida el día anterior por el Diario de León con el Premio a los Valores Humanos y definida en aquel acto como "la mayor entusiasta musical del mundo".

Ciertamente La casa imaginaria es un proyecto ambicioso, loable, lleno de grandes propósitos y esfuerzos colaborativos, y más aún, de muchas dosis de entusiasmo, pero que desafortunadamente dista mucho de ser defendido como ópera.