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CRÍTICA / Monteverdi y Alessandrini: binomio de excelencia


Madrid. Auditorio Nacional. 17-X-2017. Concerto Italiano. Director: Rinaldo Alessandrini. Madrigales de Monteverdi.

Eduardo Torrico

No se entiende Rinaldo Alessandrini sin Claudio Monteverdi. Y casi me atrevería a decir que no se entiende Claudio Monteverdi sin Rinaldo Alessandrini. O, cuando menos, no podríamos amar la música del genio cremonés como la amamos si no hubiera existido un director como Alessandrini. Forman un binomio indisociable que, con el correr del tiempo, aumenta su excelencia, como se comprobó en la sala de cámara del Auditorio Nacional durante el segundo concierto del ciclo que esta temporada el CNDM le dedica a Monteverdi con motivo del 450º aniversario de su nacimiento.

No fue, que quede claro, un concierto perfecto. Hubo ciertos detalles que lo impidieron. Para empezar, la selección de las obras que componían el programa inducía a una cierta sensación de monotonía. Alessandrini lo dividió en dos partes simétricas, con un madrigal, en estricto orden cronológico, perteneciente a cada uno de los ocho primeros libros (el Noveno, ya saben, fue editado póstumamente por Alessandro Vincenti y, en realidad, se trata de una compilación de obras en diversos estilos y de distintas periodos). La monotonía venía dada porque el contenido literario (debido a excelsos poetas como Guarini, Tasso, Petrarca, Rinucci, Marino y Gottifredi, además de agún texto anónimo) giraba en torno al mismo asunto: las tribulaciones causadas por el desamor o por la lejanía. Pero ese recorrido cronológico sirvió para que el público comprendiera la evolución que experimentó el Monteverdi madrigalista a lo largo de su vida y, sobre todo, para que advirtiera la transición de la prima pratica a la seconda pratica.

Por otro lado, aunque venían de hacer este mismo programa dos días antes en el Festival Purtimiro de Lugo (la Lugo italiana, no la gallega) y a pesar de la incuestionable solvencia interpretativa de los seis cantantes (las sopranos Anna Simboli y Monica Piccinini; los tenores Raffaele Giordani y Andrés Montilla, y el bajo Matteo Bellotto) y de la sabia dirección de Alessandrini, dio en algunos momentos la sensación de que había margen de mejora. Con algún ensayo más, a buen seguro el resultado habría sido aún más brillante.

Tampoco ayudó mucho los problemas sufridos por Piccinini, que estuvo a punto de cancelar por una afección en las cuerdas vocales. La profesionalidad, la experiencia y, sobre todo, la técnica de esta soprano hicieron posible que sorteara el escollo (muchos los profesores de canto advierten a sus alumnos de que en el futuro, cuando se topen con este tipo de problemas físicos, lo único que les ayudará a resolverlos o, al menos, a paliarlos será la técnica que hayan podido adquirir; Piccinini lo evidenció aquí con creces).

Por último, la labor de Simboli en la obra más eximia del programa, el Lamento de la ninfa (Libro octavo) se me antojó un tanto apresurada y, tal vez, desapasionada. Pero, en fin, es una cuestión de gusto personal. Como de gusto personal fue la decisión de Alessandrini de hacer todos y cada uno de los madrigales con acompañamiento instrumental (dos tiorbas —las de Ugo di Giovanni y Craig Marchitelli— o, en algún momento, clave —el del propio Alessadrini—). No hace falta recordar que Monteverdi no empezó a incluir instrumentos hasta los últimos madrigales del Quinto libro. Pero, más allá de la discusión musicológica que esta decisión pueda suscitar, el resultado fue satisfactorio, aunque tampoco habría estado de más que algún madrigal hubiera sido interpretado a cappella. Curiosidad: Alessandrini situó a los dos tiorbistas mirando hacia los cantantes y de espaldas al público.

Pero, en fin, nada de esto puede empañar una magnífica velada madrigalística, que corrobora una vez la sublimidad del binomio Monteverdi-Alessandri y que, en cierta forma, deja en evidencia a esos grupos del centro o del norte de Europa que se empeñan en cantar Monteverdi sin haber sido capaces todavía de captar su verdadera esencia.