Ud. está aquíInicio / CRÍTICA: Monteverdi íntimo, pero profundo y luminoso

CRÍTICA: Monteverdi íntimo, pero profundo y luminoso


Madrid. Iglesia de San Jerónimo el Real. 2-III-2017. Monteverdi, Vespro della Beata Vergine. Collegium Musicum Madrid. Director: Manuel Minguillón. Director invitado: Javier Ulises Illán.

Eduardo Torrico

No todos los días se producen tres estrenos en un mismo acto musical. Anoche concurrieron la apertura del XXVII de Arte Sacro de la Comunidad de Madrid, el debut del Collegium Musicum Madrid y la interpretación por primera vez en tiempos modernos de las Vespro della Beata Vergine, pero no en la versión que todos conocemos, sino en la romana que el propio Claudio Monteverdi preparó expresamente para el papa Pablo V. Y los resultados de esta conjuncción de factores fue, digámoslo sin ambages, espectaculares.

Las Vespro aparecieron publicadas en Venecia en julio de 1610, cuando el compositor todavía estaba al servicio de los Gonzaga en la corte ducal de Mantua. No se sabe a ciencia cierta dónde se estrenaron. Lo que sí se sabe es que, deseoso como estaba de trabajar en Roma o de conseguir una plaza en la capilla de la Basílica de San Marcos (algo que lograría tres años más tarde), quiso ganarse el favor de Pablo V con un regalo especial: una edición especial de las Vespro.

En las capillas papales de Roma estaba prohibido el empleo de instrumentos. Ni siquiera del órgano. Sin embargo, en la Capilla Giulia de San Pedro se hacía la vista gorda y ocasionalmente se permitía el uso no solo del órgano, sino de instrumentos de continuo. El caso es que las Vespro, en este arreglo hecho por Monteverdi para Pablo V, sonaron en la Capilla Giulia el 15 de agosto de 1610, con un orgánico que bien pudo haber sido el mismo al que han recurrido Minguillón e Illán ahora: dos tiorbas, arpa, violonchelo, contrabajo y órgano.

Prescindir de los demás instrumentos, especialmente de los vientos, le resta, a qué negarlo, espectacularidad a las Vespro, pero le dota de otros atractivos que nunca antes habíamos podido apreciar. Lo que se pierde en ese fuego pirotécnico de cornetas y de sacabuches, se gana en transparencia sonora, al tiempo que facilita la peliaguda tarea que le está encomendada al coro. Es un Monteverdi más íntimo, pero igual de profundo y luminoso.

La tarea de los instrumentistas, con el propio Minguillón tañendo una de las tiorbas, fue formidable. A pesar del gran tamaño de Los Jerónimos, las cuerdas (las pulsadas y las frotadas) llegaron con con potencia y nitidez hasta el último rincón del abarrotado templo (mucha gente tuvo que seguir las casi dos horas de concierto de pie, ya que los asientos estaban todos ocupados). Muy meritoria, asimismo, fue la labor del organista, el portugués Miguel Jalôto. Y por dos motivos bien distintos: el primero, porque en las Vespro el organista toca todas y cada una de las notas (y aquí, además, hubo, a modo de cesura, varias piezas instrumentales de Frescobaldi y Gabrieli); el segundo, porque solo unas horas antes había fallecido, de manera repentina, su padre. Jalôto, en un gesto de profesionalidad que le honra, aguantó al pie del cañón intentando olvidar el dolor que le embargaba.

En cuanto al coro, tal vez dos voces por parte (salvo en el caso de los tenores, que eran cuatro) se quedan algo cortas para esta inmensa obra. Habría venido bien la inclusión de algún barítono, por ejemplo. Pero la situación financiera de nuestra cultura es la que es y no hay que darle más vueltas. Estaba formado por cantantes jóvenes en su mayoría y todos españoles (salvo en el caso de Ariel Hernández y de Bart Vandewege, aunque ambos llevan ya muchos años residiendo entre nosotros). Rindió a un nivel altísimo. Las dos sopranos (Delia Agúndez e Ítaca Vicente) tuvieron un toro difícil de lidiar —especialmente al final, con el sobrecogedor Magnificat, al que siguió la no menos espeluznante Salve Regina—, pero superaron con nota el éxamen (yo habría preferido, eso sí, algo más de diversidad en el timbre, bello en el caso de ambas, que quede claro, pero bastante parecido). Muy eficaces resultaron los efectos en eco, principalmente en Duo seraphim, cuando los tenores Ariel Hernández y Diego Blázquez se situaron arriba en el coro junto a las dos tiorbas mientras Víctor Sordo daba réplica desde el altar.

También hay destacar elogiosamente la labor de los dos directores. La de Minguillón, titular del Collegium Musicum Madrid, en todo el trabajo previo de preparación, que ha sido mucho; la de Illán, con la batuta, que también requiere un trabajo ímprobo; la de ambos conjunta, en los ensayos… Illán condujo a voces e instrumentos con inusitada energía. Sus gestos fueron siempre precisos e incisivos. No es algo habitual en la música antigua —y menos, en la que se hace en España— la figura de un director especializado, pero viendo los resultados de estas Vísperas sería muy deseable que empezara a haberlos.