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CRÍTICA / Mitos encarnados en la Quincena


San Sebastián. Museo de San Telmo. 23-VIII-2018. Clara Mouriz, mezzosoprano. Joseph Middleton, piano. Obras de Purcell/Britten, Schubert, Haydn, Ravel, Debussy y Montsalvage.

Ana García Urcola

La Quincena Musical Donostiarra ha adoptado para esta edición el lema o subtítulo de "Mito y tradición" haciendo referencia a la exposición con obras del Museo del Prado que se exhibe en estos días en el Museo de San Telmo de San Sebastián y para poner de relieve la especial colaboración que une a ambas instituciones. Es precisamente esta temática la que estructuraba el recital que la mezzosoprano donostiarra Clara Mouriz [en la foto], acompañada por el pianista inglés Joseph Middleton, ofreció en el claustro de dicho museo. Lo primero que hay que elogiar en esta intérprete es su valentía al escoger el programa. Teniendo en cuenta que cantaba 'en su terreno', en su ciudad, hubiera podido caer tranquilamente en la tentación de hacer un concierto para agradar con facilidad, pero, muy al contrario, optó por el camino más exigente para ella y para los oyentes.

Comenzó con dos arreglos de sendas canciones de Purcell por Benjamin Britten en las que su interpretación se adaptó perfectamente a la idea del segundo de mantener el carácter barroco mediante un estupendo control de la respiración en lo técnico y de las articulaciones en lo musical. Las tres Canciones sobre textos de Metastasio no son lo más agradecido de la producción liederística de Schubert, probablemente porque ni el idioma ni el tema le eran demasiado afines, y por tanto no resultaban tan adecuados para su expresividad tan intimista. Sin embargo, Mouriz supo transmitir precisamente lo más íntimo que contienen estas obras mediante una expresión contenida y emocionada a un tiempo, en lo que fue estupendamente seguida por Middleton. Cerró la primera parte con Arianna a Naxos, cantata de Haydn, que siendo clásica tanto en tema como en forma y escritura, contiene ya un germen de romanticismo en esos pasos casi repentinos de la alegría al dolor, de la felicidad a la tragedia.

En ese complicado equilibrio supo navegar perfectamente la mezzo, gracias a una sólida técnica del fiato y al conocimiento del estilo. En la segunda parte nos brindó una maravillosa versión de la exigentísima Shérézade de Ravel, que toma tres poemas de Tristan Klingsor imbuidos de una atmósfera orientalizante y casi feérica. Mouriz ha comprendido perfectamente hasta qué punto es necesaria la rigurosa atención a la inflexión idiomática en la mélodie francesa para alcanzar la correcta expresión musical. Middleton, por su parte, puso de relieve esa especial conexión que él y tantos otros compatriotas suyos tienen con la música impresionista francesa en su estupendo trabajo en la versión para piano del propio Ravel del original para orquesta.

Esta fue la tónica también en las Chansons de Bilitis, en las que Debussy anuncia ya claramente su Pelléas. Ambos intérpretes nos hicieron llegar esa combinación de elegancia y sensualidad, sugerida por los poemas de Pierre Louÿs y plasmada de manera tan medida y eficaz por Debussy. El broche de oro del recital fueron las conocidas Canciones negras de Montsalvage, prueba de fuego para cualquier cantante española porque abundan las referencias de las más grandes. Clara Mouriz consiguió hacerlas suyas, ser fiel a la partitura e imprimirles a la vez su sello personal en una versión que arrebató al público. Subrayar por último la irreprochable dicción esta auténtica mezzosoprano en los cinco idiomas en que cantó, incluyendo como despedida una de las bellísimas Canciones portuguesas de Ernesto Halffter.