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CRÍTICA / MiTo Settembre: la gran fiesta musical de Milán y Turín


Festival MiTo Settembre. Milán y Turín (Italia). 3-IX-2017 al 21-IX-2017 

Víctor Sánchez Sánchez

Turín se llena de música en el mes de septiembre, saludando el inicio de la temporada de la capital piamontesa. El Festival se organiza conjuntamente con sus vecinos milaneses, donde se repiten casi todos los conciertos programados. De ahí un nombre (MiTo = Milano - Torino) que hermana dos de las principales ciudades musicales de Italia. Con más de un centenar de conciertos en dos semanas ofrece un repertorio inabarcable, incluso para el más melómano de los aficionados. Este año el festival llevaba el título genérico de "Natura", implicando a todos los músicos en una reflexión sobre la música y el mundo natural. Idea no forzada que aparece en todas las programaciones y que además se explica al inicio de cada concierto, con didácticos comentarios del filósofo Stefano Catucci.

Se trata de un festival popular que busca todos los rincones de la ciudad, con conciertos gratuitos y los principales a precios muy económicos. Algunos espacios ofrecen interesantes relaciones como un concierto en el Duomo desde el órgano que está frente a la capilla de la Síndone o el violín de Salvatore Accardo en el futurista edificio del Polo Industrial de Pirelli. Pero el sentido popular donde mejor se expresó fue en el día de los coros que culminó con el MiTo Open Singing, una multitudinaria "quedada" coral en la Plaza de San Carlo, abierta a todo el que quisiese cantar. Pese a la lluvia reunió a 4000 personas dispuestas a cantar juntas, bajo la animosa dirección de Michael Gohl. Toda la plaza se convirtió en un escenario donde todo el mundo estaba incluido, disfrutando con los cánones de Che gusto de Caldara, Hey Jude o el siempre emotivo Va pensiero.

En la austera iglesia evangelista del Templo Valdese pudimos asistir a un concierto de madrigales espirituales de Monteverdi, magistralmente cantados por los solistas de Nova Ars Cantandi, veterano grupo de referencia fundado hace casi treinta años y dirigido aún por Giovanni Accini. Una cuidada lectura de enorme virtusisimo, amplificada por la intensidad emocional del espacio, donde pocos días después el tenor Ian Bostridge ofreció una intimista interpretación del ciclo schubertiano Die schöne Müllerin. Más multitudinario y abierto fue el ambiente de la barroca Iglesia de San Filippo Neri, muy adecuado a la interpretación con instrumentos antiguos. Destacamos dos interesantes recuperaciones: el oratorio Il diluvio (1682) del desconocido músico siciliano Michelangelo Falvetti, con La Cappella Mediterranea dirigida por el argentino Leonardo García Alarcón, y el elegante aunque algo frío Los israelitas en el desierto de C. P. E. Bach, con las formaciones de la Accademia del Santo Spirito, bajo la sabia batuta de Ottavio Dantone.

Uno de los centros de la vida musical turinesa es el auditorio del Conservatorio, donde Federico M. Sardelli y su grupo Modo Antiquo nos ofreció un concierto lleno de momentos mágicos con música de Vivaldi. Se nos recuerda así la vinculación de Turín con el legado vivaldiano, conservado en la Biblioteca Nacional Universitaria de la ciudad, tal como nos ha contado en su novela El caso Vivaldi el propio Sardelli, excelente escritor que en esta ocasión nos mostró su gran capacidad como flautista y su conocimiento de las partituras del prolífico músico veneciano. 

Entre los numerosos solistas y grupos de cámara figuraban algunos españoles como el joven pianista sevillano Juan Pérez Floristán, que ofreció un concierto muy buen construido sobre las relaciones entre música y otras artes con obras de Liszt, Debussy y una profunda lectura de Cuadros de una exposición de Musorgski, en la que demostró su prometedora madurez. Pero sin duda la gran sorpresa fue la pianista china Zee Zee, llamada a seguir la estela de sus afamados compatriotas, que organizó un programa en torno a la naturaleza sonora del agua con obras de Ravel, Tan Dun y Liszt. La naturalidad de su toque, la belleza de su sonido y su sensibilidad musical en obras de tan complejo virtuosismo nos ofrecieron momentos inolvidables, como unos cristalinos y refrescantes Jeux d’eau de Ravel. El concierto se realizó en paralelo al congreso interdisciplinar titulado Reflets dans l’eau organizado por la Universidad de Turín, donde se presentó el libro Musica sull’acqua en el que el profesor Alberto Rizzuti analiza las sinestesias musicales desde Haendel a Stravinski, imágenes sonoras del río, mares en tempestad o fuentes mágicas.

Dentro de esta variedad sonora las orquestas también tuvieron su cabida en el festival MiTo. Desfilaron las grandes formaciones del país demostrando que Italia es también un país sinfónico no solo operístico. La Orquesta de la RAI, en su sede del Auditorium turinés, nos ofreció una electrizante versión de La consagración de la primavera bajo la batuta de Semion Bychkov. En el Teatro Regio, la Nacional de Santa Cecilia presentó a su nuevo principal director invitado, el finlandés Mikko Frank, con una hermosa interpretación de Finlandia de Sibelius y un concierto para violonchelo de Rautavaara, construido sobre el bello sonido de Truls Mork. Otras orquestas locales nos mostraron su excelente calidad como la Orquesta i Pommeriggi Musicali, con un delicado programa de música francesa, y la Sinfónica de Milán que ofreció un programa dedicado a España con la presentación en Italia del Concierto para violín "Al Andalus" de Mohammed Fairouz, dirigido por Andrés Salado.

El Festival se cerró con un excepcional concierto de la Orquesta Filarmónica de la Scala bajo la batuta de Riccardo Chailly. Un programa bajo el título de Luces que resumía muy bien los dos sentidos del Festival: la exploración del repertorio y el disfrute de los grandes clásicos. Lo primero con una limpia versión de Lontano de Ligeti y una profunda lectura del difícil concierto para viola de Bartok en las manos de un vibrante Julian Rachlin; lo segundo en el entusiasmo del público ante las Fuentes y Pinos de Roma de Respighi, que mostraron la luminosidad de la formación. Como propina una arrebatadora obertura de La forza del destino, el fragmento más sinfónico de Verdi que refleja acertadamente que Italia es mucho más que ópera. MiTo en su inabarcable variedad lo refleja.