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CRÍTICA / In memoriam Alberto Zedda


Pesaro. Teatro Rossini. Adriatic Arena. Auditorium Pedrotti. 19/21-VIII-2017. XXXVIII Rossini Opera Festival. Rossini, Le Siège de Corinthe, La Pietra del ParagoneTorvaldo e Dorliska. Conciertos de Ildar Abdrazakov y Margarita Gritskova.

Rafael Banús Irusta

Había una enorme expectación por la primera presencia en el Festival Rossini de Pesaro de La Fura dels Baus, bien conocida por sus montajes muy rompedores y espectaculares también en el mundo de la lírica. Traer aquí al grupo teatral catalán había sido un proyecto acariciado con mucho cariño por el recordado Alberto Zedda, a quien muy merecidamente se ha dedicado esta edición número XXXVIII y cuyas cenizas reposan para siempre junto a su amado músico en el conservatorio de esta encantadora ciudad adriática. La principal producción de este año, Le Siège de Corinthe (más conocida por su traducción italiana, L'Assedio di Corinto) es una auéntica tragedia lírica que narra los últimos días del aguerrido pueblo griego en su numantina defensa ante la invasión turca que cerca inexorablemente su patria. Añadiéndose además a todo ello el hecho de que la protagonista se haya enamorado, previamente, eso sí, del invasor.

Estrenada en la Ópera de París con éxito clamososo y con algunos de los mejores cantantes de la época, se trata del primer trabajo destinado por su autor a la capital francesa, justo después de la encantadora cantata para celebrar el efímero reinado de Carlos X, Il Viaggio a Reims. Gran parte de la partitura provenía del Maometto Secondo, creada en 1820, una de las más modernas y experimentales piezas de su periodo napolitano, a la que quiso dar una nueva oportunidad. Como también hizo con el Moïse et Pharaon a partir del Mosè in Egitto (aunque en este caso jugaba sobre seguro), antes de acometer la monumental y grandiosa Guillermo Tell con la que culminaría su producción. Aunque, curiosamente, fue mejor acogida por la crítica que por un público algo desconcertado.

La compañía española ha presentado un espectáculo totalmente "furero", en el que apreciamos muchos de los elementos ya consustanciales a ella, como esos personajes envueltos en monos de trabajo que sugieren desde esqueletos hasta carne y pieles humanas. Vemos también las famosas "lecheras" iluminadas, que tanto juego dieron a la Condenación de Fausto salzburguesa y que sin duda supuso su consagración internacional, algo que siempre habrá que agradecer a Gerard Mortier, reconvertidas en grandes bidones. Y es que la idea que aquí subyace —como los residuos tóxicos en el reciente Holandés madrileño— es la guerra por el agua, algo que sin duda vamos a padecer muy seriamente en los próximos años.

En cualquier caso, la propuesta no ha sido muy "invasiva". Y ha dejado que sonara en todo su esplendor la música de Rossini, que en este trabajo alcanza casi siempre unas cotas muy altas de inpiración, con esos coros patrióticos que anuncian ya al Nabucco verdiano. Y que fue expuesta con mano magistral por Roberto Abbado al frente de la Orchestra Nazionale della RAI (que ha sustituido muy dignamente al anterior conjunto titular, el del Comunale de Bolonia), ya desde la estupenda obertura, en la que se sobreleían en un telón frases de Lord Byron sobre el sufrimiento del pueblo heleno (no olvidemos que el poeta inglés murió defendiéndolo a lo romántico en la batalla de Missolonghi, a los 36 años) y en la que hasta el obligado ballet, lógicamente de marcado tono orientalista, es de calidad. Se presentaba, además, la primera edición completa y revisada, que añade unos treinta minutos más a la composición, contribuyendo así a resaltar su grandeza.

Espléndida también la contribución de la verdadera "masa" coral procedente de la cercana localidad de Ascoli Piceno, y de todo el elenco, encabezado por la soprano rusa Nino Machaidze (que, curiosamente, tanto recordaba vocalmente a Beverly Sills, defensora acérrima de esta obra, que cantó en La Scala y en el Met en los años 60 y 70 del pasado siglo). Magnífico también, en canto y presencia, el bajo-barítono de origen venezolano Luca Pisaroni (Mahomet II, papel que anteriormente hizo suyo Samuel Ramey), así como los dos tenores, el norteamericano John Irvin como el riguroso padre de la protagonista, Cléomène, que la llevará a la inmolación, y el ruso Sergey Romanovsky en su amado Néoclès, de inclemente tesitura. El bajo Carlo Cigni se lució en su arenga como el líder Hiéros, y Cecilia Molinari pudo destacar en su aria como Ismène más que el español Xavier Anduaga. Antes de la función hubo un emocionado recuerdo para Barcelona, tan castigada en estos días como la propia Corinto.

Lujosas reposiciones

Las otras dos producciones del ROF han sido reposiciones de montajes ya conocidos, pero tratadas con categoría de estrenos, en especial la segunda de ellas. La Pietra del Paragone es una sofisticada comedia de corte goldoniano y pensada para La Scala de Milán, donde fue creada el 26 de noviembre de 1812, en la que el protagonista prueba la verdadera fidelidad de sus amigos en los momentos más comprometidos (de ahí el título de la obra, esa "piedra de toque" o "piedra angular" a la que hace referencia), y en ella apreciamos ya ese sentido para los personajes que dará lugar al magistral Barbiere di Siviglia unos años posterior, y de la que esta deliciosa pieza puede considerarse en muchos aspectos un claro precedente. Pier Luigi Pizzi, con su proverbial elegancia y buen gusto, ha situado a la ociosa sociedad que por aquí deambula en una villa moderna, en una versión que también pudo verse hace unos años en el Real madrileño, bajo la conocedora y entusiasta batuta de Alberto Zedda.

Casi todos los cantantes de ahora procedían precisamente de la Accademia Rossiniana que él cuidaba con tanto esmero (y que muy merecidamente lleva desde este año su nombre), en los que claramente hay que aplaudir una juventud que irá madurando con el tiempo y cometidos más exigentes. La soprano valenciana Marina Monzò fue una estilizada Donna Fulvia, justamente aplaudida tras su aria. La mezzo japonesa Aya Wakizono defendió a la Marchesa Clarice —a la que Rossini hizo travestirse en su hermano caído en el frente para poder incluir un brillante rondó procedente de L'equivoco stravagante: pero así eran los caprichos de las divas de la época, en este caso la contralto Marietta Marcolini, primer Ciro in Babilonia e Isabella de la Italiana— con bello timbre y buenas maneras (quizá algo limitada en el grave). Como las que exhibió el tenor ruso Maxim Mironov en el Cavalier Giocondo. En el papel estelar del Conde Asdrubale, el barítono Gianluca Margheri, aparte de lucir sus encantos, tuvo que luchar contra una tesitura que requería de una voz de más cuerpo (vocal, se entiende). Paolo Bordogna probó su profesionalidad y sus tablas en el repertorio bufo como el "falso poeta" Pacuvio, y Davide Luciano fue posiblemente el más aclamado como el periodista Macrobio (lo que aprovecha Rossini para hacer una divertida sátira de la prensa y su conocida aversión al medio, puesta de relieve en muchas ocasiones y hasta "blanco" del argumento de La Gazzetta). De nuevo el Coro del Teatro Ventidio Basso de Ascoli Piceno estuvo excelente, al igual que la Orchestra Sinfonica Nazionale della RAI, al mando del ágil y musical Daniele Rustioni, contribuyendo entre todos a esta deliciosa recuperación de una puesta en escena que tiene ya 15 años pero resulta tan fresca como el primer día.

Muy diferente, en el estilo y en el espíritu, es el tercero de los títulos, Torvaldo e Dorliska. Creada en el Teatro Valle de Roma el 26 de diciembre de 1815, es decir, justamente un año antes del mencionado Barbiere (que vería la luz también en la capital romana y para la que contó con el mismo libretista, el prestigioso poeta Cesare Sterbini), la obra pertenece al género semi-serio, tan en boga en la época, desde la Nina de Paisiello hasta La gazza ladra del mismo Rossini o Linda di Chamounix de Donizetti, con su mezcla de figuras y situaciones serias y bufas y su feliz desenlace tras múltiples vicisitudes (aquí, la derrota del tirano, en un final a lo Fuenteovejuna). Además, está situada en la entonces tan exótica Polonia y trata el tema de la liberación del marido cautivo por su valiente esposa. Una especie de Fidelio en clave rossiniana, pues.

La obra fue recuperada en 2006 bajo la batuta de Víctor Pablo Pérez, y existe tanto en formato de CD como en DVD. El equipo vocal de ahora no ha desmerecido de aquél. Nicola Alaimo, que parece haber recuperado la voz —y la oronda figura— frente al Don Geronio del Turco de 2016, fue un Duque de Ordow justamente perverso. La soprano rusa Salome Jicia, tras su Elena de La Donna del Lago, parece haberse establecido en las heroínas sufrientes rossinianas. Como ya lo ha hecho su compatriota, Dmitry Korchak, quien tuvo que luchar contra una escritura nada cómoda, pensada en su momento para el tenor bergamasco Domenico Donzelli (y defendido la vez anterior por el hoy tan solicitado, sobre todo tras la Aida de Salzburgo, Francesco Meli). Carlo Lepore es un gran bufo, quien además demostró su profesionalidad al cantar con un brazo en cabestrillo por una caída, y magníficos asimismo los dos elementos de la Accademia Rossiniana, Raffaella Lupinacci en la criada Carlotta y Filippo Fontana en el general Ormondo.

Al frente del Coro del Teatro della Fortuna M. Agostini de Fano y la Orchestra Sinfonica G. Rossini, Francesco Lanzillotta ofreció una lectura vital y sin parones en la tensión dramática. La puesta en escena de Mario Martone no es muy atractiva visualmente, con sus decorados realistas de cartón-piedra de Sergio Tramonti, pero al menos cuenta bien la historia.

Recitales y conciertos

Entre las actividades paralelas hay que señalar el soberbio concierto del bajo ruso Ildar Abdrazakov. En absoluta plenitud a sus 40 años, el artista demostró que con una voz tan poderosa se puede ser un auténtico belcantista en los fragmentos verdianos del Attila, Don Carlo y Ernani o el Assur de Semiramide, además de demostrar su notable "vis" teatral en el aria del catálogo de Don Giovanni, en la que claramente intentaba emular a su libertino señor, o en la obligada Calunnia y en el aria de Faust ofrecidas como bises. Toda una exhibición de facultades, que tuvo su justo apoyo en la labor del joven director azteca Iván López-Reynoso, quien hizo lucirse asimismo a la Filarmonica Gioachino Rossini en las muy bien planteadas sinfonías de las citadas óperas y en la encantadora obertura del Così mozartiano.

No creemos en cambio que sea éste el camino a seguir por su compatriota Margarita Gritskova, quien venía avalada por un importante curriculum de premios (Operalia, Pavarotti de Módena...). Anunciada como mezzo, aunque más bien habría que calificarla como soprano corta por su debilidad en el grave, y con agilidades algo problemáticas, se lució sobre todo en el aria de Ratmir de Ruslán y Ludmila, pero menos en las italianas. El pianista Ivan Demidov tuvo que luchar con unos acompañamientos que suelen resultar bastante pobres, aunque demostró sus buenas cualidades en las páginas a solo.