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CRÍTICA / Mejor lo profano


Madrid. Auditorio Nacional. 15-II-2018. Universo Barroco. Europa Galante. Marina de Liso, contralto. Fabio Biondi, violín y dirección. Obras de Vivaldi.

Rafael Ortega Basagoiti

Nueva visita de Fabio Biondi con su conjunto (dos violines, viola, violonchelo, contrabajo, tiorba y clave/órgano) para ofrecer lo que más le ha llevado a la fama, con toda justicia, dicho sea de paso: Vivaldi. El título genérico del evento era Vivaldi sacro y profano. La primera parte, que probablemente ofreció lo mejor de la velada, estuvo centrada en esta última faceta, con la Sinfonía para cuerdas Il Coro delle Muse, la Sinfonía de "La Senna Festeggiante", el Concierto para cuerdas RV 152 y la Sonata para dos violines y continuo "La Folía" RV 63. Biondi y sus compañeros nos ofrecieron el menú que no por conocido resulta menos interesante.

Un Vivaldi vivaz, rico en colores, contrastes y matices, con nervio en ritmo y acentos, que canta bien en los lentos, nunca caídos, pero que nos trae ese calor vital y luminoso en los movimientos rápidos que llega al oyente con tanta frescura como facilidad. Ágiles los arcos, manejados con sabiduría por el de Palermo, los resultados fueron sobresalientes y explican, por si hiciera falta, por qué Biondi y sus músicos han llegado a la celebridad de que gozan, y por qué sus discos casi alcanzaron el millón de ejemplares (algo que, como saben, dista de ocurrir todos los días en el ámbito de la música clásica), con su celebérrima versión de las Cuatro Estaciones (para el sello Opus 111) a la cabeza.

Quiérase o no, Biondi revolucionó Vivaldi siguiendo, con sus peculiaridades, la estela del camino que décadas antes los Harnoncourt y compañía habían abierto para Bach y el gran repertorio barroco centroeuropeo. Luego vendrían los Alessandrini, Antonini, Spinosi, Beyer o Minasi, por citar solo algunos de los más celebrados vivaldianos de los últimos años. Pero Biondi abrió camino, y los parámetros que le llevaron al éxito siguen, creo, perfectamente vigentes. En toda la primera parte del concierto, si quizá se puede poner algún pero, sería el de que el peso de los dos violines pudiera quedar en algún momento en relativa desventaja de volumen frente a violonchelo y contrabajo, especialmente teniendo en cuenta la rotunda contundencia del sobresaliente contrabajista navarro Patxi Moreno.

En todo caso, nada que fuera demasiado evidente ni que tampoco perjudicara la escucha ni impidiera apreciar las virtudes precitadas en las interpretaciones. La segunda parte nos ofrecía el Stabat Mater RV 621 y el motete Longe mala, umbrae, terrores, RV 629, con protagonismo para Marina de Liso. Aunque figura en el programa como contralto y como mezzo, basta escucharla unos segundos para concluir que el timbre es el de una contralto sin discusión. La voz tiene cuerpo y volumen, aunque el color es un tanto desabrido en más de una ocasión, abriéndose a cierta rudeza especialmente en el forte y en el registro grave. El paso es demasiado aparente y el resultado global no termina de convencer, al menos a quien esto firma. El hermosísimo Stabat Mater, que recuerdo cantado por Mingardo (con Alessandrini) o por algunos contratenores fantásticos (David Daniels con el mismo Biondi, o Scholl con Bianchini, o nuestro Carlos Mena), quedó de esta forma un poco hosco, solo en ocasiones alineado con la sutileza desplegada por Biondi y sus colegas.

Algo mejor el motete, donde las anteriores limitaciones vocales fueron menos evidentes. El éxito fue grande en cualquier caso, y, tras un parlamento de Biondi en un correctísimo español, se ofreció un aria de Bajazet movido en las mismas coordenadas. Pero lo que queda, por encima de todo, es la impresión de un excelente Vivaldi presentado por quien sin duda es una de las máximas autoridades en la materia, aunque, en esta ocasión, el mejor resultado lo hayamos tenido en la parte profana.