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CRÍTICA / Matrícula de honor para Hanna-Elisabeth Müller


Madrid. Teatro de la Zarzuela. 2-VII-2018. XXIV Ciclo de Lied. Hanna-Elisabeth Müller, soprano. Juliane Ruf, piano. Obras de Schumann y Strauss.

Blas Matamoro

La tesitura de soprano lírico-ligera aplicada al canto de cámara tiene actualmente excelentes representantes como Ruth Ziesak y Diana Damrau. Es un reparto vocal con unas condiciones muy estrictas de época, carácter de las obras y peculiaridades de los textos empleados. Müller es una cantante solvente en cuanto a medios y técnica. Su metal es claro, fresco, juvenil. Su emisión es limpia y segura, aun cuando ofrezca en el extremo agudo cierta rigidez y estridencia. Pronuncia con nitidez y domina, desde luego, la lengua en que cantó el escogido programa.

En lo interpretativo, todavía no parece pasar de cierta corrección colegial, como si fuera la mejor alumna de su promoción. En parte, esta deficiencia se debió a que su voz no es adecuada a Strauss, que exige más madera, más sensualidad y más ímpetu en la emisión, salvo en alguna pieza como Morgen, añadida en calidad de propina, o la nana, cuyo fraseo mecánico resultó ineficaz.

En Schumann, las limitaciones de fraseo influyeron en la palidez monótona de las entregas. Los Seis cantos del Op. 107 figuran entre las más áridas piezas del autor y demandan una intensidad muy matizada y bien jugada. En cuanto a Mirtos, es de lo más feliz del año lírico schumanniano pero no se trata de un ciclo sino de un álbum o programa que va entre propuestas muy diversas para las que Müller no parece contar más que con su probidad escolar.

La pianista se las vio con dos compositores cuyas canciones proponen un protagonismo del piano digno de subrayarse en lo técnico y climático. Ruf mostró ser manifiestamente mejorable.