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CRÍTICA / Mahler y Schoenberg, en buenas manos


Madrid. Auditorio Nacional. 17-VI-2017. Orquesta Nacional de España. Thomas Hampson, barítono. Director: David Afkham. Obras de Mahler y Schoenberg.

Arturo Reverter

La última vez que escuchamos a Hampson (Elkhart, Indiana, 1955) en Madrid fue en un recital en el Teatro de la Zarzuela, en el que años atrás nos había solazado con la interpretación de los esenciales ciclos para voz y piano de Mahler, compositor en el que es una autoridad: colaboró con motivo de los aniversarios del nacimiento (1860) y del centenario (1911) en la edición de las obras vocales del músico, del que se ha convertido en adalid. Hemos comprobado que, pese a la edad, el cantante aún está en forma. A medida que ha ido ganando años, ha ido oscureciendo, aunque no mucho, el color; lo que le proporciona base para acercarse a ese universo tan esquivo para otros barítonos norteamericanos que es el de la canción de concierto. Es cierto que esa voz, ahora algo más llena, ha perdido lustre, tersura, facilidad en la zona alta, que los graves, nunca plenos, son más débiles y que la nariz hace acto de presencia con demasiada asiduidad, aplicada a unos sonidos que se bambolean claramente en las notas mantenidas. Pero sigue conservando una excelente línea de canto, un considerable fiato y una rara prestancia vocal.

Sentido del fraseo, matización para llegar al claroscuro, capacidad reguladora, afinación y ductilidad son cualidades necesarias para enaltecer al mundo liederístico del Wunderhorn, colección de temas folclóricos recopilada por Archim von Arnim y Clemens Brentano, publicada en tres volúmenes, en 1805 y 1808. La candente imaginación del músico, su fantasía colorista se pliegan admirablemente a los versos populares, que se elevan más allá de las palabras y de su contenido histórico para penetrar en las interioridades del ser humano y para obtener, a la postre, un autorretrato y, de paso, un recorrido a través de su experiencia y de sus inquietudes. 

Seis piezas de la colección componían la primera parte del concierto. Al comenzar El sermón de San Antonio a los peces la voz sonó algo desvaída, falta de esmalte y apreciamos rápidamente la fragilidad y escasa entidad de la zona grave, nunca muy poblada en el barítono; pero nos dimos cuenta también de la precisión en el acento y la gracia en el fraseo. Hubo versos —Die Predigt geendet Ein jeder sich wendet— en los que la orquesta lo tapó, y eso que Afkham planificó con mucho sentido del matiz. En la Canción del perseguido en la torre mostró una extraordinaria suavidad en las partes en las que habla la doncella, aclarando el timbre y bordando los melismas. Donde suenan las hermosas trompetas dio pie a la ejecución de muy bellos pianos y pianísimos, con frases largas y mantenidas. La orquesta, aligerada desde el principio (solamente cuatro contrabajos), colaboró estupendamente. La trompeta vienesa de Adán Delgado remató muy bien, muy delicadamente, el último verso, ¡Ahí está mi bella y última morada!

La vida celestial —que Mahler emplearía en el último movimiento de la Cuarta Sinfonía— fue colmada de toda clase de sutilezas, con ligeros desfallecimientos vocales, y Urlicht (Luz primigenia) —cuarto movimiento de la Segunda— fue trazada en un suspiro, con hermoso pianísimo postrero. Ante los aplausos del respetable, Hampson ofreció como propina otro lied de la colección, el valsístico Rheinlegendchen, de tan difícil afinación en alguna de sus frases más agudas. El cantante salió con bien.

Como salieron la Orquesta y el director al final de la sesión, cerrada con una obra tan morrocotuda como el poema sinfónico de Schoenberg Pelleas und Mellisande, escrito sobre la obra de Maeterlinck y estrenado en 1905, tres años después que la ópera de Debussy sobre el mismo asunto. Es una partitura de enorme complejidad contrapuntística, que entrelaza y desarrolla una miríada de temas alusivos que van marcando la acción y que culminan, tras diversas incidencias, con la muerte de la misteriosa Mellissande. Una antesala de las obras atonales y seriales del músico, aunque el punto de partida se atenga a la jerarquía de valores de la tonalidad. Pero ahí está ya todo el germen del futuro.

Razones por las que es rara su inclusión, aún hoy, en los programas de las orquestas; y porque presenta innúmeras dificultades de ejecución. Hemos de decir que en este caso, la Nacional, llevada por la clarificadora y ágil batuta de su titular, realizó una muy meritoria y pujante interpretación en la que no quedaron orillados los momentos de más ardiente lirismo, como el de la Escena de amor entre los dos jóvenes. Afkham supo delimitar y caracterizar inteligentemente los distintos motivos que se van presentando en los extensos primeros tramos de la composición. La frase cálida de las violas, referida a Mellisande, sonó estupendamente, como la intensa frase de la cuerda en pleno, mucho más adelante, tras la caída de Goulaud. Las maderas se esmeraron y hubo intervenciones muy acertadas del oboe, corno inglés y clarinete. 

Fue una pintura al pastel en la que se alternaron de manera natural los mil y un episodios y en la que el drama afloró a veces violentamente con ominosas peroraciones. El re menor –teórica tonalidad base- reaparece siniestramente al final envolviendo al llamado tema del destino. La ONE tuvo uno de sus mejores días de la temporada. Hasta el punto de que, salvando las lógicas distancias, consideramos que la versión no desmerece demasiado de la ofrecida, para Ibermúsica, semanas atrás, por la Staatskapelle de Dresde a las órdenes de Christian Thielemann, más brillante y rutilante, más enjundiosa, más perfecta técnicamente, pero no más intensa ni provista de mayor sentido narrativo.

Una apunte final. Las notas al programa fueron encargadas en su día a nuestro extinto compañero José Luis Pérez de Arteaga. José Luis García del Busto recibió la herencia de redactarlas, lo que ha hecho con su habitual sapiencia y buen estilo. Pero se acordó del común amigo y recoge unos párrafos escritos por aquél con destino al programa de mano repartido con ocasión del estreno por la Nacional de la obra schoenbergiana el 15 de enero de 1993 al mando de Aldo Ceccato. Y todavía un apéndice: la sala sinfónica del Auditorio Nacional no estaba siquiera mediada. Los ausentes llevan la penitencia en el pecado: se perdieron uno de los grandes conciertos de la temporada.