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CRÍTICA / Magistral instrumento


Murcia. Auditorio y Centro de Congresos Víctor Villegas. 21-XI-2017.  Solistas de Moscú. Director y violista: Yuri Bashmet. Obras de Bruch, Mozart, Rossini y Chaikovski.

José Antonio Cantón

El prestigio de uno de los instrumentistas más afamados de la historia de la música como es el violista Yuri Bashmet junto a su orquesta de cuerda los Solistas de Moscú, que fundara en los años de la disolución de la Unión Soviética, no se ha correspondido con el programa con el que se han presentado en el auditorio murciano, inaugurando su Ciclo de Grandes Conciertos. Después de una interesante exposición del Divertimento K. 138 de Wolfang Amadeus Mozart, sólo una obra de alcance estético, equiparable a la enorme calidad artística de estos músicos, ha sido digna de atención como es la adaptación orquestal del sexteto de cuerda Souvenir de Florence op. 70 de Piotr Illich Chaikovski que, por su valor estético y trascendente interpretación, ha justificado con creces la velada.

Seguro que todos los componentes de esta orquesta moscovita han interpretado en alguna ocasión esta obra en su formato original dada la perfección con la que se han mostrado en esta actuación. Así hay que destacar el efecto óptico coreográfico que producía la orquesta manifestándose como un mecanismo de precisión del que surgía un sonido verdaderamente cautivador. La técnica que desarrollan cada uno de sus componentes es de un virtuosismo digno de admiración, de modo especial en los primeros atriles de cada una de las secciones, especialmente el concertino y violonchelo principal, que demostraron un sentido musical propio de la alta escuela que siempre se ha enseñado y practicado en los grandes conservatorios rusos desde el último tercio del siglo XIX.

La diversidad de temas y motivos del Allegro con el que se inicia este mágico recuerdo florentino de Chaikovski fueron encadenados con sentido y natural espontaneidad, que hacían que el oyente percibiera la felicidad emocional en la se encontraba el compositor en su viaje a Italia cuando compuso la obra en la última década de la mencionada centuria, y que coincidió en el tiempo con la composición de su ópera La dama de picas. Con la dulzura como expresó la orquesta el Andantino de la Tercera Sonata para cuerdas de Gioacchino Rossini, que cerraba la primera parte del concierto, cantó el Adagio de la obra del gran sinfonista ruso, acentuado por un delicado estilo de serenata, en el que el concertino confirmaba la elegancia de su arte violinístico, acompañado por un pizzicato homogéneo en ritmo y timbre por las violas antes de ejecutar con límpido efecto sonoro el ostinato subsiguiente en el que la amplitud del espectro dinámico que pide el autor se ejecutó con ofensiva perfección. 

El tercer movimiento fue expresado con fidelidad al evocador arte sinfónico del compositor, siempre lleno de nostálgicos y melancólicos efectos emocionales. Así  los transmitió la primera viola, superando a su maestro, colega y, en esta ocasión director, Yuri Bashmet, que escogió dos obras menores como la Romanza para viola y orquesta op 85 de Max Bruch, y el Nocturno para viola y cuerda op.19 de Chaikovski que, por su escaso valor musical, no propiciaron el esperado lucimiento de tan ilustre violista. En la polaca central de este Allegretto moderato se produjo uno de los momentos más relevantes de la actuación ante un vívido saltarello colectivo que no hizo sino incrementar la admiración del público que, a su conclusión, no pudo reprimir un conato de aplauso.

El Allegro vivace sirvió para poder apreciar la riqueza tímbrica de la orquesta, manifestada desde la diversa a veces y homogénea en otras calidad de vibrato de los músicos. Un variado colorido sonoro ocupó la hermosa acústica del recinto implementado por el exquisito contrapunto de las dos violas principales antes de que toda la orquesta hiciera sonar, con sorprendente perfección, la espectacular stretta reexpositiva y la poderosa coda final. Terminaba así una interpretación de inefable belleza, producto de plena identificación estética y absoluta fidelidad a la tradición interpretativa de Chaikovski, aspectos que han permitido que los aficionados a la música "biensonante" disfrutaran con verdadera fruición.