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CRÍTICA / MADRID / Terfel, der Teufel, por Joaquín Martín de Sagarmínaga


Madrid. Teatro Real. 22-II-2019. Ciclo Voces del Real. Orquesta Titular del Teatro Real. Director: Jordi Caballé-Domnech. Obras de Wagner, Offenbach, Boito, Rodgers, Weill, Loewe y Bock.

Joaquín Martín de Sagarmínaga

Aún subsistía algo de la buena inercia generada en la reciente producción de Idomeneo en una orquesta que atacó con brillo y oropel el preludio del III acto de Lohengrin, pistoletazo de la visita de Terfel al Teatro Real dentro del último Ciclo de Voces. A renglón seguido, en el largo monólogo de Hans Sachs de Los maestros cantores, un momento de tanta carga reflexiva, su director Caballé-Domenech añadió un matizado claroscuro lleno de destellos, envueltos en un suave viento estival. Quizá fuera lo mejor de la aportación de este discípulo del gran David Zinman, un hombre que acompaña tan bien a los músicos, pues el desenfado de La bella Elena de Offenbach, aunque existente, tuvo una traducción más roma que las páginas de Wagner, no pudiendo evitar que los últimos compases parecieran banales, algo quizá achacable a una mengua de inspiración en la obertura.

Bryn Terfel, de atractiva voz rocosa, un tanto berroqueña, y en bastante buen estado considerando cuánto ha bregado durante más de 25 años, asaltó el monólogo citado con todas sus armas, sin reservarse apenas desde el inicio, acentuando con sentimiento un pasaje tan múltiple y rico de emociones. La entrega, si cabe aún mayor, combinada a una gran intensidad, fueron las armas con las que el bajo-barítono plantó cara a la temible Despedida de Brunilda de La walkiria pero, un hueso duro de roer que puso de manifiesto por vez primera ciertas desigualdades vocales y alguna contracción exagerada de la gola, que no restaron presencia a la expresión, si las aceptamos como demostración de autoridad y garra.

Y si Wotan fue un dios con algo demoníaco, con el Mefistófeles de Boito se entró de lleno en los dominios algo cómicos del Grand-Guignol, con un diablo menor pero muy faltón. Algo enfático en la acentuación del texto boitiano, Bryn Terfel no mueve la voz con tanta soltura como en su juvenil CD de las Escenas de Fausto de Schumann, pero posee carisma en su continua catarata de risas y silbidos, resueltos con zorruna exhibición y prolongados con regocijo por el público.

En la segunda parte añadió el musical americano y la opereta del Elba. A los agoreros que intuían que se aliviaría con algún megáfono en esas canciones ligeras pero no fáciles, hay que decirles que es una sospecha tan absurda como un rascacielos al revés, pues si alguien hoy no lo necesita es el dueño del vozarrón que se impuso en el Real. En Oklahoma!, sin ser uno de los mejores frutos de Rodgers, hizo correr su voz alegre y simpática y nunca rigidiza, derrochando vitalidad, y en Camelot adoptó al inicio el canto de conversación, para ofrecer después el derroche de un fiato escanciado sin trabas, como en su mejor época. De ahí dio el salto a la canción más celebrada de Kurt Weill, de signo canalla. Aun sin entender todo lo que murmuraba, Terfel no es el tipo que uno desearía encontrase a solas en un descampado y menos si hace el gesto de rebañarte el pescuezo. Bajando un poco más el pistón de lo ligero, todavía ofreció la canción Si yo fuera rico, de El violinista en el tejado, antes de su despedida, una canción folclórica galesa que estuvo ente lo más sentido y sincero de la noche.