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CRÍTICA / Madrid / El efecto Yamada, por Joaquín Martín de Sagarmínaga


Madrid. Teatro Monumental. 14.II.2019. François Piolino, tenor. Orquesta Sinfónica y Coro de Radiotelevisión Española. Coro de la Comunidad de Madrid. Director: Kazuki Yamada. Obras de Bizet y Berlioz.

Joaquín Martín de Sagarmínaga

Sorprende que se dijera de Bizet, aun después de su gloria póstuma, que era un artista dotado sólo para el teatro, cuando suites escénicas como las de Carmen, La jollie... u otra de origen diverso como La Arlesiana, parecen concebidas para ilustrar lo contrario. Además, su juvenil Sinfonía en Do fue recibida con general desdén. A unos pareció gounodiana, a otros académica. Sin embargo, aunque Gounod influyera en ella, o el espíritu de Mendelsshon aletee sobre el Scherzo, esta obra temprana lleva a menudo la firma de Bizet y además se trata de un fruto fresco, de variadas melodías, con una sabrosa guinda de exotismo. La velada añadió otra obra infrecuente, el Te Deum de Berlioz, quizá porque requiere medios colosales y disposiciones especiales y espaciales, dando lugar a novedosos efectos de construcción. Sin ser el Réquiem, posee analogías en la disposición de la gran orquesta y los cantores, con un órgano participativo en el extremo opuesto de la escena y tres coros que en el estreno sumaron centenares de voces.

En un momento en que las aguas bajan algo revueltas en la ORTVE y los destensa un poco el fugaz relieve del nipón Yamada, director seguro y entusiasta, que encaró la sinfonía bizetiana con impulso continuado y vivaz. En su Adagio brilló el tema del oboe de un melancólico Barberá, contagiando a otras maderas en bella trama, así como en Scherzo y Finale, bien coordinados, se extendió un aire coloquial y festivo desde la batuta. Tras el descanso, con casi 200 profesionales en el escenario, se ofreció la gran pieza de Berlioz, desentrañada por un maestro que estuvo muy pendiente de la enorme masa coral -Berlioz quería 600 cantores, incluidas voces blancas-, con una izquierda incansable que calibró intensidades y accedió a los puntos de relajación y culminación de una obra que parece al tiempo religiosa y profana. En el fondo, tanto espectáculo encontró algunos de sus mejores momentos en el repliegue íntimo e inesperado del nº 5, con logradas cuñas y una exposición de una organista venida de tierras lejanas que bordeó el sobresaliente. Tampoco cabe olvidar la contribución de las voces femeninas, sobre todo cuando regalan su mejor tímbrica en los pasajes ingrávidos. Claro que si se quiere el Berlioz más reconocible, nada mejor que el Judex crederis, auténtica tromba sonora que todo lo anegó.  

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