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CRÍTICA / Música fúnebre para una reina de España


Madrid. Iglesia de las Salesas Reales. 16-III-2018. Nebra, Oficio y Misa de Difuntos. Coro Victoria. Directora. Ana Fernández Vega. Schola
Antiqua. Director: Juan Carlos Asensio. La Madrileña. Director: José Antonio Montaño.

Eduardo Torrico

Bárbara de Braganza fue una reina querida por su esposo, Fernando VI, y también por el pueblo. Su muerte, acaecida en el Palacio Real de
Aranjuez el 27 de agosto de 1758, sumió a España en la tristeza y al rey, en la más absoluta desolación. Contaba 47 años edad y la causa del fallecimiento ("fiebres", afirmaron entonces) fue un cáncer de útero que le provocó grandes dolores. De acuerdo a sus últimos deseos, fue enterrada en la iglesia de las Salesas Reales, la misma que ella había ordenado edificar en 1748 (al igual que el convento anejo). Fernando VI, abatido psíquica y físicamente, falleció de consunción justo un año más tarde, el 10 de agosto de 1759. Él, como Bárbara, también fue enterrado en las Salesas Reales.

El cadáver de la reina fue trasladado a pie desde Aranjuez hasta Madrid. Dos días más tarde, de cuerpo presente, sonó en las Salesas Reales un Oficio y Misa de difuntos para despedirla. Fue encargado a José de Nebra, vicemaestro de la Capilla Real. La magnífica música del compositor
bilbilitano sonaría un año más tarde para despedir a Fernando VI, y quedaría definitivamente asociada a los funerales de la Familia Real española hasta bien entrado el siglo XIX.

En mayo de 2008, con motivo del 250º aniversario de la muerte de Bárbara de Braganza y como parte de la programación del Festival de Música Antigua de Aranjuez, Los Músicos de Su Alteza, bajo la dirección de Luis Antonio González, interpretaron de nuevo esta música en el mismo lugar en que se estrenó. Y ha sido ahora en las Salesas donde ha vuelto a sonar, esta vez con motivo del 250º aniversario de la muerte de Nebra, dentro de la programación del Festival de Arte Sacro de la Comunidad de Madrid. El concierto concitó tanta expectación que hubo que habilitar hasta el último rincón del templo, coro incluido (da gusto toparse con párrocos como Don Agapito, con quien todo son siempre facilidades). Y, aún así, mucha gente se quedó en la calle.

La interpretación corrió a cargo de La Madrileña, orquesta fundada por José Antonio Montaño en enero de 2016. El proyecto se vio un tanto lastrado de antemano por ese mal endémico que afecta, muy a su pesar, a las formaciones españolas: la escasez de medios económicos. Eso obligó a que el coro, preparado por Ana Fernández-Vega, contara con solo ocho voces (tres sopranos, dos altos, dos tenores y un bajo), correspondiendo los pasajes solos a la soprano Élia Casanova y al bajo Pablo Acosta. ¿Se imaginan una despedida a una reina de España con un minúsculo coro de ocho voces? Sabemos que el coro de la Capilla Real contaba en aquel momento con una plantilla fija de dieciséis voces y que, distribuido en dos, probablemente el segundo fue duplicado o, tal vez, hasta triplicado. La complicada acústica de las Salesas Reales tampoco ayudó mucho. Pero eso, insisto, no es culpa ni de José Antonio Montaño ni de Ana Fernández-Vega, sino de la falta de presupuesto para haber podido contar con más voces. Digamos, de paso, que la labor de Élia Casanova en sus intervenciones solísticas fue espléndida.

Instrumentalmente, la interpretación también quedó un tanto condicionada por la acústica del templo, lo que obligó a director y orquesta a moverse entre el mezzoforte y el mezzopiano. Hubo una innegable carencia de contrastes dinámicos, pero lo cosa funcionó razonablemente bien gracias, entre otras circunstancias, a la rica presencia cromática de un arpa, la de Sara Águeda (por suerte, parece que nuestros directores han captado la enorme importancia que tuvo este instrumento en la música española —especialmente, la sacra— durante los siglos XVII y XVIII). Brillantes las flautas traveseras de Antonio Campillo y Liza Patrón.

Mención aparte merece la extraordinaria labor, en el canto llano, de Schola Antiqua, siempre bajo la sabia, precisa y apasionada dirección de Juan Carlos Asensio.

Música excepcional esta de Nebra, con una interpretación solvente por parte La Madrileña y del Coro Victoria, pero que deja un cierto regusto amargo porque, con más medios, los resultados podrían haber sido mucho más satisfactorios.

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