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CRÍTICA / Loor al académico


Madrid. Auditorio Nacional. 18-V-2018. XLV Ciclo Grandes Autores e Intérpretes de la Música de la Universidad Autónoma. Joaquín Achúcarro, piano. Orquesta Sinfónica de Euskadi. Director: Gilbert Varga. Obras de Brahms, Beethoven y Chaikosvki.

Arturo Reverter

Hace pocos días el veterano, y ya histórico, pianista bilbaíno Joaquín Achúcarro (1932) ha sido investido Doctor Honoris Causa por la Universidad Autónoma, título que se suma a los muchos que ya obran en su haber y que no hacen más que contribuir a su gloria; que se mantiene intacta y se ve acrecida, incluso, en conciertos como el que se comenta aquí, en el que todavía hemos podido apreciar la solidez de su técnica. Puede que haya perdido algo de energía, pulso, contundencia en ciertos ataques, seguridad y claridad en la digitación. Algo muy lógico. 

El pianista vasco es amigo de lo que podríamos denominar la interpretación global, aquella que une fraseo, articulación y adecuada proporción entre todos los parámetros constitutivos de la composición y que conduce a la explicación y expresión de la obra, que hay que "sacar de uno mismo, dependiendo de tu sentido rítmico, de tu respiración, del estado en que se encuentre tu diafragma, de cómo estén tus manos, temblando o no, de tu lucidez mental, y que persigue la consecución del equilibrio necesario para ofrecerla honestamente".

Esta suerte de libro de ruta es constantemente seguido por el artista, que una vez más, ha conseguido que estuviéramos pendientes de su verbo, en esta ocasión entregado a la causa beethoveniana a través del maravilloso Concierto nº 4 del músico de Bonn, que el instrumentista acertó a exponer con lirismo, concentración, elocuencia bien medida y, aún, considerable vigor. Cierto es que en determinado pasajes del primer movimiento observamos algunas premiosidades, determinadas faltas de letra y que la conjunción con el tutti no fue siempre la ideal, pese a la especial atención de la batuta de Varga. Pecata minuta, podríamos decir, porque en lo absoluto, el severo y poético mensaje de la composición, su luz interior, nos fue dado con generosidad. Aunque echáramos en falta en esta oportunidad una mayor gama de matices, de colores y de luces, que aparecieron, recogidamente, en el sublime Andante y en el Intermezzo de Brahms ofrecido como bis. Muy bien expuesto el tema del Rondó, con mesura, ligereza y claridad y estupendo diálogo con la orquesta.

La Filarmónica de Euskadi, protagonista de esta sesión universitaria, ha crecido artísticamente desde la última vez que la escuchamos en la Quincena Musical Donostiarra. Nos parece ahora más ajustada, equilibrada, briosa y maleable, quizá gracias, al menos en parte, al trabajo de su titular actual, el norteamericano Roberto Treviño. En manos de Gilvert Varga, que la gobernó hace una década más o menos, ha sonado brillante, potente, segura, casi siempre afinada, despierta ante las conminativas órdenes de le rectoría. Puede que su sección de metales sea demasiado acre, cruda, áspera, exenta de la redondez deseada. El espectro global, luminoso, penetrante, vigoroso, es muy claro, a falta tal vez de una mayor dosis de penumbrosidad, de una gama de claroscuros más rica.

A ese tímbrica, un tanto agreste, contribuyó, sin duda, Varga, un director ágil, en permanente actitud de vigía, nervioso, móvil, expresivo, de gesto no exento de elegancia, de variedad. Su batuta circula en todos los planos, es fustigante y de contagiosa vitalidad. Es maestro atento a todo lo que se mueve, que sugiere, ordena, marca de continuo y empuja. Es minucioso en las entradas y gusta de tempi rápidos, bien administrados en los finales de las codas del primer y último movimiento de la Sinfonía nº 4 de Chaikosvki, donde, con excelente prestación del conjunto, corrió que se las peló. Obtuvo muy buenos efectos de los bien contrastados pizzicati del Scherzo. 

En ocasiones nos pareció que no acertó —o no quiso— a regular dinámicas y planos, que fueron en exceso primarios, rudos y virulentos, lo que promovió alguna que otra no deseable confusión, como la producida en el clímax del desarrollo del Moderato con anima. Aunque cantó con propiedad el segundo tema. Colaboró casi con mimo a unificar el discurso con el solista en Beethoven y abrió la sesión con una ruidosa y animada interpretación de la Obertura Académica de Brahms. Una bien dicha, de corte elegante y excelente prestación de la cuerda —en otros momentos no especialmente dulce—, Amorosa, de las Diez melodías vascas de Guridi puso espléndido broche.

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