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CRÍTICA / Lombardos entre muros


Bilbao. Palacio Euskalduna. 19-I-2019. Verdi, I Lombardi alla prima crociata. Ekaterina Metlova, José Bros, Roberto Tagliavini, Sergio Escobar, Jessica Stavros, David Sáchez, Rubén Amoretti, Josep Fadó. Coro de Ópera de Bilbao. Sinfónica de Euskadi. Director musical: Riccardo Frizza. Director de escena: Lamberto Puggelli. Directora de escena de la reposición: Grazia Pulvirenti Puggelli.

Asier Vallejo Ugarte

I lombardi alla prima crociata (1843), cuarta ópera de Verdi, triunfó en sus inicios por la fuerte inercia de Nabucco y el aliento patriótico de sus páginas corales, pero no tardó mucho tiempo en verse fuera de su ambiente natural y en perder todo aquello que le daba valor en el lugar y en el momento de su estreno. Hoy día es una obra prácticamente olvidada, no sin motivos: el libreto de Temistocle Solera plantea una trama imposible sin una mínima unidad de acción y con unos personajes tan inanes como desdibujados, al tiempo que la música, salvo en instantes muy solitarios, no termina de despegarse de los lugares comunes de la época. ¡Qué imagen tan parcial de Verdi tendrán quienes empezasen a acudir a las óperas de ABAO estas últimas temporadas! Stiffelio, I Masnadieri, ahora I Lombardi… y aún quedan Jérusalem y Alzira para rematar el Tutto Verdi.

Tampoco se puede decir que estén siendo funciones para el recuerdo. Mala suerte tuvo Masnadieri con el reparto y peor le ha ido a I Lombardi por la afección vocal de dos de sus protagonistas, Roberto Tagliavini y José Bros [en la foto], anunciada por megafonía justo antes de izar el telón. Bros, sobre todo, cantó prácticamente sin voz, dejando aisladas muestras de su clase y de la calidad de su fraseo, siempre su mejor baza. En cambio, Tagliavini fue capaz de hacer un Pagano de gran dignidad musical y dramática, destacando ampliamente sobre sus colegas en la interpretación del célebre terceto de tercer acto. Ekaterina Metlova, de voz sólida y penetrante, se mantuvo en pie ante la enfática escritura de Giselda, dura como una roca, tanto o más que la de Abigaille en Nabucco. No siempre cantó con la misma sensibilidad. Sergio Escobar, el segundo tenor en liza, lo dio todo en un papel del que difícilmente se puede sacar más partido, igual que Rubén Amoretti en Pirro. El coro tuvo su mejor momento en el canto de los peregrinos, que era cuando más se le esperaba. Todos ellos estuvieron bien secundados por Riccardo Frizza, enérgico y vibrante, al frente de la Sinfónica de Euskadi.

Sea como fuere, la puesta en escena de Lamberto Puggelli marcó el punto más oscuro de la función, no solo porque insistiese reiteradamente en una única idea (proyecciones con motivos supuestamente antibélicos, algunas de ellas de pésimo gusto) sino por la ausencia de una auténtica dirección de actores que evitase que las escenas se sucediesen como si se tratara de una versión en concierto con vestuario y mínimos decorados. Bien es cierto que habría hecho falta una extraordinaria fantasía para salir de los estrechos muros del libreto de Solera, de los cuales ni siquiera el mismo Verdi fue capaz de escapar.