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CRÍTICA / Lo que pudo haber sido


Granada. Patio de los Mármoles del Hospital Real. 29-VI-2017. LXVI Festival Internacional de Música y Danza de Granada. Cuarteto Bretón. Ludmil Angelov, piano. Obras de Górecki, Granados y Shostakovich.

José Antonio Cantón

La presencia del Cuarteto Bretón junto al pianista búlgaro Ludmil Angelov en la presente edición del Festival prometía una velada de un elevado rango estético por la calidad de los intérpretes y por el contenido del programa, en el que destacaba el Quinteto para piano y cuerdas en Sol menor op. 57 de Dmitri Shostakovich, uno de los gigantes de la composición de música de cámara de la pasada centuria.

Tan positiva expectativa tuvo una primera correspondencia en la interpretación del Cuarteto nº 1 op. 62, "Ya se acerca la noche", del compositor polaco Henryk Górecki, en cuya interpretación, los componentes del Cuarteto Bretón demostraron una sólida capacidad técnica, contrastada musicalidad y exquisito gusto.

Estas cualidades son las necesarias para afrontar la interpretación de este cuarteto, basado en el canto contenido en un motete del compositor renacentista polaco Waclav Szamotuly que pone música a una oración que los niños hacían antes de ir a dormir. Está escrito en un solo movimiento, en el que se suceden cinco indicaciones de carácter o aire. Su complejidad compositiva, que pasa por inversiones, retrogradaciones, resonancias armónicas, curiosos emparejamientos expresivos y fluctuantes manifestaciones dinámicas, todo ello envuelto en una mantenida línea de canon, llevó a los músicos a tener que desarrollar un gran esfuerzo de conjunción sólo compensado por la relajación posterior al introspectivo silencio final de la obra, reflejo del carácter contemplativo que de alguna manera siempre está presente en las creaciones musicales de este compositor.

Se completaba la primera parte con el Quinteto op. 49 de Enrique Granados. La intervención del prestigioso pianista búlgaro Ludmil Angelov hacía albergar que tan bien iniciado concierto iba a crecer en interés y más en resultado artístico. Nada más sonar el piano, todo quedó en agua de borrajas, dado su lamentable sonido; gangoso, falto de brillantez y hasta desentonado en su igualdad tímbrica, paradójicamente, efectos que se realzaron por la esplendente camerística acústica del recinto  Esta situación no hizo sino perjudicar la actuación hasta su final, sólo enmendada cuando aparecían pasajes de concentrada expresividad como el bucólico Allegro quasi andantino central, movimiento que llevó a que el oyente imaginara lo bondad estética que pudo haber tenido esta cita del festival, que quedó truncada con un piano que nunca debió sonar en sus escenarios.

El desencanto se adueñó de quien aquí suscribe sólo con pensar en qué iba a ocurrir en la obra estrella del programa, mencionada al principio de este texto. Los músicos, conscientes de tal adversidad, intentaron dar lo mejor de su saber y conocimiento, volviendo a destacar en un movimiento sereno y pausado como es el Intermezzo - Lento, donde Shostakovich crea un ambiente meditativo en el que un atento y activo oyente puede  percibir distintos motivos que han ido sucediéndose a lo largo de sus tres tiempos anteriores. Su ejecución tuvo una tensión interna que compensaba la aparente serenidad que refleja su título.

Con todo, el público agradeció a los intérpretes su entrega y deseo de superación con un cerrado aplauso, hecho que motivó un bis que vino a significar el momento más gratificante de la velada; la interpretación Oblivion de Astor Piazzolla. En una exquisita transcripción del pianista y compositor ruso Vyacheslav Gryaznov, hizo olvidar por unos minutos el despropósito pianístico padecido por intérpretes, público y el propio festival. Espero y deseo que en el futuro haya enmienda en este orden de cosas tan sustanciales para el buen fin de la música y su disfrute.