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CRÍTICA: Llegaron los rusos


Madrid. Auditorio Nacional. 18-II-2017. XXVII Ciclo de Conciertos de la Universidad Politécnica. Julia Lezhneva, soprano. La Voce Strumentale. Director: Dmitry Sinkovsky. Obras de Corelli, Porpora, Haendel y Vivaldi.

Eduardo Torrico

En 1966, en plena guerra fría, Norman Jewison dirigió una desternillante película que se tituló Que vienen los rusos. Trata sobre un submarino soviético que encalla en una pequeña localidad de Nueva Inglaterra, cuyos habitantes son presa del pánico al creer que han sido invadidos por el enemigo. Sirvan estas cuatro líneas para justificar el titular de esta crónica, un tanto jocundo, como requiere la ocasión. Los rusos fueron los últimos del hemisferio norte que subieron al tren de la corriente musical conocida como historicismo. Lo hicieron mucho más tarde que el resto. Casi ayer, como quien dice. Pero una vez que se acomodaron en su vagón, no paran de sorprendernos. En efecto, los rusos han llegado.

Seguramente sus dos representantes más destacados son el violinista y contratenor Dmitry Sinkovsky y la soprano Julia Lezhneva. Se dieron ambos cita en el Auditorio Nacional el pasado sábado, en uno de esos conciertos de los que prácticamente se enteran solo sus organizadores (en este caso, la Universidad Politécnica). Si alguien quería comprar entradas por Internet, se encontraba, desde hace días, con que salvo unas cuantas del gallinero estaban ya vendidas. A la hora de la verdad, la Sala Sinfónica presentaba muchos huecos, señal de que los politécnicos no pudieron colocarlas entre los suyos. Una lástima, porque a buen seguro que muchos buenos aficionados querrían haber acudido. Y de haberlo hecho, habrían disfrutado una enormidad, porque Sinkovsky es de los que piensan que la música es espectáculo y está para ser gozada, tanto por el que la interpreta como por el que la oye.

Era la presentación por estos pagos de su grupo, La Voce Stumentale, a la que ahora Sinkovsky se dedica prioritariamente tras haber colaborado durante los últimos años con las mejores formaciones italianas (sigue su colaboración, aunque de manera esporádica; de hecho, el próximo 22 de marzo dirigirá en el Teatro Real a Il Pomo d’oro, el recital que ofrecerá el contratenor Franco Fagioli). Se pudo escuchar uno de esos programas barrocos desengrasantes que en seguida atrapan de manera irremediable al público; la mitad de dicho programa, ideado para el lucimiento de Lezheneva y la otra mitad, para lucimiento del propio Sinkovsky.

Lezhneva es un diamante, aunque aún no esté del todo pulido. Con solo 27 años, su techo todavía está muy lejos, ya que no ha parado de progresar desde que se presentó. Tiene muchas virtudes: una bonita voz, razonablemente potente (no, desde luego, para un escenario grande como la Sala Sinfónica del Auditorio Nacional), una magnífica coloratura, una increíble facilidad para los trinos y una nada desdeñable técnica. También tiene algún que otro defectillo: resulta algo fría en lo vocal y en lo escénico, además de que pronunciación italiana es tan infame que impide que se le entienda algo de lo que canta.

Empezó fuerte con el aria Come Nave, de Siface(Porpora). Cantó con gran delicadeza Per dar preggio all’amor mio, de Rodrigo (Haendel). Realizó una Salve Regina (de nuevo Haendel) no demasiado convincente. Volvió al lirismo con Zeffiretti, che susúrrate, de Ippolita (Vivaldi). Salvó con desenvoltura el diabólico Un pensiero nemico di pace, de Il Trionfo del Tempo e del Disinganno (Haendel). Y cerró con otra aria haendeliana: la festiva Brilla nell’alma, de Alessandro.

Sinkovsky ya tiene escaso margen de mejora, porque roza siempre la perfección, sobre todo, con el violín. Fueron memorables los dos conciertos vivaldianos para este instrumento (en RV 177 y el RV 242, especialmente compuesto por el cura veneciano para su amigo, el gran Pisendel, Konzertmeister de la Orquesta de Dresde). En el último, puso el vello de punta a un público que en ese momento estaba rendido a sus pies. Incluso se las apañó para hacer la voz en eco que hay en el aria Zeffireti, che susúrrate, para asombro de los espectadores que no sabían que este tipo de sorpresas son habituales en sus actuaciones.

Superadas ya las dos horas de concierto, el Auditorio se venía literalmente abajo con los bravos dedicados a las dos estrellas rusas. Tuvieron que hacer tres bises: el aria Mi pavente il figlio indegno, de Britannico (Carl Heinrich Graun), el duetto Vivo in te, de Tamerlano (Haendel) y un breve Alleluia haendeliano. Por supuesto, Sinkovsky desplegó todas sus dotes canoras, que no son pocas, en ese duetto, que supueso la traca final de este soberbio castillo pirotécnico.

Solo un pero: no tiene mucho sentido programar en una sala tan grande como esta un concierto para laúd de Vivaldi (en concreto, el bellísimo RV 93). El laúd no se escucha; solo se ve a su tañedor (aquí, el excelente Simone Vallerotonda, que suplía al anunciado Luca Pianca) haciendo desesperados esfuerzos para hacer llegar alguna nota al público. Salvo que alguien posea el oído de la polilla de la cera (el más agudo del reino animal, capaz de detectar frecuencias de sonido de hasta 300 kHz), será misión imposible.