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CRÍTICA / Leonskaja y los paladines


Madrid. Auditorio Nacional. 19, 21 y 27-VI-2017. Contrapunto de verano del CNDM. Elisabeth Leonskaja, piano. Cuarteto Borodin. Obras de Haydn, Beethoven, Médtner, Schnittke y Shostakovich.

Santiago Martín Bermúdez

Después de una primera parte del ciclo Contrapunto de verano protagonizada por el espléndido Cuarteto Simón Bolívar, la segunda parte corrió a cargo de artistas de geografía muy diferente. Ahora eran los rusos Elisabeth Leonskaja y los componentes del Cuarteto Borodin. Leonskaja no necesita presentación en esta revista, pues ha sido habitual del ciclo de Grandes intérpretes de la Fundación Scherzo. El Cuarteto Borodin es otro, aunque sea el mismo, que el que durante décadas ha llevado ese nombre. En cuestiones artísticas, los nombres a menudo obligan a mucho; y los relevos, el paso del testigo, evocan las grandezas del pasado y fuerzan a emularlas, quién sabe si a superarlas. En esta secuencia de tres conciertos, el Borodin se enfrentaba, a solas ellos cuatro, con tres cuartetos de Haydn (op. 33 nº 1, 3 y 6). Desde el primer concierto comprendimos que iba a tratarse de lecturas incisivas, agresivas incluso en determinados momentos (el Finale del nº 1), lo que no iba a impedir que determinadas lentitudes resultasen penetrantes, como si no estuviéramos en el siglo XVIII sino en los dolientes lirismos de la centuria posterior (el Adagio ma non troppo del nº 3). El equilibrio entre lo delicado y lo violento, entre el clasicismo y algo que acaso tuviera que ver con el Sturm un Drang, fue la marca del Borodin a la hora de enfrentarse con estos tres cuartetos de Haydn.

Ahora bien, desde el principio (igualmente) Leonskaja sembró una sorpresa, incluso una confusión, que pudo aclararse para muchos (no para todos ni en todos los sentidos) el último de los tres días, la última de las tres veladas. Leonskaja se enfrentaba ella sola, tras los Haydn del Borodin y antes de cada quinteto que veremos, a las tres últimas sonatas de Beethoven, opp. 109, 110 y 111. ¿Qué sucede, a qué viene ese virtuosismo más Liszt que Beethoven, más dramático que clásico? ¿Se había equivocado la gran pianista de enfoque o simplemente de repertorio? Hubo diferencias de opinión. Los que se inclinaron por considerar que era una visión personalísima de la artista, al margen de las diversas tradiciones, vieron sin duda confirmada su postura el último día, con el desgranarse más heroico que intimista, más afirmativo que cantábile, de los dos movimientos del op. 111 que tanto ocuparon y preocuparon a Thomas Mann en su Doktor Faust. Los que mostraron su desacuerdo o incomprensión estaban en su derecho, y no se les puede reprochar que se agarraran, que se atuvieran a una escuela interpretativa, porque no juzgaban desde prejuicios o escuchas repetidas; hay muchos Beethoven pianísticos muy diferentes, desde el muy clásico de Brendel hasta el poco menos que romántico de Kempf, pasando por las varias etapas de Barenboim. Leonskaja iba por otro camino, y creímos verlo (oírlo) en la oposición del Maestoso y el cantábile de la Arietta del op. 111, en la que decidió cantar menos y pasear más.

La segunda parte de cada concierto estaba dedicada a un quinteto con piano de compositor ruso, de manera que Leonskaja y el Borodin concluían siempre juntos. El día 21 nos trajeron un dudoso presente, el Quinteto de Nikolai Médtner, más sólido que bello, más repetitivo que hábil en desarrollos. Médtner tiene otras obras de mayor interés, especialmente en lo sinfónico. Era deber de estos músicos dar a conocer una obra como ésta, pero cuánto más hubiéramos agradecido lo que el propio CDNM les propuso y que declinaron, el Quinteto de Mieczysław Weinberg (Moishei Vainberg).

Felizmente, los otros dos días las obras estuvieron a mayor altura. El a veces espectral Quinteto de Schnittke (y no porque se trata de música espectral, entendámonos) derramaba el goteo de notas-lluvia que la trama del cuarteto filtra más que detiene; el público se refresca con esta lluvia cargada de misterio, se resguarda bajo la trama de la cuerda, que no le protege del todo, y asume el misterio no como iniciación, sino como inquietud. La inquietud de tantas obras de Schnittke, como este hermoso Quinteto cuyo acierto interpretativo obligó a los músicos a un bis de la misma obra. Estamos descubriendo a Schnittke en los conciertos en vivo después de haberlo recuperado a tiempo en soportes audio como los numerosos y bellos registros de BIS. Y en esas recuperaciones en vivo, de pronto brota la magia de esta lectura densa, tensa y de etéreas lentitudes.

El día 27, una clausura hermosísima con el Quinteto de Shostakovich de 1940. Tres episodios lentos (con sorpresas, claro): uno, dos y cuatro; dos, rápidos (con matices, desde luego): tres y cinco. El corazón de la obra es el Scherzo, y ahí está el Shostakovich para el que la danza es motivo de sarcasmo, de cadena chirriante, el Shostakovich que asume lo grotesco como expresión de un tipo de burla en la que el propio sujeto se muestra como objeto de la misma; escarnio, más que burla; terror, más que miedo. Es ese Shostakovich que, con el tiempo y el terror acumulado, irá a más. Y todo con una danza desenfrenada. Mas también hay lugar para el Shostakovich desolado y para que éste se desenvuelva incluso en un fugato (sin el piano); hay lugar para el equilibrio desde el Scherzo hasta el "animadísimo" final mediante un episodio lento como el Intermezzo. Esta secuencia de equilibrios y expresiones teatrales hallaron en Leonskaja y el Borodin unos intérpretes que se dirían cercanos al ideal. Si es que este tipo de obras precisa de alturas tales. Quizá los intérpretes pensaron en dos Shostakovich distintos que eran uno solo: el represaliado de 1936, cuatro años antes; el que iba a ser recuperado y agasajado durante la guerra (aún no estallada para la URSS). Aquel se palpaba la ropa antes de cometer más imprudencias. 

Entre los aciertos progresivamente más logrados de los quintetos, los ácidos Haydn del Borodin y el Beethoven (¿liszteano?) de Leonskaja, el ciclo Contrapunto de verano dio lugar a tres hermosos conciertos en los que, felizmente, no hubo unanimidad de criterios. No es que aquello diera lugar a la polémica. Bastaba con lo que en la tauromaquia, práctica en retroceso, llaman "división de opiniones".