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CRÍTICA / Lección magistral de Boris Berman en Córdoba


Córdoba. Conservatorio Superior de Música Rafael Orozco. 16-XI-2018. XVII Festival de Piano Rafael Orozco. Boris Berman, piano. Obras de Haydn y Prokofiev.

José Antonio Cantón

La quinta jornada de la presente edición del Festival pasará como una de las más elocuentes de su historia dado el nivel artístico del pianista ruso Boris Berman, muy distinguido discípulo del mítico Lev Oborin de quien extrajo sus mejores cualidades de pianista y pedagogo, lo que le ha llevado a situarse en ambas actividades como uno de los más reconocidos maestros internacionalmente durante las tres últimas décadas. En este sentido es sabido su prestigio como especialista en la obra pianística de Prokofiev, cuya interpretación está considerada como de referencia absoluta en el ámbito fonográfico.

Se presentó en Córdoba con un programa dedicado a este autor en la segunda parte, después de una primera en la que interpretó las Tres sonatas londinenses de Franz Joseph Haydn —resumen del pensamiento pianístico del compositor austriaco, y elevado ejemplo de la música para teclado que se escuchaba en la capital británica en la última década del siglo XVIII—. Pensemos en Muzio Clementi o Johann Baptist Cramer, asiduos en las salas de concierto de Londres durante aquella época.

Berman, como un alquimista del sonido, destiló con precisa articulación todos los elementos musicales que propone el compositor sin perseguir en momento alguno ese efecto magnífico al que son llevadas estas obras por la gran mayoría de los intérpretes. La música que contienen, ante todo, como manifestó en su lectura del Allegro molto que cierra la Sonata nº 60, fue todo un prodigio de claridad conceptual y diáfana exposición. De igual manera se puede calificar su versión del Presto de la siguiente sonata, Hob.XVI/51, transmitiendo con calibrada sutileza su aire de scherzo. Con la Sonata 62 logró una exhibición de auténtica musicalidad, generando esa creciente teatralidad que contienen sus tres movimientos. Alcanzó en el conclusivo Finale-Presto el cénit de su traducción de Haydn, que dejaba una sensación de gozosa plenitud en el oyente.

Conocido es el magisterio de Boris Berman en la literatura pianística de Sergei Prokofiev en particular, así como en su obra en general. La experiencia de poder escucharle implica un ir más allá, compartir otra dimensión de su conocimiento sobre este pianismo. Significa poder percibir la grandeza de una mente privilegiada como la que tenía el compositor ruso, desde esa particularidad que consiste en poder vivir el sonido total de su música. Puede entenderse también como ese hecho singular en el que la partitura y su puesta en acción adquieren una misteriosa unidad ontológica que sólo puede venir dada por los grandes intérpretes que anteponen la fidelidad al pensamiento musical a cualquier otra consideración estética por interesante que pueda ser o parecer. Ahí está uno de los grandes secretos del Prokofiev que surge del teclado de Berman.

Su grabación integral de la obra de este compositor, aún con ser de absoluta referencia, se queda corta ante la experiencia que supone para el espectador ser testigo directo de su recreación. Así en la Novena Sonata op. 103, que ilustró con especial elegancia, supo proyectar con un toque de distinción cada uno de los temas del primer movimiento, contrastando con gran sutileza su particular naturaleza armónica, especialmente los pasajes cromáticos que embellecía con gran mecanismo. Un controlado estrépito, como indica el aire del segundo movimiento, fue ofrecido con refinado escrúpulo técnico, como se pudo percibir sobre todo en los staccati, arpegios quebrados y desarrollos cromáticos. Tocó con suma capacidad de contraste el Andante, acentuando la ambivalencia de su doble contenido nocturnal y luminoso que, hasta su coda final, no dejaba de incrementar la emoción en el espectador. Ésta llegó a sus límites en el final del último tiempo, que Boris Berman expuso con gran recogimiento, como si se estuviera mentalizando para la subsiguiente ejecución de la célebre Sonata nº 7 op. 83, la obra más esperada del recital.

Boris Berman, con natural y espontánea expresión corporal, alcanzó en esta obra ese difícil equilibrio entre intelecto e instinto que solamente poseen los intérpretes privilegiados que hacen fluir su musicalidad de manera orgánica, donde los patrones dejan de serlo y el mensaje del compositor fluye en toda su plenitud y con toda pureza.

Así transmitió los pasajes de ansiedad contendida del primer movimiento, el ambiente poético del segundo y la controlada furia del tercero, ese magistral Precipitato cuya disimetría rítmica lo hace único en la historia de la música. Ante tan soberbia interpretación, el público se levantó de los asientos como movido por un resorte en una ovación que quedará con indeleble recuerdo en la historia de Festival, a la que respondió con una impactante versión de la sexta pieza, Montescos y Capuletos, de las diez que integran la suite para piano Romeo y Julieta op.75.