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CRÍTICA / Las delicias de Angela Gheorghiu y el vigor de Ilincai


Madrid. Teatro Real. 30-VI-2018. Angela Gheorghiu, Teodor Ilincai. Orquesta Titular del Teatro Real. Director: Ciprian Teodorascu. Obras de Enescu, Cilèa, Chaikovski, Bizet, Puccini, Brahms, Giordano, Shostakovich, Catalani y Grigoriu.

Fernando Fraga

Una velada tan rumana (cantantes y director) no podía comenzar sino con una rapsodia de Enescu y terminar, oficialmente, con el momento más conocido (Muszica) de una opereta de George Grigoriu que la Gheorghiu, ya desde los inicios de su carrera, suele incluir en sus programas u ofrecer como bis en los mismos. Juguetona página orquestal de Enescu (la Rumana nº 1 en La mayor) que Teodorascu, con la flexible orquesta asentada en el Real, resolvió con eficacia y brío lo mismo que las demás que tuvo a su cargo todas de contagioso ritmo danzable y que la joven batuta supo distinguir y desarrollar con pericia: Polonesa del Oneguin de Chaikovski, Danza húngara 5 de Brahms, Suite de jazz de Shostakovich. En el resto se puso al servicio de los intérpretes vocales como era lo deseable y legítimo en un programa bien elegido por su popular contenido o por ser bien proclive al lucimiento de los solistas.

La Gheorghiu comenzó dejando el listón bien alto con una lectura ejemplar de la entada de la Lecouvreur cileana, sin dejar de lado el importante recitato previo, en la que el impecable canto legato, las regulaciones, el bien controlado y amplio fiato estuvieron acordes con las necesidades del fragmento tanto en lo musical como en lo expresivo. Luego la hazaña se repitió con Un bel di vedremo de Cio-Cio-San y, sobre todo, en el O mio babbino caro de su bis en solitario, resuelto con una morbidez y una delectación algo caprichosa pero, indudablemente, con extraordinaria eficacia canora. En medio, una olvidable habanera de Carmen bien exagerada de gestos y la emotiva aria de la Wally donde de nuevo la cantante convenció.

El tenor Ilincai, ya conocido del público madrileño por uno de los tantos Alfredo Germont que por aquí han pasado, asombró (y no se encuentra un verbo mejor para expresarlo) con todas sus interpretaciones, bien con la soprano a la que por momentos "ocultó" con su enorme presencia instrumental, bien en las arias a su exclusivo cargo. En L’anima ho stanca de Maurizio de Sajonia (papel que acaba de cantar en Sevilla con Ainhoa Arteta) puso sus cartas de presentación sobre la mesa: voz hermosa, potente, extensa y luminosa que a medida que avanzaba hacia el agudo se convertía aún en más brillante si cabe, sumando a todo ello acentos generosos y un temperamento arrollador.

A costa o por ello más interesado en el canto de fuerza que en la intimidad del mensaje por lo que, en el territorio pucciniano, le quedó mejor, pese a resultar esta también una ejecución de nivel, el conocido por "adiós a la vida" de Cavaradossi que el canto a la virilidad masculina como puede entenderse la confianza de Calaf en su triunfo final sobre la vengativa y gélida fémina china llamada Turandot. Con un español perfecto y con una entrega acorde con ese espléndido momento, Ilincai ofreció en bis un ¡No puede ser! del Leandro de Sorozábal a la altura de los mejores tenores que con tan agradecida romanza se han medido. De todos los fragmentos cantados por soprano y tenor (primer encuentro en Adriana Lecouvreur, final acto I de Bohème, Granada de Lara en último encore) el mejor fue el del dúo final de Andrea Chénier; él dando rienda suelta a sus prodigiosos medios aquí muy a propósito para hacerlo; ella, aprovechando esas frases sinuosas dilatadas del final resueltas con el encanto, el deleite y la ternura que han menester. Un concierto en fin muy exitoso como era de esperar y como mereció que fuera.