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CRÍTICA / La sutileza del lied


Madrid. Fundación March. 31-I-2018. Ciclo Poesía en música. Poesía alemana. Elena Gragera, mezzosoprano. Anton Cardó, piano. Lieder de Schubert, Liszt, Schumann, Chaikovski, Loewe, Weber, Brahms, Mahler, Wolf, Strauss, Pfitzner y Viardot

Arturo Reverter

Dentro de la variada, didáctica, equilibrada, bien urdida y pensada programación musical de la Fundación Juan March de Madrid se está desarrollando un exquisito ciclo de conciertos vocales que atiende cuatro importantes capítulos de la poesía en música, correspondientes a Cataluña y Castilla, acervo popular, Alemania y Francia. Es una manera de profundizar en una parcela que no es muy frecuentemente servida en nuestro país, en donde no abundan los especialistas en esta materia. De hecho, los recitales dedicados a lo popular y a lo galo se asignan a intérpretes foráneos. El primero y tercero han tenido como protagonistas a dos españoles: el barítono catalán Joan Martín-Royo y la mezzosoprano extremeña Elena Gragera. De la intervención de esta última queremos hablar hoy aquí.

Porque, en efecto, Gragera, junto a su marido el pianista Cardó, lleva muchos años al pie del cañón defendiendo con las mejores armas el género de la canción de concierto —de cualquier procedencia— con admirable dedicación y estupendos resultados. No cabe discutir que los dos miembros de esta pareja son los mayores representantes en España de ese rico e inabarcable mundo. La misma elección del programa denota buen gusto y afán pedagógico: han organizado el concierto en torno a canciones escritas por distintos autores sobre textos de cinco grandes poetas alemanes: Goethe, Tieck, Rückert, Eichendorff y Mörike. Algunos de ellos fueron abordados por compositores diferentes, lo que dio ocasión a escuchar de corrido, y a poder comparar así, las respectivas soluciones vocales, pianísticas, armónicas, melódicas y rítmicas.

La voz de Gragera, la de una mezzosoprano lírica de reflejos penumbrosos, siempre ha sido muy atractiva, incluso admitiendo un ligero pero musical vibrato. No del todo fácil a partir del sol agudo, la buena técnica la ha ayudado en todo momento a sortear peligrosas escaramuzas. A día de hoy, con una figura física bastante más esbelta, la cantante muestra un instrumento menos denso, menos voluminoso y sí algo más claro, luminoso y penetrante, a la par que ella ha ganado en mayor medida facilidad para las medias voces, los filados y las notas suspendidas, cosas que practica con elegancia y donosura, como se ha podido comprobar en este ilustrativo recital, en el que ha mantenido en todo momento un sobrio norte expresivo y un sentido del legato de altos vuelos.

No menos importante, en un repertorio como el ofrecido, es el empleo del rubato, siempre aplicado con justeza; como pudo apreciarse nada más empezar en el schubertiano Wandrers Nachtlied sobre palabras de Goethe. Admiramos, al final de este primer bloque, la soltura en las agilidades de la Escena de Fausto de Loewe. Sind es Schmerzen de La bella Magelone de Brahms, que nos dio también oportunidad de calibrar colores, matices y alternancias dramáticas. En Das sie hier gewesen de Schubert, con texto de Rückert, la cantante delineó con arte las variaciones dinámicas, con crescendi de nada fácil ejecución. Las volutas, las suaves ligaduras y las dulces inflexiones de Ich atmet’einem linden Duft de la colección mahleriana sobre poemas del mismo literato fueron muy bien dominadas aun contando con alguna nota grave algo desabrida.

El carácter corpuscular de la voz hizo brillar, en el bloque dedicado a Von Eichendorff, la maravillosa y contemplativa exposición de Mondnacht de Schumann y se embebió con delectación en su equivalente brahmsiano. A destacar la hermosa manera de concluir esta última pieza en la frase ais flöge sie nach Haus. Gran capacidad de ensoñación y finura advertimos en la atmosférica aproximación al cuarto de los últimos lieder de Strauss, Im Abendroth, en donde la voz alcanzó interesantes tornasoles. Para terminar, el bloque Mörike, con un sorprendente Das verlassene Mägdlein de Pfitzner y el humor fino de Wolf en Der Gärtner, bien resaltado también desde el piano con sus trotecillos. Y la pasmosa y original canción An eine Äolsharfe del mismo compositor, de quien se ofreció un bis: Die behkerte.

Como era de suponer los mil y un matices, las frases más íntimas, los acentos más variados exhibidos por la cantante tuvieron exacta respuesta y apoyo en el sigiloso y lírico piano de Cardó, pegado a la voz de principio a fin, respirando con ella. No es pianista de efectos, de altisonancias, de contrastes violentos en busca de un dramatismo que puede llegar a ser exterior, sino de armoniosas y suaves sonoridades, de calladas llamadas, de concentradas e intensas declaraciones amorosas.