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CRÍTICA / La mies mucha (Concurso de canto 'Alfredo Kraus')


Gran Canaria. Auditorio Alfredo Kraus. 29-IX-2017. Final del Concurso de canto Alfredo Kraus.

Arturo Reverter

Por fin, después de 18 años, ha retornado el Concurso de canto Alfredo Kraus. El Cabildo de Gran Canaria, animado por el tesón de la hija del extinto tenor, desaparecido en 1999, ha decidido apoyar sin fisuras el certamen y proporcionar los medios necesarios, cediendo, por ejemplo, el Auditorio que lleva el nombre del artista y la Orquesta Filarmónica de la Isla, así como dotando de adecuada cuantía económica a los premios. Otras entidades se han sumado en menor medida arrimando el hombro y propiciando las futuras actividades de la Fundación que lleva el nombre del maestro, lo que dará paso, por ejemplo, a la creación de un museo.

En la organización de este VI Concurso ha trabajado de lo lindo, junto a Rosa Kraus, el director de escena y productor italiano Mario Pontiggia, durante años vinculado al Festival de Ópera de Las Palmas. Esa unión de voluntades a tenido como consecuencia que el evento haya podido desarrollarse y culminar sin males mayores y que hayan podido concurrir a la final, luego de un largo proceso de selección en España y el extranjero, sesenta voces procedentes de diversos países. A la prueba postrera y a la gala que tuvo lugar en torno a ella llegaron once jóvenes cantantes de un nivel medio alto. Tres de ellos fueron los acreedores de los cinco premios establecidos.

El primero (14.000 euros), más el de mejor cantante de nacionalidad española concedido por el Ayuntamiento de Las Palmas, se lo llevó el catalán Carles Pachón, barítono de unos asombrosos 22 años. La voz, muy lírica, aún falta de cuerpo y solidez, no es realmente bella, pero tiene timbre, reconocible metal, extensión e indudable homogeneidad. Buen volumen y fácil agudo, brillante y descarado, todavía exento de carne baritonal. Canta con desparpajo, con asombrosa seguridad, con arrojo y no duda al atacar las notas altas. Se desenvuelve con más problemas en la zona inferior. Expuso con entusiasmo contagioso la cavatina de Figaro del Barbero de Rossini y, en el apartado zarzuelero, sólo servido por cuatro de los once finalistas, desgranó con autoridad la entrada de Juan de Los Gavilanes de Guerrero, aunque su color claro no dotó a la página del peso requerido. Hubo otros aspirantes más hechos, más maduros que podrían haberse llevado el galardón, pero no está mal apostar por una voz aún tierna pero con futuro.

El segundo premio (12.000) recayó en el mexicano Galeano Salas (29 años), un tenor de timbre atractivo, tocado de cierto lustre, de metal bruñido, aún por reforzar la primera octava, de armónicos un tanto pobres. El cantante gana, y de qué manera, en una segunda octava bien apoyada, de agudos restallantes y vibrantes, impulsados por una buena técnica de apoyo y por un fiato importante. Cantó con entrega y brío, con nueve does como nueve soles, exultantes y aguerridos, la famosa A mes amis de La hija del regimiento de Donizetti. A menor nivel su interpretación de la romanza de Luisa Fernanda.

El tercero (10.000) y el concedido por el público se los adjudicó la sevillana Leonor Bonilla (29 años), esbelta de figura y de voz, de timbre cristalino de soprano lírico-ligera, aérea e ingrávida, de notable igualdad de emisión, todavía con escaso peso. Respira con aplomo y proyecta con sonidos penetrantes pero no desabridos. Cantó con auténtico furore la segunda aria de la Reina de la Noche de La flauta mágica de Mozart, con una excelente ejecución de las notas staccato y una buena reproducción de los fa sobreagudos. Y recreó con gusto y habilidades de una cantante ya rodada la coloratura y los picados de la romanza de Doña Francisquita. Un auténtico ruiseñor que ganó hace un año el Concurso de Logroño y hace dos, el de Amigos de la Ópera de Sevilla.

Hubo cosas muy interesantes para los buenos catadores en las restantes voces concurrentes; algo que los miembros del jurado, la mayoría regidores de teatros líricos habrán tenido muy en cuenta. Bajo la presidencia del tenor Jaime Aragall –que sustituía a una enferma Teresa Berganza-, se sentaron en la mesa decisoria Joan Matabosch (Teatro Real), Ernesto Palacio (Festival de Pesaro), César Wonenburger (Amigos de la Ópera de A Coruña), Daniel Bianco (Teatro de la Zarzuela), Pierangelo Conte (Ópera de Florencia) y Ulises Jaén (Amigos Canarios de la Ópera). Hay que mencionar también a dos miembros de honor, los ilustres Jerónimo Saavedra y Guillermo García Alcalde.

Nos pareció resaltable la intervención de la neozelandesa Marlena Devoe, con un rico espectro de lírica con cuerpo, tímbrica sensual, de agudo pulposo y coloreado, bien que provisto de un excesivo vibrato. Dijo con intención, adecuado legato, reguladores y hermosos filados, con trinos muy mejorables, Regnava nel silenzio y Quando rapito in estasi de Lucia de Lammermoor de Donizetti. Acreditó de nuevo su clase incipiente la lírico-ligera Natalia Labourdette, de timbre satinado y fresco, ganadora hace poco en Nuevas Voces de Sevilla, que delineó una estilizada y bien medida versión de Caro nome de Rigoletto, cantada sin salirse de la partitura, aunque recreándose fantasiosamente en la cadencia. Trinos perfectibles.

Robusta, con timbre de lírica, la germana Nina-Maria Fischer, que desarrolló con tino Dich, teure Halle de Tannhäuser de Wagner, con un soberano y bien puesto si natural agudo, pero a falta de un mayor refinamiento fraseológico. La italiana Caterina Piva ofreció una Habanera de Carmen algo rebuscada, pero adecuadamente entonada con una voz de mezzo muy lírica de gratos reflejos. Algo que le faltó a la también mezzo, de tímbrica menos atractiva y más ligera, un tanto desigual, Anna Gomà en sus interpretaciones. Mejor en Las hijas de Zebedo de Chapí.

Por su parte la canaria Blanca Valido, una lírica consistente, mostró una interesante densidad vocal, aunque también un cierto descontrol del aliento en la elaboración de las agilidades y un agudo más bien destemplado. Claro que el aria elegida, Come scoglio de Così fan tutte de Mozart, es un verdadero miura. Por hacer, a partir de un timbre oscuro no del todo grato, el bajo coreano Dongho Kim. Su Calumnia del Barbero fue bastante tosca. Muy engolado el barítono, que no bajo-barítono, holandés Jasper Leever, que fraseó con expresión adecuada el aria del Conde de Bodas de Fígaro Hai gia vinta la causa sin resolver todas las florituras pedidas.

Los cantantes estuvieron arropados por la batuta siempre segura, de gesto amplio y abarcador, de rítmica bien controlada, de José Miguel Pérez Sierra, tranquilo y sereno, con tempi muy prudentes, aunque con escasa variedad de dinámicas. Poco tiempo de ensayos sin duda. Lo que se notó también en la escasez de pianos. El mezzo forte y el forte a veces taparon ligeramente a las voces. La breve obertura de Orfeo y Eurídice de Gluck, tocada fogosamente, abrió al acto.