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CRÍTICA / La magia del nueve


Madrid. Auditorio Nacional. 24-VI-2017. ¡Sólo música!, Nueve Novenas. Orquestas Sinfónica de Madrid, Comunidad de Madrid, RTVE, Nacional y JONDE. Coro Nacional. Director: Víctor Pablo Pérez. Sinfonías nº 9 de Haydn, Beethoven, Garay, Schubert, Mozart, Bruckner, Shostakovich, Dvorák y Mahler. 

Arturo Reverter

Cada dos años, y desde hace seis, el CNDM (Centro Nacional de Difusión de la Música) celebra el llamado Día de la Música con un programa especial basado en una idea clave que aglutina una serie de obras constitutivas de un conglomerado eminentemente didáctico y, al tiempo, divulgador. Era protagonista en esta ocasión el director Víctor Pablo Pérez, actual titular de la Orquesta de la Comunidad de Madrid, que, al frente de ella y de las otras cuatro principales orquestas madrileñas, daba buena cuenta de nueve Sinfonías nº 9 escritas por nueve grandes compositores de la historia. Una propuesta puede que algo forzada en este caso, más allá de que el enunciado fuera singularmente atractivo.

Para empezar, uno de los platos fuertes: la Novena de las Novenas, la de Beethoven, que encendió desde muy pronto los ánimos, aunque puede que fuera la de realización más imperfecta. El director, como es habitual en él desde hace unos años, sin batuta, las piernas bien asentadas, los brazos ágiles y movedizos, de amplio compás, el gesto atento, avizor, concentrado, con atención a todos los planos y a todas las familias, con continuos subrayados de frases, acentos y ritmos, dando, o intentándolo al menos, a cada obra lo suyo en actitud modeladora digna de encomio. Y modificando con frecuencia, según la orquesta a sus órdenes, la ubicación de las distintas familias en el escenario.

La versión de la sinfonía beethoveniana careció de unidad, de ensamblaje adecuado, de limpieza ejecutora, aunque haya que reconocer que la prestación de la Sinfónica de Madrid fue muy digna. Tras una Novena de Haydn planteada sin originalidades especiales, aunque perfilada con gusto y buen fraseo, en busca de un discurso eminentemente clásico, apoyada en un orgánico en exceso poblado —con una base de tres contrabajos—, la partitura del Sordo de Bonn sonó, en su complejo primer movimiento demasiado apelmazada, exenta de la claridad contrapuntística y de la limpieza necesarias. Todo fue presuroso y poco matizado. Timbal con baquetas finas y fustigantes. El Scherzo fue expuesto con una rigurosa batida rítmica, contundente y poco airoso. Aunque el tema cantabile del Adagio fue trazado con estilo y pulso no acabó de cuajar del todo el supremo lirismo que atesora. Tras la primera gran modulación, acertamos a divisar una planificación más convincente. Lo fue la adoptada para la exposición en pianísimo del gran motivo del Himno a la alegría del Finale. Pérez llevó bien las riendas del Coro Nacional, que mostró seguridad, empeño, potencia y arrestos para salir airoso de la difícil prueba. Buena actuación de los valientes tenores. Un poco a las bravas se cerró la composición en la que participaron como solistas una espejeante Raquel Lojendio, soprano en exceso ligera para el cometido, Marina Rodríguez Cusí, mezzosoprano tersa pero muy lírica para una parte siempre oscurecida (por el propio Beethoven), Gustavo Peña, de timbre claro y proyección penetrante, tapado por el coro, y David Menéndez, barítono, que no bajo, que cantó con energía, igualdad y justeza.

La Sinfonía nº 9 de Garay abrió el segundo concierto. Obra alegre, refrescante, pinturera, haydniana, que fue tocada por la Orquesta de la Comunidad con brío y fraseo bien perfilado, siguiendo las órdenes de la aérea conducción, atenta a subrayar los elementos de carácter hispano. La Novena de Schubert, "La Grande", fue tocada con el orgánico habitual del conjunto, con cuatro contrabajos de base armónica. Escuchamos una versión espléndida, muy ahormada por director y agrupación, en la que se supo establecer desde el principio una línea agógica muy convincente, inmutable, pero dotada de la necesaria elasticidad. Nos interesó mucho la introducción Andante, bien planteada y bien ligada al inmediato allegro con una leve aceleración del tempo. Todo sonó claro, animado. Ligeros desajustes —comienzo del Scherzo, por ejemplo— no empañaron la calidad, de estilo prerromántico de la recreación. Estupendamente marcado el aire ligero del Andante con moto, llevado con seguridad hacia el clímax dramático. Se supo establecer el expectante silencio posterior. Bien desarrollado, sin cejar en su marcha y sin que el ritmo decayera en ningún instante, el Allegro vivace. Una versión magnífica, unitaria, del más puro schubert.

La tarde prometía, pues comenzaba, a las 17 horas, con una versión muy clásica y transparente, bien dosificados los contrastes forte-piano, claramente especificado el carácter galante de su Andante, estupendamente bailado el Menuetto y suficientemente animado el Molto allegro, de la Novena de un Mozart de 11 añitos. La cosa se puso seria con una robusta interpretación de la Novena de Bruckner en la edición publicada por el musicólogo Leopold Nowak en 1951. El director moldeó hábilmente el misterioso comienzo en bien organizado crescendo hasta el monumental estallido del gran primer tema. Luego expuso con ardiente lirismo el bello tema de canto. La coda se inició demasiado arriba y no tuvo la exigida proyección. En el Scherzo, expuesto quizá con excesiva fiereza, destacamos la precisión de los pizzicati, pero también la relativa claridad de planos, aunque los bajos del trío sonaron a gloria. Enfoque tremebundo, con exacerbación de las disonancias, del Finale, en el que se acentuó sobre todo una tensión bien liberada en un cierre muy cuidado, con el sonido de las trompas perdiéndose en la lejanía. Atenta y profesional actuación de la Orquesta.

Brilló también en todas sus familias, con sonoridad más oscura, la Nacional, que se prestó diligentemente a resaltar las mil y una ironías y sarcasmos de la Novena de Shostakovich. Gran trabajo del clarinete en balanceante Moderato y del fagot en el Largo, dominado por la poderosa llamada de trombones y tuba. Víctor Pablo logró luego la necesaria claridad en el fugato del Allegretto-Allegro postrero. Vibrante y afirmativa fue la inmediata interpretación de la del "Nuevo Mundo" de Dvorák, de bien trabajada introducción y pasajeras borrosidades en el desarrollo del primer movimiento. Magnífico el canto nostálgico del corno inglés de Puchades en el Largo y excesivamente virulento y furioso, en detrimento del lirismo y de la llamada de la naturaleza, el Molto vivace. La tendencia a tocar en forte desdibujó algunos de los pasajes del Allegro con fuoco postrero, en el que, no obstante, se percibió la buena mano constructora y el cuidado para que la idea motívica que aglutina la partitura se percibiera con la debida claridad de principio a fin.

Tras el éxito indudable, en el que hasta los más circunspectos profesores de la ONE participaron, llegó quizá lo mejor con la Joven Orquesta Nacional. Días y días llevaban ensayando una obra tan diabólicamente difícil como la Novena de Mahler, cuajada de temas enrevesados, de células que se dan la mano, se combinan, se entrelazan sin tregua en un tejido polifónico extraordinario. Víctor Pablo supo destacar en el Andante comodo las líneas maestras del intrincado discurso y trabajar los caudalosos desarrollos con suficiente claridad. En el colorista y folklórico segundo movimiento logró subrayar con propiedad lo desaforado de los ritmos. Cierta confusión de planos perjudicó la ejecución del Rondó-Burleske, rápidamente olvidada ante la belleza y hondura conseguidas en el Adagio, llevado con sapiencia para calibrar las alternancias dinámicas, del forte al piano, y para enhebrar una inconsútil y desolada línea expresiva que deja al final un inevitable interrogante. Gran inteligencia la del director, bien secundado por la juvenil y magistral formación, para planificar las frases de cierre, en unos pianísimos exquisitos y arrebatadores que, a medida que la luz se iba extinguiendo sobre el escenario, nos pusieron un nudo en la garganta. Gran fin de fiesta.