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CRÍTICA / La música muy bien servida


Madrid. Fundación Juan March. 4-II-2018. Mikhail Pochekin, violín. Yuri Favorin, piano. Obras de Medtner, Roslavets y Prokofiev.

Michael Thallium

Domingo. Nieva en Madrid. La gente hace cola para entrar a la Fundación Juan March y escuchar a dos excelentes músicos rusos: Mikhail Pochekin (violín) y Yuri Favorin (piano). La sala se llena. El programa no puede ser más adecuado a un día de nieve: un viaje por la convulsa Rusia del primer cuarto del siglo XX. Tres compositores: Nikolai Medtner, Nikolai Roslavets y Serguei Prokofiev. Los tres contemporáneos y con estilos muy distintos, aunque hay algo que los une: ninguno sobrevivió a Stalin (Prokofiev casi lo logra: murió el mismo día). El plato fuerte, dos obras de Medtner, la Sonata nº 1 en Si menor op. 21 y Dos canzonas y danzas op. 43; de segundo, Tres danzas para violín y piano de un casi desconocido Roslavets; y de postre, una Marcha de El amor de las tres naranjas de Prokofiev, arreglada para violín y piano por Jascha Heifetz, a quien Mikhail considera "el mejor violinista del siglo XX".

Comienza el recital. Mikhail toma el micrófono. Tiene ojos de gato, penetrantes, cautivadores. Quiere acercar la música clásica a las personas, y por eso explica qué obras van a tocar. Yuri da el la; él afina el violin, y nos sumergen en el mundo de Medtner. El primer movimiento es una Canzona melancólica que se ve perturbada por el pitido de una alarma que alguien del público olvidó desconectar; el segundo, una Danza en la que el violín y el piano galantean vertiginosamente hasta llegar al tercero, un Ditirambo dionisíaco que termina en una cuerda aguda y pianísimo. Mikhail presenta la siguiente obra. La Canzona nº 1 del Op. 43 es melódica. Hay un cambio de ritmo. El piano y el violín dialogan y la música impregnada de la maestría de estos dos intérpretes inunda la sala. La Danza nº 1 termina juguetona y da paso a la Canzona nº 2 que comienza melódicamente en las cuerdas graves. Mikhail domina los trinos y las dobles cuerdas. Los sonidos tienen aires de Korsakov, de música ortodoxa. La Danza nº 2 empieza con el piano solo. Pronto se une el violín. Llega el segundo plato. Mikhail habla. Yuri pone la tapa del Steinway en una posición más baja: la dinámica de la música del vanguardista Roslavets lo requiere. Comienza un Vals esquivo al que sigue un Nocturno rítmico que sirve de puente a la endiablada Mazurka: toda una proeza de interpretación. De postre, la Marcha de Prokofiev. Mikhail y Yuri lo han logrado: una música muy bien servida.