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CRÍTICA / Lóbrega escenografía


Málaga. Teatro Cervantes. 18-V-2018. Giuseppe Verdi, Rigoletto. Fabián Lara, Damián del Castillo, Olena Sloia, Christian Díaz, Sandra Ferrández y Manuel Mas. Director de escena: Ignacio García. Doro de Ópera de Málaga. Orquesta Filarmónica de Málaga. Director: Salvador Vázquez.

José Antonio Cantón

Foto: Daniel Pérez

Mi curiosidad ante la oscura escenografía presentada en esta producción de Rigoletto quedó insatisfecha al suponer que el escenógrafo Ignacio García, valorado director del Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro, explicaría en las notas del programa de mano de esta representación, cuál ha sido la intención de su montaje. Consistente en una especie de lóbrego caos de difícil y complicado "simbolismo", que influenció de manera poco positiva a la percepción de esta sustancial ópera del repertorio verdiano. Posiblemente, en su deseo de ahondar en la perversión de la depravada historia, ha producido un desequilibrante efecto ante la grandeza musical de esta obra.

Esta estuvo servida por el joven director malagueño Salvador Vázquez que, con un planteamiento sugestivo más que determinante, adelgazó el sonido de la orquesta en aras de enriquecer su línea expresiva, más propia de una ópera de cámara que de gran dimensión y formato como debe tener Rigoletto. Destacó en su forma de dirigir las voces, especialmente el coro, ámbito musical en el que se encuentra siempre seguro, sabiendo qué pide y cómo hay que afrontar cada momento vocal, y descubriendo desde la música el trasfondo psicológico de cada personaje. Este sustancial aspecto salió de sus gestos, con los que impulsó el avance de este drama lírico a su desenlace, permitiendo el lucimiento de los cantantes en los números cerrados integrados en las escenas, al realzar constantemente la inagotable inspiración melódica que las anima. En este sentido, es interesante valorar positivamente cómo Salvador Vázquez resaltó los detalles tímbricos y efectos orquestales para que el espectador perciba adecuadamente las situaciones y los ambientes que van desarrollándose en la obra hasta su trágico final.

En cuanto a las voces es necesario considerar de modo destacado al barítono Damián del Castillo haciendo el papel de Rigoletto. Con una estimable capacidad de actor de imaginativo carácter y una remarcable voz, fue capaz de expresar tonalidades suaves e íntimas desde su generoso sentido de canto ligado, sin llegar al peligro que tuvo que afrontar el tenor mejicano Fabián Lara haciendo del disoluto seductor Duque de Mantua. Ante el esplendor tímbrico y desenvuelta voz que exige la interpretación de este personaje, notándosele cierto cambio de carácter en los registros medios y agudos, que son donde enseguida pueden percibirse las limitaciones.

Gilda, hija de Rigoletto, fue interpretada por la soprano ucraniana Olena Sloia. Con hierática acción, supo moverse con interesante soltura vocal en esa difícil coloratura que ha de tener en la primera parte de la ópera, y en ese cambio de tesitura, más centrada y con mayor peso, que se produce a partir de la significativa aria Tutee le feste al tempio del segundo acto. Esta última exigencia canora la llevó con menor eficacia, hecho que supo compensar creciendo en su capacidad dramática hasta la escena en la que concluye la ópera.

En cuanto a los personajes secundarios es obligado valorar la actuación de la mezzosoprano Sandra Ferrández en el papel de Maddalena, hermana del sicario Sparafucile, dada su capacidad de acción y bien impostada voz. La experiencia que denota esta cantante en la escena debe resaltarse, al haber logrado una de las actuaciones más relevantes de este Rigoletto, en el que se distinguió por su convincente modo de actuar, y por su expresividad en el registro central, cualidades que se disfrutaron poco dada su breve presencia en el último acto.La irónica maldad que desprende el personaje de Sparafucile fue lograda por el bajo colombiano Christian Díaz desde su timbre oscuro y registro amplio como se percibió en el difícil Fa grave mantenido del dúo en el que hace su aparición en escena y, por contraste, con la facilidad que dio los registros agudos en el último acto. La calidad de actor del barítono Manuel Mas, haciendo de Conde de Monterone prevaleció en su corta intervención como exponente del motivo central de la obra, su maldición a Rigoletto y al Duque de Mantua, manifestando una voz adecuada a un papel que es meramente testimonial.

El Teatro Cervantes de Málaga, en coproducción con Telón Producciones, cerró así su vigésimo novena temporada lírica como anticipo del contenido de la próxima en la que algunos de los más importantes títulos del gran operista italiano se presentarán en sus tablas, esperemos, con mejor prestancia escénica.

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